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La-Insoportable-Levedad-del-ser

21 La

21 La traductora gritó por segunda vez su llamada con la bocina. En respuesta volvió a oírse un inmenso e interminable silencio indiferente. Franz miró a su alrededor. El silencio desde la otra orilla del río había sido para todos como una bofetada. Incluso el cantante con la bandera blanca y la actriz se sienten angustiados, dubitativos, sin saber qué hacer. Franz comprendió de pronto que todos eran ridículos, él y los demás, pero aquella comprensión no lo separaba de ellos, no lo llenaba de ironía, al contrario, era ahora cuando sentía por ellos un inmenso amor, como el que sentirnos por quienes han sido condenados. Sí, la Gran Marcha se acerca a su fin ¿pero es ése un motivo para que Franz la traicione? ¿No se aproxima también su propia vida a su fin? ¿Es justo que se ría del exhibicionismo de los que acompañaron a los valientes médicos hasta la frontera? ¿Qué más puede hacer esa gente que teatro? ¿Les queda alguna otra posibilidad? Franz tiene razón. Estoy pensando en el redactor que organizaba la recogida de firmas para la amnistía de los presos políticos en Praga. Sabía perfectamente que aquello no ayudaría a los presos. El verdadero objetivo no era liberar a los presos, sino demostrar que aún había gente que no tenía miedo. Lo que hacía era teatro. Pero no tenía otra posibilidad. No podía elegir entre actuar o hacer teatro. La elección era: hacer teatro o no hacer nada. Hay situaciones en las que las personas están condenadas a hacer teatro. Su lucha contra el poder silencioso (el poder silencioso al otro lado del río, la policía convertida en silenciosos micrófonos en la pared) es la lucha de un grupo de comediantes peleando contra un ejército. Franz vio a su amigo de la Sorbona levantando el puño y amenazando a aquel silencio de la orilla de enfrente. 22 La traductora gritó por tercera vez su llamada con la bocina. El silencio que nuevamente le respondió transformó de pronto la angustia de Franz en una rabia furiosa. Estaba muy cerca del puente que separa Tailandia de Camboya y le invadió un inmenso deseo de cruzarlo corriendo, de gritar al cielo terribles insultos y de morir en medio del inmenso estruendo de los disparos. Ese repentino deseo de Franz nos recuerda algo; sí nos recuerda al hijo de Stalin, que corrió a colgarse a las alambradas electrificadas al no poder soportar la visión de los polos de la existencia humana acercándose hasta tocarse, sin diferencia ya entre lo elevado y lo bajo, entre el ángel y la osca, entre Dios y la mierda. Franz no podía aceptar que la gloria de la Gran Marcha fuese lo mismo que la cómica vanidad de quienes participaban en ella y que el magnífico estruendo de la historia europea se perdiese en un silencio interminable sin que hubiese ya diferencia entre la historia y el silenció. En ese momento quiso poner su propia vida en el platillo de la balanza para demostrar que la Gran Marcha pesa más que la mierda. Pero el hombre no es capaz de lograrlo. Sobre uno de los platillos de la balanza estaba la mierda, encima del otro se puso el hijo de Stalin con todo su cuerpo y la balanza no se movió. En lugar de hacerse matar, Franz agachó la cabeza y regresó, a paso ligero con todos los demás, hacia los autobuses. 23 Todos necesitarnos que alguien nos mire. Sería posible dividirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir. La primera categoría anhela la mirada de una cantidad infinita de ojos anónimos, o dicho de otro modo, la mirada del público. Ese es el caso del cantante alemán, de la actriz norteamericana y

también del redactor con largas barbas. Estaba acostumbrado a sus lectores y, cuando un buen día los rusos cerraron su semanario, tuvo la sensación de que el aire era cien veces más enrarecido. Nadie podía reemplazarle la mirada de los ojos desconocidos. Le pareció que se ahogaba. Entonces fue cuando advirtió que la policía vigilaba todos sus pasos, que oían sus conversaciones por teléfono y que hasta le sacaban en secreto fotos en la calle. ¡De pronto los ojos anónimos estaban otra vez en todas partes y él podía respirar de nuevo! ¡Estaba feliz! Se dirigía con voz teatral a los micrófonos de las paredes. Había encontrado en la policía al público perdido. La segunda categoría la forman los que necesitan para vivir la mirada de muchos ojos conocidos. Estos son los incansables organizadores de cócteles y cenas. Son más felices que las personas de la primera categoría quienes, cuando pierden a su público, tienen la sensación de que en el salón de su vida se ha apagado la luz. A casi todos ellos les sucede esto alguna vez. En cambio, las personas de la segunda categoría siempre consiguen alguna de esas miradas. Entre éstos están Marie-Claude y su hija. Luego está la tercera categoría, los que necesitan de la mirada de la persona amada. Su situación es igual de peligrosa que la de los de la primera categoría. Alguna vez se cerrarán los ojos de la persona amada y en el salón se hará la oscuridad. Pertenecen a este grupo Teresa y Tomás. Y hay también una cuarta categoría, la más preciada, la de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes. Son los soñadores. Por ejemplo Franz. El único motivo de su viaje hasta la frontera de Camboya fue Sabina. El autobús traquetea por la carretera tailandesa y él siente que su larga mirada se fija en él. A la misma categoría pertenece también el hijo de Tomás. Lo llamaré Simón. (Se alegrará de tener un nombre bíblico como su padre.) Los ojos que anhela son los de Tomás. Cuando se comprometió en la recogida de firmas lo echaron de la universidad. La chica con la que salía era sobrina de un cura de pueblo. Se casó con ella, se hizo tractorista en la cooperativa, católico practicante y padre. Después se enteró por medio de algún amigo de que Tomás también vivía en el campo y se alegró: ¡el destino había logrado que sus vidas fuesen simétricas! Aquello lo impulsó a escribirle una carta. No pedía respuesta. Lo único que quería era que Tomás dirigiera su mirada hacia su vida. 24 Franz y Simón son los soñadores de esta novela. A diferencia de Franz, Simón no quería a su madre. Buscaba desde su infancia a su papá. Estaba dispuesto a creer que alguna injusticia cometida contra su padre antecedía y explicaba la injusticia que éste había cometido con él. Nunca se había enfadado con él porque no quería convertirse en aliado de la madre, que calumniaba sistemáticamente al padre. Vivió con ella hasta que cumplió los dieciocho y después de la reválida se fue a estudiar a Praga. En aquella época Tomás ya lavaba escaparates. Simón le esperó muchas veces con la intención de preparar un encuentro casual en la calle, pero el padre nunca se detuvo junto a él. Trabó amistad con el antiguo redactor de la barba larga sólo porque su historia le recordaba a la de su padre. El redactor no conocía el nombre de Tomás. El artículo sobre Edipo había quedado en el olvido y el redactor se enteró de él por medio de Simón, quien le rogó que fueran juntos a pedirle a su padre la firma. El redactor asintió sólo por darle gusto a un muchacho al que apreciaba. Cuando Simón se acordaba de aquella reunión, se avergonzaba de su timidez. Seguro que a su padre no le había gustado. En cambio su padre le gustó a él. Se acordaba de cada una de las palabras que había dicho y le daba cada vez más la razón. Sobre todo se le quedó grabada una frase: «Castigar a los que no sabían lo que estaban haciendo es una barbaridad». Cuando el tío de su chica puso en sus manos una Biblia, le llamaron la atención sobre todo unas palabras de Jesús: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Sabía que su padre no era creyente, pero en la similitud de ambas frases veía una señal secreta: su padre está de acuerdo con el camino que ha elegido. Llevaba en el pueblo unos tres años cuando recibió una carta en la cual Tomás le invitaba a visitarlo. El encuentro fue amable, Simón se sintió a gusto y no tartamudeó nada. Quizá ni siquiera advirtió que no se habían entendido demasiado. Unos cuatro meses más tarde le llegó una carta. Tomás

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