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8 months ago

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Quién retiene a quién

Quién retiene a quién Edipo Rey Casa Valentina una mesa? No es ninguna de esas cosas o puede ser todas esas cosas, pero la esencia de la acción está en la palabra y en una obra de teatro es central la estructura dramática, el cuento, hacer a través de la acción que todo avance. Y Edipo tiene una acción extraordinaria. Y lo que claramente traslado a mis alumnos es el método de las acciones físicas que yo aprendí, donde aparece la técnica que permite enfrentarte a cualquier situación o material. Y lo que les digo a todos es que el oficio del actor tiene muchos conceptos técnicos pero la única forma de aprenderlos es a través de la práctica. –¿Qué le dicen de Edipo? Fundamentalmente quedan fascinados con la versión de Jorge Vitti, cosa que a mí también me fascinó porque está lo suficientemente simplificada a nivel lenguaje para ser accesible en el presente. Muchas veces me han propuesto clásicos que me hubiese gustado hacer, pero la versión no daba. –¿Y cómo empezó a dar clases? Fue una idea de mi mujer (la actriz Paula Morales). La estaba ayudando a ella con unos textos y me dijo que me veía cualidades para dar clases, cosa que si me preguntabas un tiempo atrás jamás hubiese considerado y la verdad es que descubrí un mundo que me tiene muy feliz. Creo que es algo que no puedo dejar de hacer, abrí una puerta que nunca había considerado y estoy muy agradecido. –También está de gira con Casa Valentina, obra dirigida por Jose María Muscari que ya lleva varias temporadas. ¿Usted había trabajado en ese registro alguna vez? En la secundaria me había disfrazado de mujer y nunca más, para lograr este personaje nuevamente recurrí a la técnica y al método que uso todo el tiempo. Con Casa Valentina vos te metés de lleno en un mundo que es el de estos tipos heterosexuales que se reúnen para vestirse de mujer, y tenés una hora y media de obra en la que estás de lleno con ellos, los querés y vivís su fantasía, hasta que entra un personaje que hace mi mujer (que interpreta a la hija de uno de estos hombres) que trae la realidad y el afuera a ese mundo en el que actores y espectadores habían estado tan inmersos, provocando un movimiento disruptivo que es muy bueno para la obra. –¿Y qué me dice del musical Quién retiene a quién, de Vinnie Favale y Frankie Keane? Nunca recibí tantas críticas halagadoras por un trabajo. Es un espectáculo que tiene críticas extraordinarias. –Es una obra en la que canta… Estoy lejos de hacerlo bien. –No lo creo... Bueno, es que tengo oído, siempre tuve una relación amateur pero sostenida a lo largo del tiempo con la música. Un universo musical que arranca con el tango que se escuchaba en mi casa cuando era chiquito, el pop y el rock de una adolescencia que coincide con la vuelta de la democracia, luego me hice muy amante del jazz y cuando quiero descansar de todo eso escucho música clásica así que la música tuvo y tiene una presencia central. Para hacer teatro tenés que tener un oído entrenado, cantes o no, porque la palabra es sonido. Lo cierto es que este es un año inolvidable porque apareció la docencia, algo que yo había descartado, otro es el musical que llegó en el momento justo y en el que hago un personaje muy interesante, un médium que une gente viva con gente muerta que tratan de unirse y él tiene su propia historia de amor con la genia de Florencia Otero. –Habiendo hecho teatro ininterrumpidamente durante tanto tiempo, ¿cuál es su relación con la crítica? No leo las críticas hasta varios años después. Aprendí a preservarme. Las guardo, o me las guardan, y las veo años después, y muchas veces me cago de risa con algunas cosas (risas). En la época de los primeros trabajos corría a buscar el diario y si leía algo como “Fabián Vena está correcto” me sentía pésimo. “Correcto” es algo como el cajero automático (risas), pero si alguien tilda una actuación de correcta es como matarla sin matarla del todo. Y hay otra que es peor, que es todavía más horrible, que te mata y te aniquila, cuando celebran algo así como “que bien está Vena cuando dice: ‘La mesa está servida’”. Ahí, te arruinaron porque en cada función, cada vez que diga “la mesa está servida” me voy a preguntar “¿Será que lo estaré haciendo bien?” (risas). Así que no señores, el teatro es para la gente, no para la crítica o para leer las críticas. Una obra de teatro, además de ser para el público, está viva, tiene que estar viva todas las noches. En el día del estreno te diría que el trabajo artístico se paraliza, porque vas a lo seguro, a los lugares que no suponen riesgos, luego, función a función vas volando más, probando cosas… –¿Qué relación tiene con las redes sociales? Algunos actores las usan muchísimo haciendo casi una suerte de Gran hermano de lo que se supone son sus vidas… Sí, lo sé. Pero claramente no es mi caso. Tengo redes sociales exclusivamente en función del trabajo y ni siquiera las manejo yo. No puedo ver ningún beneficio en cortar un momento que estás viviendo para publicarlo en Internet. Mucho menos entiendo qué sentido hay en pelearse online o considerar “amigo” a alguien a quien nunca viste solo porque compartís una plataforma de Internet. ¿Algo más loco que decirle amigo a un tipo de Facebook que nunca viste? ¿A los amigos verdaderos entonces, cómo tenés que llamarlos? (risas). Por supuesto que todas estas críticas no implican desvalorizar Internet como medio. Estar de gira y poder hablar con mis hijos por una pantallita tipo Star Trek es alucinante, también es bueno tener canales de información independientes y otras tantas cosas. –Para terminar, vayamos al pasado: ¿recuerda cómo se le ocurrió empezar a actuar? Creo que la sensibilidad artística estaba siempre dando vueltas por mi vida, a los 12 o 13 años empezamos con un grupito del secundario a ir mucho al cine, al teatro, a recitales, a los 14 en un centro cultural de Mataderos, que era mi barrio, empecé a estudiar y tenía sensaciones extraordinarias. Todo cobró otra dimensión. El cambio de rol, el ponerse en los zapatos del otro, me resultaba terapéutico. Por ejemplo: estaba angustiado por algo de la escuela o una pelea con mi mamá, iba a la clase y salía a veinte centímetros del piso, cantando feliz y entendiendo que lo que me había angustiado un rato antes no había sido nada grave 62