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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli introducir otro tema de conversación. — ¿Y cree que la casa estaría lista en diciembre, con seguridad? —preguntó el general. — Haremos todo lo posible. Yo creo que sí... —dijo. —Queremos dar una fiesta de inauguración que coincida con el fin de año, invitar a todas las amistades... a usted, por supuesto... —Gracias, gracias —dijo Lavinia. —¿Le gusta bailar? —No mucho —dijo Lavinia pensando, "aquí viene". —¡Qué lástima! Pensaba invitarla a una fiestecita que estamos organizando algunos oficiales... usted sabe, algo pequeño, para distraernos. Tenemos mucho trabajo y casi nunca nos divertimos. Me parece que usted también es el tipo de persona que trabaja mucho y se divierte poco, a pesar de ser tan joven. Es muy seria usted... — ¡No, qué va! Son ideas suyas. Constantemente me invitan a fiestas y paseos... —Pero casi no va —dijo el general, con conocimiento de causa. —Sí, sí, claro que voy. Lo que pasa es que no voy a todas. Usted sabe que levantarse en la mañana no es fácil después de un desvelo. Se empezaba a sentir incómoda. Sin entender el rumbo de las preguntas del general, intuía una curiosidad que no sabía si se debía a sus afanes de seductor o algo más peligroso. —¿Y no tiene novio? —Bueno... podría decir que sí, prácticamente. Salgo con otro arquitecto, un compañero del trabajo —¿sabría de Felipe?, pensó Lavinia, sintiéndose cada vez más incómoda. Optó por decir la verdad. Consideró que era menos sospechoso que negarlo. Si la estaba investigando, ya sabría seguramente de su relación con Felipe. —Ah... —dijo el general, con una expresión inocente— así que por eso no podría venir a nuestra fiestecita... ¡qué lástima! Es que les he estado contando a mis amigos lo eficiente que es. Usted me perdone, pero pocas veces se encuentra uno con mujeres que, además de lindas, son inteligentes y capaces... Quería que la conocieran. —Gracias —dijo, tranquilizándose un poco. —¿Pero qué me dice? ¿Puede o no puede? —¿Cuándo es? —El domingo próximo. —Es que tengo un compromiso... un paseo —dijo Lavinia, agradeciendo que fuera cierto. —Pero eso es en el día y esto es en la noche... —Tiene razón, pero vamos a regresar tarde y usted sabe que de esas cosas uno regresa agotado. ¿Por qué no lo dejamos para otra ocasión? —Bueno, si no hay más remedio... ¡en otra ocasión será! —dijo el general con una sonrisa forzada. Obviamente le molestaba no haber conseguido lo que quería. Se puso de pie indicando que daba por terminada la entrevista. —De todas maneras —y perdone mi insistencia— piénselo. Tal vez no esté tan cansada a su regreso... Si se decide, puede llamar aquí a la oficina. Yo daré instrucciones para enviar un vehículo a recogerla. Dígale a su novio que tiene una reunión de trabajo... —Es usted un hombre insistente —dijo Lavinia, haciendo esfuerzos para no soltarle un "déjeme en paz". —Siempre logro lo que me propongo —dijo el general, devolviéndole la sonrisa con expresión lasciva. De nuevo el cadete-capitán, educado y cortés, la esperaba para llevarla a la salida del complejo militar. En silencio, controlando la rabia, la sensación de haber sido manoseada, Lavinia salió de la oficina afirmándose sobre sus zapatos altos. Le pareció notar una expresión de lástima en los ojos de la secretaria. —Le hubieras dicho que no y punto —decía Felipe, caminando a zancadas en la oficina, furioso. —Pues prácticamente eso fue lo que le dije —respondía Lavinia—. Vos sabes que no puedo decirle lo que pienso: ¡me tengo que hacer la estúpida! ¡No veo por qué te pones así! —Es que ya veo por donde viene... ¡y faltan varios meses para terminar esa casa! Debes 132

La Mujer Habitada Gioconda Belli aclararle lo más pronto posible que no estás dispuesta a dejarte seducir. —Felipe, por favor, cálmate. ¿Por qué no pensamos cómo enfrentar esto, sin que te alteres? ¿No te das cuenta que para mí es mucho peor que para vos? No te imaginas cómo me sentí viéndole esos ojos lujuriosos... —¿Te fijás? ¿Te fijás por qué no quería yo involucrarte en esta cuestión? —No puedo creer lo que estás diciendo —dijo Lavinia, perdiendo la calma—, todos y vos el primero, estuvieron de acuerdo en que era importante lo de la casa de Vela. ¡Ahora no me vengas con que no debía haberme involucrado! —¡Invitándote a una "fiestecita"! ¡Son famosas esas "fiestecitas" de los oficiales! ¡Quién se habrá creído este hijo de puta que sos vos! —Una mujer. Para él todas las mujeres son iguales... —y, bajando la voz, añadió— ¿qué crees vos que va a decir Sebastián? ¿Crees que piense que es conveniente que vaya? —No. No vas a ir —lo dijo con una expresión colérica, dominante. —Felipe, vos no sos mi responsable. Mi responsable es él. Cálmate—dijo Lavinia, tratando de razonar—. Acordare cuántas veces me has dicho que el Movimiento es primero y todo lo demás es secundario... Estás reaccionando como marido ofendido. —Y vos estás muy tranquila... ¿No será que tenés ganas de ir?—dijo, acusador. —Me voy —dijo Lavinia, levantándose—, no voy a permitir que te atrevas siquiera a insinuar que quiero ir a esa fiesta. Deberías aprender a controlarte... Salió de la oficina de Felipe, dando un portazo, sin importarle las miradas de los dibujantes, las cabezas levantándose al mismo tiempo en las mesas de dibujo, siguiéndola hasta que cerró la puerta de su cubículo. Pasó casi una semana sin verlo. Se cruzaban en la oficina sin decir palabra, sumidos en el absurdo de su propio silencio. El domingo de la "fiestecita", Lavinia asistió al paseo previsto con Sara y Adrián. Regresó a su casa temiendo encontrarse con mensajes o automóviles esperándola, cortesía del general Vela. Pero no encontró nada más que la normalidad de sus plantas y libros; el silencio del entorno sin Felipe. Lo extrañaba con rabia. No podía comprenderlo o quizás no quería comprender; la "comprensión" era un arma de doble filo. Ante la actitud de Felipe, le era difícil simplemente aplicar sus tesis sobre el "otro" Felipe, eximirlo de responsabilidad en nombre de una herencia ancestral. Él había sostenido su comportamiento a través de varios días, rehuyéndola en la oficina, ausentándose, reprochándole con su silencio, un supuesto deseo de su parte de asistir a la fiesta de Vela. Era ridículo, increíblemente absurdo y denigrante que hubiese pensado por un momento que ella podría tener algún interés personal en ir a la fiesta. "Son celos, no te preocupes. Los celos son irracionales" —había dicho Sebastián. Ella preguntó —temiendo la respuesta afirmativa— si la actitud de Felipe había influido en que se decidiera su no asistencia a la fiesta de Vela. Sebastián explicó que no. Al Movimiento no le interesaba someterla a una prueba tan difícil y desagradable. Pretendían, más bien, que su relación con el general se estableciera de forma totalmente profesional. No se había contemplado en ningún momento estimular los previsibles intentos de seducción del militar, aunque sabían que podían surgir. Por eso le recomendaron mantener una actitud de distancia. Lo de Felipe no tenía nada que ver, le reiteró. Ensimismada, Lavinia abrió las ventanas para ventilar la casa y refrescar el calor de domingo. El silencio y placidez del patio contrastaban con su agitación interna. Lo peor era saber que éste no sería el fin de la relación, tener la íntima certeza de que aceptaría las excusas de Felipe cuando éstas se produjeran. Pensaba que Felipe apostaba a la distancia para obtener, cuando decidiera excusarse, una claudicación más segura. La idea la irritaba, pero la enfurecía aún más constatar que esperaba que fuera esto y no algo más ominoso y oscuro lo que retrasaba sus disculpas. —¿Qué podré hacer? —dijo en voz alta, mirando al naranjo, hablándole como solía hacerlo a menudo. Le pareció escuchar a su tía Inés, ver sus ojos profundos y color de chocolate claro, diciéndole, "Debes aprender a ser buena compañía para vos misma". Recordó su conversación con Mercedes en la oficina; los comentarios hechos a Sara. 133

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