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Fahrenheit 451 Ray Bradbury Fuego Brillante - Educarchile

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Más lejos, mientras Montag se movía en la oscuridad, pudo ver que los<br />

helicópteros caían, caían como primeros copos de nieve del largo invierno que<br />

se aproximaba<br />

La casa estaba silenciosa.<br />

Montag se acercó por detrás, arrastrándose a través del denso perfume de<br />

rosas y de hierba humedecida por el rocío nocturno. Tocó la puerta posterior,<br />

vio que estaba abierta, se deslizó dentro, cruzó el porche, y escuchó.<br />

«¿Duerme usted ahí dentro, Mrs. Black? –pensó-. Lo que voy a hacer no está<br />

bien, pero su esposo lo hizo con otros, y nunca preguntó ni sintió duda, ni se<br />

preocupó. Y, ahora, puesto que es usted la esposa de un bombero, es su casa<br />

y su turno, en compensación por todas las casas que su esposo quemó y por<br />

las personas a quienes perjudicó sin pensar.»<br />

La casa no respondió.<br />

Montag escondió los libros en la cocina, volvió a salir al callejón, miró hacia<br />

atrás; y la casa seguía oscura y tranquila, durmiendo.<br />

En su camino a través de la ciudad, mientras los helicópteros revoloteaban en<br />

el cielo como trocitos de papel, telefoneó y dio la alarma desde una cabina<br />

solitaria a la puerta de una tienda cerrada durante la noche. Después,<br />

permaneció en el frío aire nocturno, esperando y, a lo lejos, oyó que las sirenas<br />

se ponían en funcionamiento, y que las salamandras llegaban, llegaban para<br />

quemar la casa de Mr. Black, en tanto éste se encontraba trabajando, para<br />

hacer que su esposa se estremeciera en el aire del amanecer, mientras que el<br />

techo cedía y caía sobre la hoguera. Pero, ahora, ella aún estaba dormida.<br />

«Buenas noches, Mrs. Black», pensó Montag.<br />

-¡Faber!<br />

Otro golpecito, un susurro y una larga espera. Luego, al cabo de un minuto,<br />

una lucecilla brilló dentro la casita de Faber.<br />

Tras otra pausa, la puerta posterior se abrió.<br />

Faber y Montag se miraron a la media luz, como si cada uno de ellos no<br />

creyese en la existencia del otro. Luego, Faber se movió, adelantó una mano,<br />

cogió a Montag, le hizo entrar. Lo obligó a sentarse, y regresó junto a la puerta,<br />

donde se quedó escuchando. Las sirenas gemían a lo lejos. Faber entró y cerró<br />

la puerta.

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