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Bentham en España 143

Bentham en España 143 En el terreno de las reformas penitenciarias, Bentham señala desde el principio todos los elementos fundamentales. "Conviene recordar sumariamente los objetos a que debe mirarse en una institución de esta clase; retraer de la imitación de los delitos con el ejemplo de la pena; prevenir los delitos de los presos durante su cautividad; mantenq entre eilos la decencia; conservar su salud y limpieza, que es parte de eila; estorbar su fuga; procurarles medios de subsistencia para el tiempo de su soltura; darles la instrucción necesaria; hacerles adquirir hábitos virtuosos; preservarles de todo mal trato ilegítimo; darles el bienestar del que es susceptible su estado ..." etcétera, etcétera. (Panóptico, 45). Nada nuevo han añadido a esta lista los sucesivos proyectos de reforma penitenciaria que se han realizado en nuestro país, ni los hermosos y grandes proyectos realizados por los liberales de finales del XIX ni los regresivos y delezriables realizados por los regímenes reaccionarios. Es precisamente esta continuidad en la situación -y en su crítica- la que hace posible que García Valdés cometa el increíble error de confundir a Fernando VI1 con Alfonso XIII y de creer que la Real Ordenanza de 1819 en la que el primero pide un informe a la Red Sociedad Matritense sobre la situacióii de las cárceles, es obra del segundo y tiene fecha de 1919 14. La descripción de los horrores de la cárcel de la Viila que hace la Sociedad podría haberse hecho un siglo después, lo mismo que ciento cincuenta años después de haberse escrito, el panóptico sigue siendo progresivo o, en palabras del actual director general de prisiones, un modelo de "las modernas tendencias arquitectónicas aplicables a las mismas" (instituciones penitenciarias). Cien años, cuatro constituciones con sus correspondientes códigos penales y reformas penitenciarias, las voces de Concepción Arenal, Salillas, Bernaldo de Quirós, Silvela, Villanueva, Montesinos, Dorado ... y, en una mirada retrospectiva, un experto en nuestro tiempo puede confundir hechos separados por un siglo. ¿Estamos o no en un círculo infernal? Porque la rueda sigue girando. García Valdés se encuentra, como los liberales del 22 (mil ochocientos) enfrentado a la reforma democrática de las prisiones. Y poco más que ellos puede hacer. Puede repetir, con Bentham, que privar al hombre de libertad no es arrojarle a una cloaca. Puede seguir persiguiendo obsesivamente, como él, la limpieza que es parte de la decencia, porque la limpieza será la eterna obsesión de una institución que condensa todas las 14 Ver la obra anteriormente citada, pp. 36 y 37

144 María Jesús Miranda tendencias anales de los hombres de la sociedad capitalista; su sadismo, sus sentimientos de culpa, sus ciegos temores ... Puede, en el camino iniciado por él, seguir sustituyendo elementos físicos de control por elementos simbólicos: los muros y las cadenas pueden ir cayendo bajo el impulso de la vigilancia, desde la tecnificación progresiva de la administración pública -hoy por hoy es tan malo ir indocumentado como ir marcado con hierro el siglo XVII-- hasta la aplicación in extenso de la psicoterapia más sofisticada. Puede hacer a los presos algo más hombres -perdón, más propietarios- gracias a la Seguridad Social y a la enseñanza a distancia. Y nada más. No quiero decir que esté en contra de la limpieza o de la Seguridad Social o a favor de las cadenas y los electroshocks. Quiero decir que ni el director general de prisiones tiene el poder suficiente para romper un círculo vicioso que engendra dolor y delincuencia y dolor. Que está atrapado en él tanto como el último preso, o como cualquiera de nosotros. En primer lugar, por una serie de limitaciones que se derivan de la propia naturaleza de la cárcel como realizadora de penas justas; como ya señalaba Bentharn, la comida, el alojamiento y el vestido que la cárcel proporcione debe ser siempre "el más común y el más barato que dé el país, porque no deben (los presos) ser mejor tratados que la clase pobre y laboriosa" (Panóptico, 63). La cárcel justa y democrática tiene que ser mala, porque así lo exige el pueblo. El pueblo enfrentado al poder asalta las bastillas, porque ve en ellas su manifestación extrema. Pero el pueblo que se cree instalado en el poder por la democracia -por limitada que ésta sea- se queja del gasto de las prisiones. Ya a mediados del XM, los obreros de Paris reclamaban que los trabajos peligrosos o desagradables fueran realizados por los presos. La insensibilidad popular ante el problema de las prisiones es también una consecuencia de la organización democrática de la sociedad, como hemos podido observar claramente en España en los tres últimos años. A medida que ha ido progresando la estabilización democrática, el tema de la cárcel, la amnistía, etc., ha ido cambiando de signo. En diciembre del 77 fue casi realidad un indulto general para los presos comunes, apoyado incluso por el PSOE. En noviembre del 78 se celebran manifestaciones multitudinarias contra el terrorismo y a favor del aparato de control -cárceles incluidas- apoyado incluso por partidos maoístas. Este giro de 180 grados se explica en parte por la cuidadosa campaña propagandística emprendida por el gobierno Suárez contra los delincuentes y a favor de las fuerzas del orden. Pero es indudable que el eco de esta

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