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La-Insoportable-Levedad-del-ser

cosas más bellas de lo

cosas más bellas de lo que eran antes. En el momento en que Teresa leyó la carta, no sentía amor por Tomás, lo único que sabía es que no debía abandonarlo ni por un momento: el horror había sofocado todos los demás sentimientos y sensaciones. Ahora, cuando estaba pegada a él (el avión volaba en medio de las nubes), el susto había pasado y ella percibía su amor y sabía que era un amor sin fronteras y sin medida. Por fin el avión aterrizó. Se levantaron y fueron hacia la puerta que les abrió el auxiliar de vuelo. Seguían abrazados por la cintura y se detuvieron en la parte superior de la escalerilla. Vieron abajo a tres hombres con capuchas y fusiles en la mano. Era inútil dudar, porque no había escapatoria. Descendieron lentamente y cuando pusieron el pie en el suelo del aeropuerto, uno de los hombres levantó el fusil y apuntó. No se oyó ningún disparo, pero Teresa sintió que Tomás, que un segundo antes estaba pegado a ella y la cogía por la cintura, caía a tierra. Lo estrechó contra su cuerpo pero no pudo sujetarlo: cayó sobre el cemento de la pista de aterrizaje. Se agachó hacia él. Quería lanzarse encima de él y cubrirlo con su cuerpo, pero en ese momento vio algo extraño: su cuerpo disminuía rápidamente de tamaño. Era algo tan increíble que se quedó paralizada y como clavada al suelo. El cuerpo de Tomás era cada vez más pequeño, ya no se parecía en nada a Tomás, no quedaba de él más que algo muy pequeño y aquella cosa pequeña empezó a moverse y echó a correr y salió huyendo por la pista de aterrizaje. El hombre que había disparado se quitó la máscara y le sonrió amablemente a Teresa. Después se giró y corrió tras aquella cosa pequeña que correteaba, confundida, de un lado a otro, como si retrocediese ante alguien y buscase desesperadamente un escondite. Corrieron durante un rato hasta que de pronto el hombre se lanzó a tierra y la persecución terminó. Se levantó y volvió adonde estaba Teresa. Llevaba aquella cosa en la mano. Aquella cosa temblaba de miedo. Era un conejo. Se lo dio a Teresa. Y en ese momento desaparecieron el susto y la tristeza y se sintió feliz de tener al animalito en su regazo, de que el animalito fuese suyo y de que pudiera apretarlo contra su cuerpo. Se puso a llorar de felicidad. Lloraba y lloraba, las lágrimas no la dejaban ver y se llevaba al conejo a casa con la sensación de que ahora ya estaba cerca del objetivo, de que estaba donde quería estar, en ese lugar del que ya no se escapa. Iba por las calles de Praga y encontró su casa sin dificultad. Había vivido allí con papá y mamá cuando era pequeña. Pero ahora no estaban ni mamá ni papá. La recibieron dos ancianos a los que nunca había visto, pero de quienes sabía que eran su bisabuelo y su bisabuela. Los dos tenían la piel arrugada como la corteza de los árboles y Teresa estaba contenta de ir a vivir con ellos. Pero ahora quería estar a solas con su animalito. Encontró fácilmente su habitación, en la que había vivido desde los cinco años, cuando sus padres decidieron que merecía una habitación propia. Había una cama, una mesilla y una silla. En la mesilla había una lámpara encendida que había estado esperándola todo ese tiempo. Encima de la lámpara se había posado una mariposa con las alas abiertas, en las que estaban pintados dos grandes ojos. Teresa sabía que había llegado a la meta. Se acostó en la cama y apretó el conejo contra su cara. 7 Estaba sentado a la mesa junto a la que solía leer. Ante él había un sobre abierto con una carta. Le dijo a Teresa: — Recibo de cuando en cuando cartas de las que no he querido hablarte. Me escribe mi hijo. He tratado de que su vida y la mía no entraran nunca en contacto. Y fíjate cómo se ha vengado de mí el destino. Hace unos años lo expulsaron de la escuela. Trabaja de tractorista en un pueblo. Mi vida y la suya no están en contacto pero corren una al lado de la otra como dos paralelas. — ¿Y por qué no me querías decir nada sobre esas cartas? —dijo Teresa sintiendo dentro de sí un gran alivio. — No sé. Me desagradaba. — ¿Te escribe con frecuencia? — De tarde en tarde. — ¿Y de qué te habla?

— De sí mismo. — ¿Es interesante? — Sí. La madre, como sabes, era una comunista fanática. Hace tiempo que rompió con ella. Se hizo amigo de gente que está en la misma situación que nosotros. Intentaban alguna actividad política. Algunos están ahora en la cárcel. Pero con éstos también ha roto. Habla de ellos con cierta distancia como de "eternos revolucionarios". — Y él ¿se ha reconciliado con el régimen? — No. En absoluto. Cree en Dios y piensa que ésa es la clave de todo. Según parece, todos debemos vivir en nuestra vida cotidiana de acuerdo con las normas establecidas por la religión y no tener en cuenta para nada al régimen. Ignorarlo. Si creemos en Dios, somos capaces, al parecer, de crear con nuestra propia actuación, en cualquier circunstancia, lo que él llama "el reino de Dios en la tierra". Me explica que en nuestro país la Iglesia es la única organización voluntaria que escapa al control del Estado. Me gustaría saber si forma parte de la Iglesia para hacerle frente al régimen o si de verdad cree en Dios. — ¡Pregúntaselo! Tomás prosiguió: — Siempre he admirado a los creyentes. Pensaba que estaban dotados de un don especial de percepción ultra-sensorial del que yo carecía. Algo así como los videntes. Pero mi hijo me demuestra que creer es en realidad muy fácil. Cuando estaba en apuros, le echaron una mano los católicos y de pronto apareció la fe. Es posible que haya decidido creer por agradecimiento. Las decisiones de los hombres son muy simples. — ¿Y tú no le has contestado nunca? — No me ha puesto el remitente —pero luego añadió—: Claro que en el matasellos figura el nombre del pueblo. Bastaría con enviar una carta a la dirección de la cooperativa local. Teresa sentía vergüenza ante Tomás por sus sospechas y quería purgar sus culpas con una repentina amabilidad hacia su hijo: — Entonces, ¿por qué no le escribes? ¿Por qué no lo invitas? — Se parece a mí -dijo Tomás-. Cuando habla, tuerce el labio superior exactamente igual que yo. Ver a mi propio labio hablando de Dios me parece demasiado raro. Teresa se echó a reír. Tomás rió con ella. Teresa dijo: — ¡Tomás, no seas infantil! Es una historia muy antigua. Tú y tu primera mujer. ¿Qué tiene que ver él con esa historia? ¿Qué tiene en común con ella? ¿Cómo vas a hacerle daño a alguien simplemente porque cuando eras joven tenías mal gusto? — Para serte sincero, me da miedo ese encuentro. Ese es el motivo principal de que no tenga ganas de verle. No sé por qué he sido tan terco. Uno decide algo, ni siquiera sabe muy bien cómo, y esa decisión se mantiene luego por su propia inercia. Cada año que pasa es más difícil cambiarla. — Invítale —dijo. Ese mismo día, cuando volvía del establo, oyó voces en la carretera. Al acercarse vio el camión de Tomás. Tomás estaba agachado y desmontaba una rueda. Alrededor había un grupo de hombres que miraban y esperaban que Tomás terminase el trabajo. Se quedó allí sin poder apartar la mirada: Tomás tenía un aspecto avejentado. Su pelo era canoso y la torpeza con la que actuaba no era la torpeza de un médico que se ha convertido en chofer, sino la de una persona que ya no es joven. Recordó una reciente conversación con el presidente. Le había dicho que el camión de Tomás estaba en un estado deplorable. Lo decía en broma, no era una queja, pero reflejaba una preocupación. «Tomás sabe más de lo que hay dentro del cuerpo que de lo que hay dentro del motor», rió. Después reconoció que había ido varias veces a pedirle a la Administración que le permitiesen a Tomás volver a ejercer su profesión en aquella provincia. Comprobó que la policía no estaba dispuesta a permitirlo. Ella se ocultó tras el tronco de un árbol para que ninguna de las personas que estaban alrededor del coche pudiera verla, pero no dejó de mirarle. Los remordimientos le oprimían el corazón: Por su culpa había vuelto de Zurich a Praga. Por su culpa se había ido de Praga. Y ni siquiera ahora lo dejaba

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