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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli calles de tierra en la madrugada, saliendo a la vía principal a tomar el bus, buses destartalados, apretujados; manoseo, carteristas. De nuevo pensó en las injusticias de los nacimientos. La muerte era mucho más democrática. En la muerte todos se igualaban; cripta o tierra, todos las personas se descomponían. ¿Pero de qué servía la democracia entonces? Se detuvo ante un grupo de jóvenes que platicaban en la esquina. Preguntó por la calle donde vivía Lucrecia. La conocían. Debía seguir más adelante, le dijeron; era la casa al lado de la venta, más al fondo. Ya la luz solar se extinguía totalmente. Una mujer aceituna, descalza, subía trabajosamente la pendiente del camino, empujando una carreta de leña con varios niños encaramados sobre la madera vieja. Pasó a su lado en el automóvil. Los niños la miraron extrañados. A esa hora, sin duda, pensó Lavinia, eran pocos los automóviles que pasaban por allí. Llegó a la casa de Lucrecia. Desde la distancia, vio a la mujer de la carreta mirarla cuando se bajó del vehículo. Ella se sintió mal, fuera de lugar con su traje-pantalón de lino y los zapatos de tacones altos. Golpeó la puerta. Una niña de aproximadamente doce años, la entreabrió. —¿Aquí vive Lucrecia Flores? —preguntó Lavinia. —Sí —dijo la muchachita, escondiéndose tras la puerta, mirando para dentro de la casa como si buscara protección—. Sí. Aquí vive. Es mi tía. —¿Y está? —preguntó ella. —Tía, la buscan —gritó la niña volviéndose hacia el interior. La puerta se abrió un poco más. Lavinia pudo ver el techo sin cielo raso, los cables eléctricos cruzando el zinc y una sola bujía balanceándose atada a una viga. Colchones colgados, doblados sobre un travesaño. Los descolgarían a la hora de dormir. Había una silla desvencijada en el rincón. —¿Quién me busca? —dijo la voz de Lucrecia. —Soy yo, Lucrecia. Lavinia —dijo ella desde la puerta. —Déjala pasar, déjala pasar —se escuchó. Obediente, la niña se hizo a un lado. Lavinia entró al cuarto pequeño que parecía servir de sala y dormitorio a la vez; a uno de los costados de la habitación, detrás de un tabique de madera y una cortina sucia y deshilachada, oyó a Lucrecia diciéndole que pasara. La estancia olía a trapos sucios y encierro. Lavinia abrió la cortina y encontró a Lucrecia tendida en un catre de lona, cubierta la cabeza con una toalla que despedía un fuerte olor a alcanfor. —Ay, niña Lavinia —dijo la mujer—, qué pena me da que haya venido a buscarme. No he podido llegar porque estoy enferma. ¡Viera las calenturas que me han agarrado! Lavinia se aproximó y vio sus ojos enrojecidos. Lucrecia se veía pálida con los labios extrañamente azules. —¿Pero qué es lo que tenés, Lucrecia? —preguntó— te veo muy mal. ¿Ya te examinó un médico? Lucrecia se tapó la cara con las manos y se puso a llorar —No —dijo, entre sollozos— no me ha visto nadie. No quiero que me vea nadie. Rosa, traele una silla, anda —dijo a la niña, mientras seguía llorando. Lavinia se sentó a su lado en la silla, la misma que vio al entrar, la única que se veía en todo la casa. —¿Pero cómo es eso que no quieres que te vea nadie? —dijo, mientras Lucrecia sollozaba—. Vamos, deja de llorar. ¿Cuándo fue que te empezó esto? La mujer, joven pero avejentada por la pobreza, se tapaba con las sábanas mientras ordenaba a la niña que fuera a buscar a su mamá. —Lucrecia —insistía Lavinia—, decime qué te pasa, para poder llevarte donde un doctor. No llores más. El doctor te puede curar. Ya nos podemos ir, si querés... —¡Ay, niña Lavinia! ¡Usted tan buena! —dijo Lucrecia— ¡pero no quiero que me vea nadie! —No quiere que la vea nadie y se va a morir de esas calenturas —dijo una voz a espaldas de Lavinia. Ella se volvió y vio al lado de la cortina, una mujer gorda con el delantal amarrado en la cintura; 76

La Mujer Habitada Gioconda Belli la hermana de Lucrecia, la madre de la niña. —Decile a ella. Decile de una vez —continuó la mujer— no te podés quedar así en esa cama, sólo llorando y encendida en fiebre hasta que te mueras. Si no le decís vos, le digo yo. Arreció el llanto de Lucrecia. —Yo le dije que no lo hiciera —dijo la hermana— pero no hubo manera de convencerla. Por fin, Lucrecia, interrumpiéndose de rato en rato para llorar, le contó con detalles a Lavinia, lo del aborto. No quería tener el niño —Dijo—, el hombre había dicho que no contara con él y ella no podía pensar en dejar de trabajar. No tendría quién lo cuidara. Además quería estudiar. No podía mantener un hijo. No quería un hijo para tener que dejarlo solo, mal cuidado, mal comido. Lo había pensado bien. No había sido fácil decidir. Pero por fin, una amiga le recomendó una enfermera que cobraba barato. Se lo hizo. El problema era que la hemorragia no se le contenía. Ya toda ella olía mal, a podrido, dijo, y estaba con esas fiebres... Era un castigo de Dios, decía Lucrecia. Ahora tendría que morirse. No quería que la viera nadie. Si la veía un médico, le preguntaría quién se lo había practicado y la mujer la amenazó si la denunciaba. Los médicos sabían que era prohibido. Se darían cuenta. Hasta presa podía caer si iba a un hospital, dijo. Lavinia trató de que no la abrumara la visión de las mujeres con las caras tensas, el llanto de Lucrecia arrebujada entre las sábanas, la ignorancia, el temor, el cuartito sin ventilación, el olor a alcanfor, la niña asomando la cara asustada por la cortina. —Anda jugá, Rosa, te dije que te fueras a jugar —decía la madre, perdiendo la paciencia, empujando a la niña, levantando la mano amenazadora que hizo a la muchachita salir corriendo. Debía pensar qué se podía hacer, se dijo Lavinia. No quería sentir el malestar en el estómago, las ganas de llorar junto a Lucrecia. Que, por fin, callaba, sollozando apenas. —Tengo una amiga enfermera —dijo Lavinia—. Voy a ir a buscarla. Traería a Flor, pensó. Flor podría, al menos, decirle qué hacer. Se levantó. Se sobrepuso al olor del alcanfor, de la fiebre, al pesar, la rabia por la pobreza. —Gracias, niña Lavinia, gracias —decía Lucrecia, empezando de nuevo a llorar. Al salir a la calle oscura, Lavinia aspiró una gruesa bocanada de aire. La noche se acomodaba en los tablones de las casas vecinas. El cielo, lavado de lluvia, estaba lleno de estrellas. Ninguna luz competía con su esplendor. La hermana de Lucrecia, enhiesta en la puerta, se alisaba el pelo con las manos. —Ahora vuelvo —le dijo a la mujer—. Ahora mismo regreso —y entró en su automóvil con olor a nuevo. En la carretera, Lavinia se detuvo porque lloraba. Las lágrimas en sus ojos creaban halos irisados en los faros de los vehículos que se le cruzaban en el camino. Dos horas más tarde, Flor desapareció con Lucrecia detrás de la puerta de emergencias. A través del cristal las vio perderse en el interior. Lavinia caminó hacia la sala de espera, arrastrando los pies. El techo era alto y las luces de neón dispersas en el cielo raso —la mayoría apagadas— alumbraban tenuemente el lugar. Se dejó caer en una de las bancas de madera. De no ser por el olor a medicinas y angustia, el olor típico de los hospitales, la sala de espera podría haberse confundido con el salón de una iglesia protestante. Filas de rústicos bancos de madera ocupaban el centro y los lados del salón. Mujeres con niños sucios y enfermos, otras solas, unos cuantos hombres esperaban silenciosos. Lavinia apoyó el brazo en la esquina de la banca y se frotó los ojos. Le dolía la cabeza. Sentía tensión en la nuca. Afortunadamente, Flor había tomado control de la situación con su serenidad habitual. Tenía amigos en el hospital. Médicos acostumbrados a situaciones como la de Lucrecia. "Miles de casos parecidos", había dicho Flor. Estuvo con los ojos cerrados un buen rato, esperanzada en poder dormitar para acortar la espera. Pero el sueño no llegó. Abrió los ojos y los extendió a través del salón. Notó que las demás personas en la sala la observaban. Habían apartado la mirada no bien ella levantó los ojos, pero la habían estado mirando, observándola cual si se tratase de un teatro y una luz cenital se posara sobre ella. Se sintió incómoda. Para distraerse miró hacia el suelo. Recorrió con la vista la hilera de pies 77

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