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La-Insoportable-Levedad-del-ser

dejar el hábito de

dejar el hábito de pureza que él había instaurado en sus relaciones: no había comprendido su angustioso esfuerzo por salvar al amor de la trivialidad y separarlo radicalmente de su hogar conyugal. En realidad, lo de no hacer el amor con la pintora en Ginebra era un castigo que se había impuesto a sí mismo por estar casado con otra mujer. Vivía aquello como una especie de culpa o defecto. Aunque su vida erótica con su mujer no valía gran cosa, lo cierto era que dormían en una misma cama, se despertaban por la noche al oír uno la respiración acelerada del otro y aspiraban mutuamente los olores de sus cuerpos. Claro que hubiera preferido dormir solo, pero la cama compartida seguía siendo el símbolo del matrimonio y los símbolos, como sabemos, son intocables. Cada vez que se metía en la cama con su esposa pensaba en que su amante se lo imaginaba metiéndose en la cama junto a su esposa. Cada vez que pensaba aquello, sentía vergüenza y precisamente por eso pretendía distanciar lo más posible en el espacio la cama en la que dormía con la esposa de la cama en la que hacía el amor con la amante. La pintora volvió a servirse vino, tomó un poco, y luego, en silencio, con una especie de extraña indiferencia, como si Franz no estuviera allí, comenzó a quitarse la blusa. Se comportaba como un alumno de una escuela de teatro que tiene que hacer un ejercicio mostrando lo que hace cuando está solo en una habitación y no lo ve nadie. Se quedó sólo con la falda y el sostén. Después (como si acabara de darse cuenta de que no estaba sola en la habitación) miró largamente a Franz. Aquella mirada lo descolocó porque no la entendía. Entre todos los amantes se, crean rápidamente unas reglas de juego de las que no son conscientes, pero que son válidas y no pueden infringirse. La mirada que en aquel momento le dirigió ella no respondía a aquellas reglas; no tenía nada en común con las miradas y los gestos que habitualmente precedían a sus actos amorosos. No había en ella ni incitación ni coquetería, sino más bien una especie de interrogación. Sólo que Franz no tenía ni idea de lo que podía significar aquella mirada. Luego se quitó la falda. Cogió a Franz de la mano y le dio la vuelta para que quedara de cara al gran espejo que estaba a un paso de ellos apoyado contra la pared. No soltó su mano, observando en el espejo, siempre con aquella mirada prolongada e interrogativa, a ratos a sí misma, a ratos a él. Junto al espejo había en el suelo un soporte que llevaba puesto un viejo sombrero hongo negro de hombre. Se agachó a cogerlo y se lo puso en la cabeza. La imagen en el espejo cambió repentinamente: ahora se veía a una mujer en ropa interior, bella, inaccesible, indiferente y que llevaba puesto en la cabeza, un sombrero hongo horrorosamente fuera de lugar. Tenía cogido de la mano a un hombre de traje gris y corbata. Tuvo que volver a reírse de su incapacidad para comprender a su amante. No se había desnudado para incitarlo a hacer el amor, sino para llevar a cabo una especie de extraña broma, un happening privado para ellos dos solos. Sonrió comprensiva y aprobatoriamente. Esperaba que la pintora respondiera a su sonrisa con una sonrisa pero no hubo tal. No soltó su mano, mirando en el espejo, alternativamente, a sí misma y a él. El tiempo del happening había llegado a su límite. A Franz le pareció que la broma (aunque estaba dispuesto a considerarla encantadora) duraba demasiado. Por eso cogió delicadamente el sombrero con dos dedos, se lo quitó con una sonrisa a la pintora y volvió a colocarlo en su soporte. Era como si estuviese borrando con una goma el bigote que un niño travieso le había dibujado a la Virgen María. Ella permaneció unos instantes inmóvil mirándose al espejo. Luego Franz la besó con ternura. De nuevo le pidió que se fuera con él diez días a Palermo. Esta vez se lo prometió sin objeciones y él se marchó. Volvió a estar de muy buen humor. Ginebra, a la que había maldecido toda la vida como capital del aburrimiento, le parecía hermosa y llena de aventuras. Estaba en la calle y miraba hacia atrás, a la amplia ventana del estudio, en lo alto. Eran los últimos días de primavera, hacía calor, en todas las ventanas estaban extendidos los toldos a rayas. Franz llegó hasta el parque sobre el cual, a lo lejos, flotaban las áureas cúpulas de la iglesia ortodoxa, como balas de cañón doradas, que una fuerza invisible hubiera detenido antes de caer, dejándolas fijas en el aire. Era hermoso. Franz bajó hacia la orilla del lago para tomar la lancha de la empresa municipal de transportes y cruzar hasta la orilla norte

del lago, donde vivía. 2 Sabina se quedó sola. Regresó al espejo. Seguía en ropa interior. Volvió a ponerse el sombrero y estuvo largo rato observándose. A ella misma le resultaba extraño llevar ya tantos años persiguiendo un instante perdido. Una vez, hace ya muchos años, vino a verla Tomás y le llamó la atención el sombrero. Se lo puso y se miró en un gran espejo que, como ahora, estaba entonces apoyado a la pared de su estudio praguense. Quería comprobar qué tal quedaría de alcalde del siglo pasado. Cuando Sabina empezó a desnudarse lentamente, le puso el sombrero en la cabeza. Estaban ante el espejo (siempre estaban delante de él mientras se desnudaban) y se miraban. Ella estaba sólo en ropa interior y en la cabeza llevaba el sombrero hongo. De pronto comprendió que aquella imagen los excitaba a los dos. ¿Cómo podía haber sucedido? No hacía más que un momento, el sombrero que llevaba puesto le parecía una broma. ¿Es que no hay más que un paso de lo ridículo a lo excitante? En efecto. Aquella vez, al mirarse al espejo, no vio en los primeros instantes más que una situación graciosa. Pero inmediatamente lo cómico quedó oculto tras lo excitante: el sombrero hongo no representaba una broma, sino una violencia; una violencia respecto a Sabina, a su dignidad femenina. Se veía con las piernas desnudas, con las bragas de tela fina, a través de la cual se transparentaba el pubis. La ropa interior resaltaba sus encantos femeninos y el duro sombrero masculino negaba, violaba, ridiculizaba aquella femineidad. Tomás estaba a su lado vestido, de lo cual se desprendía que la esencia de lo que veían los dos no era la broma (en ese caso él también debería haber estado en ropa interior y sombrero hongo), sino la humillación. Ella, en lugar de rechazar la humillación, la ponía en evidencia orgullosa y provocativamente, como si permitiera que la violaran pública y voluntariamente, y de pronto ya no pudo más y arrastró a Tomás al suelo. El sombrero hongo rodó debajo de la mesa, mientras ellos se estremecían en la alfombra al pie del espejo. Volvamos una vez más al sombrero hongo: Primero fue un confuso recuerdo del abuelo olvidado, alcalde de una pequeña ciudad checa en el siglo pasado. En segundo lugar fue un recuerdo del papá. Tras el entierro, su hermano se apoderó de todas las propiedades de la familia y ella, por orgullo, se negó a hacer valer sus derechos. Dijo sarcásticamente que se quedaba con el sombrero hongo como única herencia de su padre. En tercer lugar fue un instrumento para los juegos amorosos con Tomás. En cuarto lugar fue un signo de la originalidad que ella cultivaba conscientemente. No pudo llevarse demasiadas cosas al emigrar y coger aquel objeto voluminoso y nada práctico significó renunciar a otros más prácticos. En quinto lugar: en el extranjero el sombrero hongo se convirtió en un objeto sentimental. Cuando fue a Zurich a ver a Tomás, llevó el sombrero hongo y lo tenía puesto al abrirle la puerta de la habitación del hotel. Aquella vez sucedió algo con lo que no contaba: el sombrero hongo no fue ni alegre ni excitante, se convirtió en un recuerdo del tiempo pasado. Ambos estaban emocionados. Hicieron el amor como nunca lo habían hecho antes: no había sitio para juegos obscenos porque aquel encuentro no era la continuación de sus reuniones eróticas, en las que siempre inventaban alguna pequeña depravación nueva, sino una recapitulación del tiempo, un canto a su pasado común, el resumen sentimental de una historia no sentimental que se perdía en la lejanía. El sombrero hongo se convirtió en el motivo de la composición musical que es la vida de Sabina. Aquel motivo volvía una y otra vez y en cada oportunidad tenía un significado distinto; todos aquellos significados fluían por el sombrero hongo como el agua por un cauce. Y puedo decir que aquél era el cauce de Heráclito: «¡No entrarás dos veces en el mismo río!»; el sombrero hongo era el cauce por el cual Sabina veía correr cada vez un río distinto, un río semántico distinto: un mismo objeto evocaba cada vez un significado distinto, pero, junto con ese significado, resonaban (como un eco, como una comitiva de ecos) todos los significados anteriores. Cada una de las nuevas vivencias sonaba con un acompañamiento cada vez más rico. Tomás y Sabina se emocionaron en el hotel de Zurich al

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