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7 months ago

El encantador de elefantes

Frankie, con el bebé

Frankie, con el bebé Ilanga a su lado, guía a las jóvenes Mabula y Marula. FOTO: B. MARQUES/CORTESÍA DE MACMILLAN PUBLISHING GROUP cuando vimos a un grupo de hombres estacionados en el camino, con equipo de caza y armados hasta los dientes. No podían esconder su emoción. Detuve el Land Rover y me bajé. “¿Qué hacen aquí?”. Uno me miró y movió el rifle. “Seguimos a los elefantes. Se escaparon de Thula. Les vamos a disparar antes de que maten a alguien. Ya no están protegidos, los podemos cazar”. Los miré fijamente varios segundos. “Esos elefantes son míos”, les dije, dando dos pasos al frente para dejarlo en claro. “Muéstrenme su permiso de cacería”, exigí. Sabía que no lo tenían. El hombre me observó indignado. “Se escaparon. La ley nos permite cazarlos. No necesitamos su permiso”. Ardiendo de ira, ordené a mis hombres que subieran al auto. Aceleré el motor y levanté nubes de polvo, un regalo para los cazadores que contemplaban, agresivos, nuestra partida. El agrio encuentro me sacudió. Técnicamente, los rambos urbanos tenían razón: legalmente podían cazarlos. Las autoridades de vida silvestre, a quienes habíamos alertado en cuanto escapó la manada, estaban repartiendo rifles a su personal. Lo importante era la seguridad de la población. ¿Quién podía culparlos? Para nosotros, esto se había convertido en una carrera contra el tiempo. Teníamos que encontrarlos antes de que alguien armado lo hiciera. Las huellas se dirigían hacia los matorrales llenos de ramas con espinas que apenas si arañan a los elefantes, pero para nosotros, de piel delgada, es como ir por un laberinto de anzuelos.

SELECCIONES La selva se desparramaba hacia el norte y se perdía en el horizonte. ¿Cómo encontraríamos a los animales en aquella maleza impenetrable? Entonces volteé al cielo y pensé en un amigo mío, Peter Bell, piloto experto que, por fortuna, tenía acceso a un helicóptero. Regresé a Thula Thula a toda velocidad y lo llamé. Luego, reanudé la búsqueda entre la vegetación. Nos mantuvimos en contacto con Peter mientras él peinaba la zona y los guardabosques visitaban los caseríos preguntando a los jefes de las aldeas si habían visto a los animales. La respuesta era negativa, lo cual era bueno. Nuestro mayor temor era que entraran a una aldea y pisotearan las chozas, convirtiéndolas en tapetes, o, peor aún, mataran gente. Conforme avanzábamos, encontrábamos ramas rotas o huellas de elefante, indicios de que seguíamos la pista correcta. Pero tras un día largo, caluroso, seco y sin resultados, el Sol se escondió en el horizonte y nos detuvimos. Nadie busca elefantes a tientas y de noche en una selva de espinas. Llegamos a casa enlodados y agotados. Cenamos abundantemente, nos sumergimos en una tina y caímos rendidos en la cama. Al amanecer condujimos hasta donde habíamos llegado el día anterior y nos metimos otra vez entre los arbustos espinosos. Recibimos un reporte de avistamiento de las autoridades de vida silvestre. Teníamos una ubicación confirmada. Peter los encontró en la tarde. Solo hay una forma de pastorear elefantes desde el aire: volar directo hacia ellos hasta que den media vuelta y caminen, en este caso, de regreso a Thula Thula. Peter ladeó el helicóptero y descendió, con las aspas traqueteando, directo hacia Nana, volando justo encima de su cabeza. Giró NADIE HABÍA VISTO A LOS ELEFANTES. NUESTRO MAYOR TEMOR ERA QUE PISOTEARAN UNA ALDEA O, PEOR AÚN, MATARAN A ALGUIEN. y volvió hacia ellos de nuevo. La manada llevaba 24 horas en movimiento; estaba agotada. Tuvieron que haberse alejado del pajarraco gigantesco que zumbaba sobre ellos. No obstante, se mantuvieron firmes. Una vez más el helicóptero voló directo hacia ellos y, eventualmente, Peter los desgastó, logrando que dieran la vuelta poco a poco hasta que por fin miraban hacia Thula Thula. Los puso en marcha usando la nave como si fuera un perro ovejero volador. En Thula Thula, los trabajadores habían pasado el día reparando la cerca. Por fin, después de horas de un tenso pastoreo aéreo, el helicóptero apareció en el horizonte. Alcancé a distinguir las orejas de los animales, luego las jorobas de sus espaldas. Lo iban a lograr.

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