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La-Insoportable-Levedad-del-ser

— Olvídese de él.

— Olvídese de él. — ¿Por qué se habrá metido conmigo? — Es un pobre borracho. Se lo ruego una vez más: olvídese de él. — Si usted me lo pide, entonces me olvidaré. El hombre alto la miró a los ojos: — Prométamelo. — Se lo prometo. — Es precioso oírla decir que me lo promete —dijo el hombre y siguió mirándola a los ojos. La coquetería estaba presente: un comportamiento que pretende comunicarle al otro que la aproximación sexual es posible, aunque al mismo tiempo esa aproximación sea sólo teórica y sin garantías. — ¿Cómo es posible que en el barrio más feo de Praga se encuentre uno con una mujer como usted? Y ella: — ¿Y usted? ¿Qué hace usted en el barrio más feo de Praga? Le dijo que no vive lejos de allí, que es ingeniero y que se detuvo allí la primera vez por pura casualidad al volver del trabajo. 11 Estaba mirando a Tomás, pero su mirada no iba dirigida a sus ojos, sino, diez centímetros más arriba, a su pelo que olía a sexo ajeno. Decía: — Tomás, ya no puedo soportarlo. Yo sé que no tengo derecho a quejarme. Desde que volviste a Praga, por mi culpa, me he prohibido a mí misma tener celos. No quiero tener celos, pero no tengo fuerza, suficiente para impedirlo. ¡Por favor, ayúdame! La cogió del brazo y la llevó hasta el parque al que, años atrás, solían ir a pasear. Los bancos eran azules, amarillos, rojos. Se sentaron en uno de ellos y Tomás dijo: — Te comprendo. Sé lo que quieres. Está todo preparado. Ahora irás a la colina de Petrin. De repente se sintió angustiada: — ¿A Petrin? ¿Por qué a Petrin? — Llegarás hasta arriba y lo entenderás todo. Le pesaba terriblemente tener que ir; su cuerpo estaba tan débil que no podía levantarse del banco. Pero era incapaz de desobedecer. Se incorporó con esfuerzo. Miró a su alrededor. Seguía sentado en el banco y le sonreía casi con alegría. Le hizo con la mano un gesto que pretendía animarla a que fuera. 12 Cuando llegó a la ladera de Petrin, esa colina verde que se alza en medio de Praga, advirtió con sorpresa que no había nadie. Era extraño, porque otras veces se paseaban permanentemente por allí masas de praguen-ses. Sentía angustia en el corazón, pero la colina estaba tan silenciosa y el silencio era tan consolador que no se resistió y se confió al regazo de la colina. Subía, a ratos se detenía y observaba: veía abajo muchos puentes y torres; los santos amenazaban con sus puños y elevaban la vista hacia las nubes. Era la ciudad más hermosa del mundo. Llegó hasta la cima. Más allá de los quioscos de helados, postales y dulces (en los que no había ningún vendedor) se extendía el césped con unos pocos árboles. En el césped había unos hombres. Cuanto más se acercaba a ellos, más despacio iba. Eran seis. Estaban quietos o se paseaban muy lentamente, como jugadores en un campo de golf, que examinan el terreno, sopesan los palos y procuran estar en forma antes de empezar el partido. Llegó hasta donde estaban ellos. De los seis, reconoció perfectamente a tres que desempeñaban

allí el mismo papel que ella: estaban inseguros, como si quisieran hacer muchas preguntas pero les diera miedo molestar y por eso prefirieran quedarse callados, dirigiendo a su alrededor una mirada interrogativa. Los otros tres irradiaban una indulgente afabilidad. Uno de ellos llevaba en la mano un fusil. Al ver a Teresa le hizo un gesto afirmativo y sonriente: — Sí, éste es el sitio. Lo saludó con una inclinación de cabeza y sintió una horrible angustia. El hombre añadió: — Para que no haya equivocaciones. ¿Es a petición suya? Hubiera sido fácil decirle «¡no, no es a petición mía!», pero era incapaz de imaginar que pudiera decepcionar a Tomás. ¿Qué explicación podría darle si regresara a casa? De modo que dijo: — Sí. Por supuesto. Es a petición mía. El hombre del fusil continuó: — Para que sepa por qué se lo pregunto, esto sólo lo hacemos si tenemos la seguridad de que las personas que vienen son ellas mismas las que desean expresamente morir. El servicio es sólo para ellas. Miró a Teresa inquisitivamente, de manera que tuvo que volver a confirmarle: — No, no tema. Es a petición propia. — ¿Le gustaría ser la primera? —preguntó. Quería postergar al menos un poco la ejecución, así que dijo: — No, no por favor. Si fuera posible preferiría ser la última. — Como quiera —dijo, y se reunió con los demás. Sus dos ayudantes iban desarmados y sólo estaban allí para atender a la gente que había venido a morir. Los cogían del brazo y paseaban con ellos por el césped. El parque era muy amplio y se extendía hasta perderse en la lejanía. Los que iban a ser ejecutados podían elegir su propio árbol. Se detenían, miraban a su alrededor y no acertaban a decidirse. Por fin, dos de ellos eligieron dos plátanos, pero el tercero siguió hacia adelante como si ningún árbol le pareciese adecuado para su muerte. El ayudante lo cogió suavemente del brazo y lo acompañó pacientemente hasta que el hombre perdió por fin el valor para seguir avanzando y se detuvo junto a un robusto arce. Después los ayudantes ataron a los tres hombres una venda alrededor de los ojos. Y así quedaron sobre el extenso parque tres hombres de espaldas a tres árboles, cada uno de ellos con una venda tapándole los ojos y la cabeza vuelta hacia el cielo. El hombre del fusil apuntó y disparó. No se oyó sino el canto de los pájaros. El fusil tenía silenciador. Sólo se vio cómo el nombre apoyado en el arce empezaba a derrumbarse. Sin alejarse del sitio en el que estaba, el hombre del fusil se volvió en otra dirección y uno de los hombres que estaban apoyados en los plátanos se derrumbó en un silencio absoluto y unos momentos más tarde (el hombre del fusil no hizo más que girar otra vez sin moverse de su sitio) cayó en el césped el tercer ejecutado. 13 Uno de los ayudantes se acercó en silencio a Teresa. Llevaba en la mano una venda de color azul oscuro. Comprendía que quería vendarle los ojos. Hizo un gesto negativo con la cabeza y dijo: -No, quiero verlo todo. Pero aquél no era el verdadero motivo de su rechazo. No tenía nada en común con esos héroes decididos a mirar valientemente a los ojos al pelotón de fusilamiento. Lo único que quería era alejar el momento de la muerte. Sentía que en el momento en que tuviera los ojos vendados se encontraría en la antesala de la muerte, de la cual no existe camino de regreso alguno. El hombre no insistió y la cogió del brazo. Y fueron así por el extenso parque y Teresa no era capaz de decidirse por ningún árbol. Nadie la obligaba a apresurarse, pero ella sabía que de todos modos no tenía escapatoria. Cuando vio un castaño en flor frente a ella, se detuvo. Apoyó la espalda

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