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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli finalmente, había logrado nadar contra la corriente y se encontraba en la otra orilla. Sólo llanto, agua, había entre ellos, agua borrándolo todo. —¿No querés bailar? Estás muy sólita aquí... La mano en el hombro desnudo la asustó. Las mesas, los danzantes, el sonido de la orquesta, volvieron a entrar en foco. Levantó la cabeza y vio a Pablo Jiménez, un amigo de sus tiempos de debutante, mirándola desde lo alto del smoking y la pajarita negra en el cuello. Era un hombre callado y tímido. El tono de su piel, su pelo y sus ojos parecían haber sido desleídos por el agua fuerte del vientre de su madre —una mujer dominante y bulliciosa—. Todos lo llamaban "Pablito". Las muchachas decían que era "inofensivo". —Hola, Pablito —dijo como respuesta. —Hola —dijo él, manteniendo la mano extendida para llevarla a bailar— vamos a bailar... vení, no te quedes allí sentada... Se levantó pensando que no habría podido escoger mejor pareja para su primer baile que este hombre gentil, transparente, "inofensivo” El bolero suavizaba también la entrada a la pista. Se abrieron un pequeño espacio. Las parejas se movían abrazadas, aprovechando la música para rozar los cuerpos y decirse cosas al oído. Pablito olía a colonia. La tomó suavemente por la cintura y empezaron a mecerse siguiendo el ritmo. —Supe que estabas trabajando con Julián Lazo —le dijo— ¿te va bien? —Sí, sí, me va muy bien. Es un trabajo interesante. —Pero te habías desaparecido... sólo en las discotecas se te veía. —Es que después del año del debut, quedé un poco saturada de este tipo de fiestas. Ahora ya se me pasó... Se acercó un poco más a él, deseando que dejara de hablar para poder disfrutar de la música y bailar. Le gustaba bailar. Pablito bailaba bien. "No debería hacer esto, pensó, debería hablar, preguntar cosas..." Sin embargo, estaba atolondrada. Le costaba fijar la atención, olvidar a los padres. Hubiera deseado que los brazos que le estrechaban fuesen los de Felipe. Entonces habría podido cerrar los ojos, olvidar en la música el peso de aquella incómoda relación con sus padres. —¿Y vos que has hecho? —preguntó. —Estoy trabajando en el Banco Central, en una oficina de investigaciones que acaban de abrir. Hacemos estudios socio-económicos, supuestamente apolíticos, independientes. Según parece, el presidente del Banco ha convencido al Gran General sobre la necesidad de contar con un equipo que produzca información no adulterada. El gobierno se está preocupando un poco más por saber qué diablos está pasando realmente en el país. No creo que sirva de mucho, pero, por lo menos, uno siente que tal vez, aunque por miedo, se decidirán a mejorar algunas cosas... —Pero no te sentís mal trabajando allí. —No. Yo creo que lo único que uno puede hacer en este país es tratar de trabajar desde dentro del régimen, y como lo vamos a tener por muchos años más, lo más práctico es ver qué se puede hacer para que algunas cosas al menos funcionen mejor. Además, como te decía, somos un grupo "independiente". Nada de política. Nosotros somos técnicos... Ser "apolítico" era una cómoda manera de ser cómplice, estuvo a punto de decir Lavinia, pero recordó que estaba allí para crearse una cobertura y no para darse más tinte de rebelde. Además, de nada serviría su comentario. En aquel ambiente, la mayoría eran opositores. Lo normal era criticar y quejarse del régimen, aun cuando tácticamente se supieran aliados. Critiquémoslo pero no lo cambiemos, era la consigna. Esa había sido la suya hasta hacía poco. El bolero terminó y la orquesta cambió de ritmo iniciando una cumbia que se encargó de poner fin a la conversación. —Te devuelvo a la mesa —dijo Pablito— este no es mi tipo de ritmo. Sara y Adrián habían regresado también. Se daban aire con las servilletas. —Esta pista de baile es un horno... ¿Qué tal, Pablito? —Muy bien, gracias. Ustedes se ven muy bien también... —Con el ejercicio que hemos hecho....—dijo Adrián. El baile con Pablito abrió el acercamiento de amigos y amigas a la mesa, en los breves intervalos de descanso de la orquesta. 102

La Mujer Habitada Gioconda Belli Pláticas intercambiando breves informaciones sobre carreras y otros rumores se sucedieron en la noche, envueltas todas en un ambiente de civilidad y cortesía. Era imposible saber que pensaban realmente aquellas caras amables y sonrientes que se detenían por la mesa. Bailó con sus conocidos de la pandilla: con Antonio indagando tenaz sobre Felipe; Jorge y sus chistes. Con ellos se divertía. No le era difícil abatir pestañas y coquetear su "simpatía". A ratos, retornaba la extrañeza. Su mente proyectaba las imágenes de Sebastián, Flor y Felipe; el entierro del médico que todos parecían haber olvidado. Uno que otro comentó la suerte de que el baile no se hubiese cancelado, el temor que habían experimentado de que el desastre los envolviera. Sus viejas amigas del colegio le hablaron de sus planes de boda, los pretendientes, las modas y los últimos anticonceptivos. De vez en cuando captaba la mirada de Adrián observándola burlesco y curioso. Estaba segura que Adrián se daba cuenta que estaba actuando, pero jamás sabría por qué lo hacía. Intentó sacarla a bailar, pero Lavinia, consciente de que la sometería a interrogatorio, fingió no poder acomodarlo entre las múltiples solicitudes. —Deberíamos irnos —dijo finalmente—, no puedo bailar más. Mis pobres pies están destrozados... Sara, que ya empezaba a bostezar, apoyó la idea. —Sí, vámonos —dijo—, me estoy muriendo de sueño. Salieron dando la vuelta por la terraza de la piscina para evitar la aglomeración del salón de baile. En el estacionamiento, vio de lejos a sus padres montar en su vehículo y salir. La habían estado observando cuando bailaba cerca de su mesa, cruzándose con ella miradas indescifrables. —Estuviste encantadora —dijo Adrián, cuando recorrían el camino de regreso. —¿Me porté simpática, verdad? —dijo Lavinia, haciéndose la tonta. —Vos sos simpática —dijo Adrián— cuando sos lo que sos y no pretendes hacerte la mujer liberada, independiente... —Yo soy liberada e independiente —dijo Lavinia—. No te confundas. —Nunca entenderé a las mujeres —respondió Adrián. Se quedaron en silencio escuchando la respiración acompasada de Sara que dormía en el asiento delantero. ¿Es nostalgia lo que siente? Yo muchas veces sentí nostalgia por la vida de mi tribu. Pero en mi caso no hubo regreso posible. Lo que abandoné, se disolvió cual un lienzo que se deshace. Nunca más retornaron las quietas alegrías de los "Calmecc", donde nuestros maestros nos enseñaban las artes del baile y del tejido; jamás volví a engalanarme para las ceremonias sagradas con las que recibíamos el regreso del sol, después de los últimos días del año; los días nefastos cuando todos nos guardábamos y ayunábamos y no nos era permitido a los jóvenes bañarnos en el río o divertirnos cazando peces en el lago. Extraños son los sentimientos de Lavinia; punzantes, cual dardo. Mezcla de veneno y miel. Toda ella es una tela confusa, un brazo que dijera adiós, que amara y odiara a un tiempo. Y es por cierto confuso este tiempo donde se suceden acontecimientos dispares cual si dos mundos existiesen uno al lado del otro, sin mezclarse. Un poco como ella y yo, habitando esta sangre. Se quitó el vestido rojo. Lo tiró sobre la silla. Lo vio convertirse en un bulto informe de pliegues y destellos bajo el haz de luz que provenía del baño. Se lavó la cara, el maquillaje negro de los ojos. Le divirtió ver a Felipe en su cama, esperándola, fingiendo dormir. Estaba segura que la observaba con los ojos entrecerrados. Por eso dio a sus movimientos una movilidad teatral. Se paró desnuda frente al espejo del baño, limpia ya de vestigios de la fiesta, antes de caminar descalza hacia la cama. Recordaba un trozo de alguna novela de Cortázar donde el hombre observa a la mujer verse sola frente al espejo, desnuda. —¿Qué tal te fue? —preguntó Felipe, con la voz pastosa, como si despertara, no bien ella 103

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