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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli Era tan difícil ser coherente, actuar consecuentemente cuando se amaba... "¿No vas a llamarle la atención?" había preguntado a Sebastián, refiriéndose a la necesidad de que el Movimiento cuidara también estas actitudes poco "revolucionarias" de sus miembros. Sebastián había sonreído con tristeza, diciendo: "La revolución la hacen seres humanos, Lavinia, no superhombres. El hombre del futuro es sólo un sueño todavía". Y la mujer también, seguramente, añadió ella para sus adentros. Pobre Lavinia, mirándome, ensimismada en el amor. No ha notado siquiera la floración de los azahares, el aroma que exhalan mis flores blancas. Se ha movido por la casa como esas personas que andan cuando sueñan; distraída y triste. Su tristeza me ha penetrado derramándose por todas las ramas. ¡Contagiosa la nostalgia! Muchas veces pienso en la soledad. Estamos tan solos los seres humanos. En la vida y en la muerte. Aprisionados en nuestras propias confusiones, temerosos de mostrar lo delgado de la piel, lo absorbente y delicado de la sangre. El amor es sólo una imperfecta aproximación a la cercanía. Yo no podía acompañar a Yarince en su desilusión; cada vez que perdíamos una batalla y el aislamiento a que nos sometían se ahondaba; cada vez que dominaban otra más de nuestras ciudades, otra de nuestras tribus. Era terrible volver por las noches a lugares donde antes pipiles o chorotegas nos alimentaban y verlos vestidos con trapos largos como los españoles, disfrazados de blancos, inclinados en actitudes de servidumbre. Pocos se atrevían a responder a nuestros mensajes cifrados —imitación de pocoyas o guises—. En ciertos poblados, ya nadie respondía. Si acaso oíamos tan sólo en la noche, algún lamento indicándonos que no podían ayudarnos, que nada podían hacer. Volvíamos de esas tristezas a sentarnos lejos los unos de los otros, abandonándonos a nuestros pensamientos sombríos. Nada podíamos decirnos. Nada podía consolarnos. Sabíamos para ese entonces que luchábamos sin esperanza. Tarde o temprano, moriríamos, nos derrotarían; pero sabíamos también que, hasta ese día, no teníamos más opción que continuar. Éramos jóvenes. No queríamos morir pero tampoco podíamos aceptar la esclavitud como salvación de la muerte. En los montes, moriríamos como guerreros, los dioses nos acogerían con honores y pompa. En cambio, si en la desesperación de conservar la vida, nos entregábamos, los perros o el fuego darían cuenta de nuestros cuerpos y no podríamos siquiera aspirar a la muerte florida. Para defendernos de la derrota y la desesperación, nos reuníamos alrededor del fuego en las noches a contar sueños. Pero la nostalgia nos enfermaba. Frecuentemente enmudecíamos y en la soledad, cada uno luchaba contra el miedo y la tristeza a su propia manera. No teníamos fuerzas para enfrentar más fantasmas que los imprescindibles. Nos fuimos quedando solos. A mediodía, en el terreno del general Vela, los tractores y bulldozers se desplazaban moviendo y apisonando la tierra. Un polvillo fino color terracota soplaba cubriendo de tonalidades rojizas la ropa de los obreros. La compañía de ingenieros había instalado luminarias toscas y potentes para el trabajo nocturno, requerido por el plazo de entrega de la casa. Lavinia bajó del automóvil y se dirigió al cobertizo donde se encontraba el maestro de obras, con el ingeniero jefe. Notó los ojos de los trabajadores, alzados solapadamente en su dirección. En el cobertizo, había una mesa de madera tosca en el centro, varias sillas y otra mesita donde estaba conectada una cafetera. Dos hombres, uno joven y otro frisando en los cincuenta años, tomaban café. —Buenos días —dijo, y dirigiéndose al mayor, preguntó—. ¿Usted es don Romano? —Sí, soy yo. ¿Qué deseaba? —dijo el hombre en camiseta y pantalones de dril, con un lápiz colocado en la oreja. —Soy Lavinia—dijo, extendiendo la mano para saludarlo—, la arquitecta asistente de 134

La Mujer Habitada Gioconda Belli supervisión del proyecto. —¿Ah sí? —dijo Romano, mirándola curioso. Tenía un rostro bonachón, de mejillas redondas y ojos claros, grandes cejas tupidas donde sobresalían algunas canas. —Sí —dijo Lavinia—, veo que ya están avanzando con el movimiento de tierra... —Esta semana lo terminamos —dijo don Romano—. Le presento al ingeniero asistente, el señor Rizo. —Así que usted y yo nos vamos a estar viendo aquí —dijo Lavinia, para provocar la complicidad del "asistente" del ingeniero. —Así parece ser —dijo el ingeniero asistente, un hombre joven que Lavinia calculó podía tener su misma edad, delgado y tímido. Actuaba con soltura para no delatar sus sentidos alertas al rechazo de los "hombres" de la construcción, tan anunciado por Julián. Pidió a don Romano que le explicara los pasos que seguían para el movimiento de tierra, señalándole la importancia de medir cuidadosamente la altura de los diferentes niveles sobre los que se levantarían las bases de la casa, como una manera de asentar su autoridad y el dominio que ejercía sobre el concepto arquitectónico. Don Romano habló con calma, respondiendo sus preguntas e inquietudes. Notó que la miraba detenidamente, casi con curiosidad, pero no sintió animadversación o rechazo de parte de ninguno de los dos. El ingeniero asistente era callado. Mantenía los ojos fijos en los planos, asintiendo con movimientos de cabeza a la conversación de Lavinia y don Romano. "Qué suerte la mía que me tocó un tímido", pensó ella. Caminaron luego por el sitio de la construcción y, finalmente, Lavinia se despidió. Don Romano la acompañó hasta el vehículo. —¿Regresará mañana? —preguntó. —Sí —dijo Lavinia—, me va a estar viendo todos los días —añadió con una sonrisa. —Yo tuve una hija que quería ser arquitecta, ¿sabe? —dijo don Romano—. Pero en vez de eso, se casó y se murió de parto... En realidad, yo nunca pensé que era correcto que estudiara eso, pero cuando la veo a usted... No supo muy bien qué decir: el viejo la enterneció. Le dio varias palmaditas en el hombro, un "bueno, así es la vida" y partió en su automóvil. La confidencia tan espontánea y sorpresiva de don Romano, la trajo de regreso a la nostalgia. Se pasaba el día distrayéndose para evitar pensar en Felipe, pero cosas como ésta le recordaban que andaba la piel tierna. De regreso a la oficina, encontró sobre su escritorio una escueta nota de Felipe. "Pasa por mi oficina cuando llegues." El corazón le hizo un viaje de ascensor en el cuerpo. Decidió esperar un rato. No le parecía digno salir corriendo a la primera señal. Llamó a Mercedes, pidió un café y preguntó si había recibido llamadas telefónicas en su ausencia. —Mire en su escritorio —dijo Mercedes, pícara, saliendo a traer el café. Regresó casi de inmediato y mientras lo ponía sobre la mesa, tomándose su tiempo para arreglar primorosamente una servilleta, le dijo: —¿Vio la nota que le dejó Felipe? —Sí —dijo, disimulando su malestar por la curiosidad de Mercedes. Era prácticamente imposible ocultarle nada de lo que sucedía en la oficina. Tenía métodos misteriosos para enterarse de todo. En este caso, obviamente y sin ningún misterio, había revisado la superficie del escritorio. —Deberías quitarte esa mala costumbre de andar mirando lo que hay en los escritorios — añadió. —Si es que sólo vine a dejar una correspondencia —dijo Mercedes, haciéndose la inocente— y la vi. No la dejó doblada ni nada. Yo no ando registrando, si es eso lo que quiere decir... Con la mano, Lavinia indicó que no estaba dispuesta a iniciar una discusión con Mercedes. Moviendo las caderas y con aire de ofendida, ésta salió de la oficina. "Pobrecita", pensó sintiéndose mal de haberla tratado con dureza, pero todos tenían la misma queja de Mercedes. Su curiosidad no tenía límites. Ser Celestina o andar ocupándose de la vida amorosa de los demás, era quizás su manera de compensar los infortunios de su romance. Había reiniciado su relación con Manuel. Esta vez, sin embargo, con una aparente y evidente dosis de 135

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