Libro conmemorativo - Fundación Abbott

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Libro conmemorativo - Fundación Abbott

De pronto siento que estoy hiperventilando, así que me desplazo hacia el lado

de la puerta para ver si me llega, a través de la exigua ranura donde las puertas

se juntan, un poco de aire extra.

–Ahora vamos a cantar una canción –propongo y entono–: “Adiós con el

corazón…”.

Todos me secundan enseguida. Varias octavas por encima del coro se deja oír

la voz de Virgilia dándole a la canción su habitual y extemporáneo tono misacantano.

Virgilia siempre entona las canciones populares que solemos cantar

como parte de la terapia como si cantara en misa. Quizá se deba a una asociación

de ideas, pero de pronto, en el interior del exiguo cubículo del ascensor,

los veo investidos de una especie de aura. Su desmantelamiento parece tener

un extraño componente sagrado. Es como la prueba de un dios implacable,

un despojamiento cruel, o mejor aún, una forma profunda de desnudez que

revela la parte más aterradora que hay en cada ser, su parte de vacío, la vecindad

imperiosa de la muerte.

–Callad un momento, parece que hay gente afuera –digo al oír que alguien al

otro lado golpea la puerta a la altura de nuestros pies.

Al fin se oye una voz desde el exterior. Se trata de Vanessa, la auxiliar.

–¿Qué pasa? –pregunta.

–Nada grave. Ocho personas dentro del ascensor –digo de corrido con voz

neutra y rutinaria, agachándome y dirigiéndome hacia la parte baja del ascensor,

de donde parece venir la voz de fuera–. Nos hemos quedado parados entre

dos plantas y aunque nos lo estamos pasando en grande –y esto lo recalco

con una ironía que mis usuarios no pueden captar pero sí mi interlocutora–,

os pido por favor que, cuando podáis, nos abráis para hacer la gimnasia.

–¿Cómo estáis? –pregunta.

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