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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli aparecieras en televisión o en una foto en los diarios... Ella asintió con la cabeza. Era comprensible. Debía entenderlo, se dijo. Pero era cruel. Desde que estaba en el Movimiento, tratando de asimilar la idea de abandonar su statu quo, de convertirse en otro tipo de persona, superar la constreñida vida individual de sus orígenes, anhelaba el momento de participar más activamente. Romper el miedo y aceptar el compromiso frontal, no teórico, de su decisión. Pero las cosas parecían funcionar al revés. Le ordenaban usar su posición, sacar información, como arquitecta, de los Vela; volver a los círculos habituales, asistir al baile, no participar en la marcha. Nunca lo hubiera esperado, pensó. Nunca lo imaginó así. Aparentemente, para lo único que iba a servirle al Movimiento era para ser quien era. —Esto es frustrante —dijo, desmadejando el cuerpo en la silla—. Yo pensaba que mi vida cambiaría radicalmente... que podría participar; no quedarme al margen, como siempre. Se quedó al margen, con Sara y Adrián. Expectantes en la casa, sentados en el corredor, atentos a las noticias, al lado del jardín de helecho y jalacates. En las calles la multitud silenciosa desfilaba hacia el cementerio, en medio de una hilera nutrida de soldados con cascos de combate y bayonetas caladas que pretendían asistir al entierro. El silencio se posaba sobre la ciudad. Las oficinas y negocios habían cerrado sus puertas. Nadie había asistido al trabajo, aun cuando los medios oficiales insistieran sobre la "normalidad" de la situación y llamaran a la población a presentarse a sus labores y no caer en manos de "provocaciones" intentando "aprovechar el lamentable incidente". Desde temprano, el despliegue militar era visible. Cuando conducía a casa de Sara y Adrián, Lavinia vio los camiones verde oliva apretujados de soldados, dirigiéndose a la avenida por donde marcharía el entierro. En son de duelo se ubicaron tanques en las esquinas cercanas al cementerio; tanques con coronas fúnebres en sus trompas de metal. Pretendiendo honores militares al muerto, sobrevolaron aviones desde tempranas horas de la mañana. La emisora oficial, la televisión oficial, transmitían el entierro, tornándolo en las "merecidas honras fúnebres" de un militar distinguido. Las cámaras de televisión evitaban la multitud que se adivinaba en las tomas, concentrándose en el carro mortuorio y las caras enrojecidas y llorosas de la esposa y los hijos. A ambos lados de la calle, franqueando el paso aglomerado de los asistentes al entierro, podía verse la fila de soldados, en posición de "firmes" y bayoneta calada. Un grito, un movimiento rebelde de la multitud y aquello sería una masacre de consecuencias imprevistas. Los tenían rodeados, condenados a la inmovilidad, a protestar en silencio. Cualquier otra actitud sería suicidio. Callados, casi sin moverse, Lavinia, Sara y Adrián, miraban la pequeña pantalla, unidos por la tensión. —Ojalá nadie haga nada; ojalá nadie haga nada —decía Sara. Y Lavinia imaginaba a Felipe y sus estudiantes, marchando en silencio, esperando la ocasión propicia. —Nadie va hacer nada —dijo Adrián—. El Gran General lo planeó bien. Nadie puede hacer nada. La procesión fúnebre entraba al cementerio. —Mira Lavinia —dijo Adrián—, aquél es el general Vela. Estaba de pie cerca de la lápida. Un hombre recio, de barriga prominente y pelo lacio y negro, pulcramente peinado. La cámara lo enfocó al pasar. Tenía un walkie-talkie en la mano. Ella sintió repugnancia. Seguramente estaría al mando de aquella operación. El féretro fue bajado a la tumba. Una orquesta militar tocó las notas del Himno Nacional. Los sepultureros colocaron la lápida. La multitud empezaba a dispersarse, cuando se rompió el silencio de cortejo fúnebre. Se escucharon gritos, consignas saliendo detrás de los monumentos del cementerio: ¡Asesinos! ¡Guardia asesino! Contra el Gran General; ¡Movimiento de Liberación Nacional! Disparos al aire. Movimiento de soldados corriendo; multitud corriendo, dispersándose. La señal de televisión se apagó. Un slide con la fotografía del muerto apareció en la pantalla y la voz del locutor anunció: "Hemos llevado a ustedes, estimados televidentes, la transmisión de las honras fúnebres del Capitán Ernesto Flores". 92

La Mujer Habitada Gioconda Belli Adrián apagó el aparato. Salieron los tres a la puerta de la casa, moviéndose para pretender que hacían algo. Se escuchaban disparos aislados en la lejanía. —¡Ay, Dios mío! —exclamó Sara—. ¿Y ahora qué irá a pasar? Mejor cerramos la puerta Adrián. Volvieron a la sala. Lavinia fue a la cocina a servirse agua. Su mente proyectaba imágenes de cruentas persecuciones. Desde la distancia, trataba de enviarle a Felipe mensajes de advertencia para que no se arriesgara; no valía la pena. Demasiados soldados en la calle. Llevaban las de perder. Aunque quizás Felipe no pensaría como ella, se dijo. Ellos no pensaban así. Los riesgos los medían de otra forma. Salió a la sala. Adrián y Sara estaban sentados en las mecedoras, mirando al jardín, ausentes, como sin ver. Parecían una fotografía inmóvil, ellos con sus ropas finas y bien cortadas, en medio de los muebles, los ceniceros y adornos primorosamente colocados, las plantas con las hojas brillantes, el pequeño jardín interior con las begonias en grandes maceteros. Ella podría haber escogido eso, pensó Lavinia, mirándolos como hipnotizada, cual si hubiese penetrado en una dimensión alternativa: ésta podría haber sido su vida. Todo estaba diseñado para que ella también hubiese culminado en una casa como ésta, con un marido como Adrián, fumando pensativo. En algún momento el camino se había bifurcado y ella estaba del otro lado, viéndolos como a través de un espejo que ya nunca la reflejaría; presa de otras angustias que debía silenciar; que no podían entrar en este otro mundo inmóvil. —Me voy —dijo de pronto. —¿Cómo te vas a ir? —casi gritó Adrián—. ¿Estás loca? —Nada me va a pasar —dijo Lavinia, tomando su bolso—. Cerca de mi casa no está pasando nada. — ¿Pero para qué te vas a ir sola a tu casa? —intervino Sara, levantándose, alarmada. —No sé —dijo Lavinia—. Sólo sé que no aguanto más estar aquí, sin hacer nada. —Pero si estás con nosotros —dijo Sara—. Cálmate. Sabía que era lo más sabio. Calmarse. Pero no podía. No podía seguir allí. Tenía que salir de allí. —Esto no es juego, Lavinia —dijo Adrián—. Mientras yo esté aquí, no salís de esta casa. —Vos no sos mi marido —respondió Lavinia—. Ni tenés por qué decidir qué es lo que hago yo. Ya me voy. Déjame salir. Se oyeron más tiros. Lavinia, frenética, trataba de salir, pero Adrián se interponía entre ella y la puerta. Y era fuerte; aunque no era muy alto, tenía el cuerpo recio y musculoso. —Razonemos, Lavinia, por favor —dijo Adrián—. ¿Para qué querés salir? No podía responder. Simplemente sentía la necesidad de irse de allí. ¿Cómo explicarles eso? ¿Cómo explicarles que no quería estar en ese mundo al que sentía ya no pertenecer? Pero, poco a poco, el impulso fue cediendo a la razón. ¿Para qué quería salir? No podía unirse a los manifestantes que, a esa hora, andarían por las calles, quizás incendiando buses, expresando la rabia de haber tenido que acompañar silenciosamente el cadáver entre los soldados... No podía hacer nada más que esperar. Igual que ellos. ¿Por qué la empujé? ¿Qué me llevó a impulsarla hacia afuera allí donde se escuchaban sonidos de batalla? Ni yo misma lo sé. ¿Sentí la profunda necesidad de medir mis fuerzas? ¿O fue que en mí resonaron los recuerdos de los bastones de fuego? No debió haber sucedido. Estoy abatida en ella. No conozco este entorno, sus manejos, sus leyes. No sé medir estos peligros desconocidos. Creía estar lejos ya de los impulsos vivos. Pero no es así. Cuando mi deseo es muy intenso, ella lo siente con la fuerza con que yo lo imagino. Debo ser cauta. Me apagaré en su sangre. —No sé qué me pasó —dijo Lavinia más tarde. 93

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