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La-Insoportable-Levedad-del-ser

escondía

escondía desesperadamente, lo alcanzó cuando ya estaba en el ataúd. Pronunció ante él un discurso sobre el amor del poeta a la Unión Soviética. Quizá pretendiera despertar a Hrubin con aquel escándalo. Pero el mundo era tan feo que nadie tenía ganas de levantarse de entre los muertos. Tomás fue al crematorio a presenciar el funeral por un famoso biólogo expulsado de la Academia de Ciencias. En la nota necrológica no se permitió publicar la hora de las honras fúnebres para que el acto no se convirtiese en una manifestación, y sus deudos no se enteraron hasta el último momento de que la cremación sería a las seis y media de la mañana. Cuando entraron en la sala del crematorio, Tomás no comprendía qué pasaba: la sala estaba iluminada como un estudio de cine. Miró sorprendido a su alrededor y comprobó que habían colocado cámaras en tres sitios. No, no era la televisión, era la policía la que filmaba el funeral para poder estudiar a los participantes. Un antiguo compañero del científico, que seguía siendo miembro de la Academia de Ciencias, tuvo el valor de despedir al féretro. No contaba con que ese día se convertiría en actor de cine. Cuando terminaba el acto y ya todos habían estrechado las manos de los familiares del muerto, Tomás vio en un rincón de la sala a un grupo de personas y, entre ellas, al redactor alto y encorvado. Volvió a añorar a aquellas personas que no tenían miedo a nada y estaban seguramente unidas por una gran amistad. Avanzó hacia él, le sonrió, quería saludarlo, pero el hombre encorvado dijo: «Cuidado, doctor, es mejor que no se acerque». La frase era curiosa. Podía explicársela como una sincera advertencia amistosa («Cuidado, nos están filmando, si habla con nosotros, tendrá un interrogatorio más») o podía tener también un sentido irónico («¡Si no ha tenido el valor suficiente para firmar la petición, sea consecuente y no se junte con nosotros!»). Cualquiera que hubiera sido el significado real, Tomás obedeció y se alejó. Tenía la sensación de que veía a una hermosa mujer subir al coche-cama de uno de los grandes expresos y de que, en el momento en que iba a expresarle su admiración, ella ponía el dedo sobre los labios y no le permitía hablar. 20 Ese mismo día por la tarde tuvo otro encuentro interesante. Estaba limpiando el escaparate de una gran zapatería y justo a su lado se detuvo un hombre joven. Se inclinó hacia el escaparate y se puso a mirar los precios. — Han subido —dijo Tomás sin dejar de secar el agua del cristal con su aparato. El hombre lo miró. Era aquel compañero suyo del hospital al que he bautizado con la letra S., el mismo que en otros tiempos sonreía enfadado porque Tomás hubiera firmado su declaración autocrítica. Tomás se alegró de aquel encuentro (con la simple e ingenua alegría que nos producen los acontecimientos inesperados), pero observó en la mirada de su colega (durante el primer segundo, mientras S. aún no había tenido tiempo de controlarse) un gesto de sorpresa y desagrado. — ¿Cómo te va? —preguntó S. Antes de que Tomás tuviera tiempo de responder, ya se había dado cuenta de que S. se avergonzaba de su pregunta. Era una evidente tontería que un médico que sigue trabajando le preguntara «¿cómo te va?» a un médico que limpia escaparates. Para que no se sintiese avergonzado, Tomás le respondió con el tono más alegre que pudo: «¡estupendamente!», pero advirtió de inmediato que ese «estupendamente» sonaba, a su pesar (y precisamente por haber procurado pronunciarlo con alegría), como una amarga ironía. Por eso añadió en seguida: — ¿Qué hay de nuevo en el hospital? S. respondió: — Nada. Todo normal. Esta respuesta, aunque pretendía ser lo más neutral posible, también estaba totalmente fuera de lugar, y los dos lo sabían y sabían que lo sabían: ¿cómo es posible que todo sea normal cuando uno de los dos limpia escaparates? — ¿Y el jefe? —preguntó Tomás.

— ¿No os veis? —preguntó S. — No —dijo Tomás. Era verdad, desde que se fue del hospital no había vuelto a ver al médico jefe, a pesar de que trabajaban muy bien juntos y tendían a considerarse casi como amigos. Hiciera lo que hiciera, el «no» que acababa de pronunciar llevaba cierta carga de tristeza y Tomás intuía que S. estaba disgustado por la pregunta que le había hecho, porque al igual que el médico jefe, él tampoco había ido nunca a preguntarle a Tomás cómo le iba y si le hacía falta algo. La conversación entre los dos antiguos compañeros de trabajo se había vuelto imposible, aunque ambos lo lamentaran y Tomás en particular. No estaba enfadado porque sus compañeros de trabajo se hubieran olvidado de él. Le hubiera gustado explicárselo a aquel joven. Tenía ganas de decirle: «¡No sientas vergüenza! ¡Es normal y totalmente correcto que no os relacionéis conmigo! ¡No te acomplejes por eso! ¡Estoy encantado de verte!», p ero hasta de decir e so tenía miedo, porque todo lo que había dicho hasta entonces había sonado de un modo distinto al que pretendía y su compañero de profesión hubiera sospechado que esta sincera frase también era irónica y agresiva. — Perdona —dijo finalmente S.—, tengo una prisa horrible —y le dio la mano—. Te llamaré. Antes, cuando sus compañeros de trabajo lo miraban despectivamente por su previsible cobardía, todos le sonreían. Ahora que no pueden mirarlo despectivamente, que están incluso obligados a reconocer su valor, lo esquivan. Por lo demás, tampoco los antiguos pacientes lo invitaban ya, ni lo recibían con champán. La situación de los intelectuales desclasados había dejado de ser excepcional; se había convertido en algo duradero y desagradable a la vista. 21 Llegó a casa y se durmió antes que de costumbre. Una hora más tarde le despertó el dolor de estómago. Eran sus antiguas molestias que reaparecían siempre en los momentos de depresión. Abrió el botiquín y maldijo. No había ningún medicamento. Había olvidado renovarlos. Trató de superar el ataque a fuerza de voluntad y fue lográndolo pero no consiguió dormirse. Cuando Teresa volvió a casa, a la una y media de la mañana, tenía ganas de charlar con ella. Le habló del entierro, del redactor que no había querido dirigirle la palabra, de su encuentro con su colega S. — Praga se ha vuelto fea —dijo Teresa. — Fea —dijo Tomás. Al cabo de un rato Teresa dijo en voz muy baja: — Sería mejor que nos fuéramos de aquí. — Sí —dijo Tomás—, pero no tenemos adonde ir. Estaba sentado en la cama, en pijama, y ella se sentó a su lado y se abrazó a su cuerpo. Dijo: — Al campo. — ¿Al campo? -preguntó extrañado. — Allí estaríamos solos. Allí no te encontrarías ni con el redactor ni con tus antiguos compañeros. Allí la gente es distinta y la naturaleza sigue siendo igual que siempre. En ese momento Tomás volvió a sentir un suave dolor en el estómago, se sentía viejo y le parecía que lo único que deseaba era un poco de tranquilidad y de paz. — Puede que tengas razón —dijo dificultosamente, porque el dolor le impedía respirar. Teresa seguía: — Tendríamos una casa y un pequeño jardín, y Karenin por lo menos podría correr a gusto. — Sí —dijo Tomás. Después se imaginó qué pasaría si de verdad se fueran al campo. En un pueblo sería difícil tener todas las semanas a una mujer diferente. Allí se acabarían sus aventuras eróticas. — Lo malo es que en un pueblo, a solas conmigo, te aburrirías —dijo Teresa como si le leyese los pensamientos. El dolor había vuelto a aumentar. No podía hablar. Se le ocurrió pensar que su hábito de ir tras las mujeres era una especie de «es muss sein!», un imperativo que lo esclavizaba. Anhelaba unas

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