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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli cuarto la rodeaban como iconos silentes; las voces submarinas desde el otro cuarto se deslizaban ininteligibles, por la ranura de la luz debajo de la puerta del baño. Pensó que debía dormirse, no pensar más en ellos; no pensar en la posibilidad de que Sebastián aceptara quedarse. No supo por qué lo ofreció, cómo salieron las palabras de su boca; quizás porque le daba pena que se fueran, verlos abandonar esta isla, la isla donde habían estado juntos como si se conocieran desde tiempo atrás. Por eso lo dijo, pensó, aunque no fuera razonable, aunque mañana, sin duda, se arrepentiría, le daría miedo otra vez. Pero no pensaría en nada, se dijo, se dormiría. Casi no había dormido. Se sintió sola. Felipe estaba con ellos, les pertenecía; se pertenecían los tres. Sólo ella estaba en el cuarto vacío, inmerso en un vaho denso de imágenes y pensamientos que no la dejaban resbalarse hacia el sueño. Trató de borrarlos pensando en el mar. Cuando no podía dormir, pensaba en el mar. Caminaba en la playa, escuchando las gaviotas, las olas soltaban su rizada cabellera blanca; ella andaba sobre la playa desierta con una leve túnica de gasa. Y el batir de alas, el vuelo. Volaba otra vez. Su abuelo le hacía gestos mientras la inmensidad del mar se empequeñecía en el ancho espacio. Cuando abrió los ojos al día siguiente, la claridad entraba por la alta ventana. A su lado, totalmente vestido, Felipe fumaba un cigarrillo. —Ya se fueron —dijo. Lavinia se sentó en el colchón. Se frotó los ojos. "Ya se fueron", pensó. "Ya pasó el miedo" y sintió ganas de llorar. —Ahora deberíamos bañarnos e irnos a trabajar —continuó Felipe—. Me encargaron que te diera las gracias. Dicen que fuiste muy valiente. Ella no dijo nada. Se levantó y recogió las sábanas, doblándolas cuidadosamente sin saber por qué. Regresarían al trabajo. Sebastián y Flor se habían ido. Volvería la normalidad. No había pasado nada. Todos sanos y salvos. Respiró hondo para controlar las ganas de llorar. Felipe la miraba expectante. "Pensará que ahora todo terminará entre nosotros", pensó, entrando sola en el baño de su habitación. Cerró los ojos bajo la ducha, dejando que el agua cayera en un chorro fuerte sobre su cabeza. Tenía la sensación de estar convaleciendo de una larga enfermedad. Cuando salió, Felipe terminaba de arreglar el cuarto. Las sábanas ensangrentadas estaban nítidamente apiladas sobre la cama. —Sería mejor botarlas —sugirió Lavinia, mientras se vestía. Felipe fumaba otro cigarrillo de pie al lado de la ventana. —Es peligroso —dijo Felipe—. Las pueden encontrar y usarlas como pista. Es mejor dejarlas escondidas; en alguna parte y lavarlas cuando estés sola. Yo te puedo ayudar. Las escondieron en lo alto del closet, detrás de las maletas viejas. Antes de salir, Lavinia recorrió la casa cerrando puertas y ventanas. —Espero que Sebastián no tenga más problemas —le dijo a Felipe antes de salir, asaltada de pronto por el remordimiento, la vehemencia con que había deseado que se fuera para recuperar la calma de su casa, los días intranscendentes, la bendita rutina. —Esperemos que no. Gracias —y la abrazó. Lavinia lo abrazó fuerte. Le daba pena verlo preocupado, observándola, temiendo que ella le dijera que no quería volver a verlo. —Te quiero —susurró. Y pensó que, a pesar de todo, no podría dejarlo. Lavinia pasó el día envuelta en una rara y tranquila felicidad. La rutina de los planos, los dibujantes inclinados sobre sus mesas de dibujo, Mercedes contoneándose por la oficina, el café humeante sobre su escritorio, le semejaban acontecimientos. Experimentaba la sensación de haber retornado de un largo viaje. Durante el día recordó varias veces a Flor y Sebastián. Le parecieron tan lejanos que el recuerdo era ya nostalgia. Pensó en el discurso del zorro en El Principito, lo de los vínculos. En tan corto tiempo, les había tomado afecto. No quería que nada malo les sucediera. Si algo les llegara a suceder sentiría una profunda pena, se dijo. No la pena que se siente por dos personas casi desconocidas. Porque algo químico se había producido entre ellos; una cierta complicidad en las miradas, un sentirse cercanos. La solidaridad del peligro. Pero era mejor que el tiempo hubiese doblado ya la esquina, poder recordar el momento sabiendo que formaba parte del pasado. No se sentía capaz de volver a vivir nada semejante. 46

La Mujer Habitada Gioconda Belli Cuando regresó a la casa, la encontró limpia. Era miércoles. Lucrecia había llegado. Encendió las luces del patio. Miró el naranjo cargado de frutos. Se sirvió un trago y se dejó caer en la hamaca. Estuvo así un largo rato, escuchando la música, sintiendo el fresco de la noche, atesorando la calma. Sólo al levantarse para llamar por teléfono a Sara, a Antonio, tuvo un momento de desasosiego. Aquí estaba su ansiada normalidad y, sin embargo, sentía como si su casa y su vida se hubieran vaciado de repente. Con el auricular en la mano, fumando un lento cigarrillo, imaginó la conversación intranscendente a punto de suceder y se preguntó qué era lo que realmente amaba de esta "tranquilidad"; ¿sería que realmente la amaba o era que la noción de independencia, de mujer sola con trabajo y cuarto propio, eran opciones incompletas, rebeliones a medias, formas sin contenido? Ahora nada sucedería, pensó; podía predecir sus días uno tras otro. Este espacio era una isla, una cueva, un encierro benevolente de estatua ciega en un jardín romano: el dominio de la soledad, su más brillante conquista. Aquí podría permanecer mientras el mundo se desataba en lluvia y Sebastián y Flor y Felipe y quién sabe cuántos más estaban allá afuera peleando contra molinos de viento, con su aire de árboles serenos. Está detenida en el umbral de las preguntas. No se responde. Sólo yo que estoy aquí, oculta, puedo soñar, vislumbrar conjunciones, caminos que se bifurcan. Sólo yo siento los imperativos de la herencia, mientras ella intuye vuelcos en su corazón, sin poder nombrarlos. Los españoles decían haber descubierto un nuevo mundo. Pero nuestro mundo no era nuevo para nosotros. Muchas generaciones habían florecido en estas tierras desde que nuestros antepasados, adoradores de Tamagastad y Cippatoval, se asentaron. Éramos nahuatls, pero hablábamos también chorotego y la lengua niquirana; sabíamos medir el movimiento de los astros, escribir sobre tiras de cuero de venado; cultivábamos la tierra, vivíamos en grandes asentamientos a la orilla de los lagos; cazábamos, hilábamos, teníamos escuelas y fiestas sagradas. ¿Quién podrá saber cómo sería ahora todo este territorio si no se hubiera dado muerte a chorotegas, caribes, dinones, niquiranos... ? Los españoles decían que debían "civilizarnos", hacernos abandonar la "barbarie". Pero ellos, con barbarie nos dominaron, nos despoblaron. En pocos años hicieron más sacrificios humanos de los que jamás hiciéramos nosotros en la historia de nuestras festividades. Este país era el más poblado. Y, sin embargo, en los veinte y cinco años que viví, se fue quedando sin hombres; los mandaron en grandes barcos a construir una lejana ciudad que llamaban Lima; los mataron, los perros los despedazaron, los colgaron de los árboles, les cortaron la cabeza, los fusilaron, los bautizaron, prostituyeron a nuestras mujeres. Nos trajeron un dios extraño que no conocía nuestra historia, nuestros orígenes y quería que lo adoráramos como nosotros no sabíamos hacerlo. ¿Y de todo eso, qué de bueno quedó?, me pregunto. Los hombres siguen huyendo. Hay gobernantes sanguinarios. Las carnes no dejan de ser desgarradas, se continúa guerreando. Nuestra herencia de tambores batientes ha de continuar latiendo en la sangre de estas generaciones. Es lo único de nosotros, Yarince, que permaneció: la resistencia. 47

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