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La mujer habitada

Gioconda Belli (1988)

La

La Mujer Habitada Gioconda Belli "los muchachos". Seguramente ella estaba tan ajena a aquello, en ese entonces, que ni siquiera le oía con suficiente atención. El día que mencionó el nombre de Adrián a Sebastián, a propósito de un comentario sobre la preñez de su amiga Sara, éste le preguntó el apellido y, cuando Lavinia dijo "Linares" Sebastián musitó "¿ah, sí? " para sus adentros. La semana recién pasada, Sebastián la había interrogado sobre lo que Adrián hacía, cómo vivía, qué pensaba. Trató de ser justa en su juicio. Sobre sus inclinaciones políticas, anotó los comentarios positivos que él solía hacer sobre el Movimiento, aun cuando, en la práctica, se mostrase tan apegado a mantenerse al margen, a guardar el statu quo. "Es como Julián, anotó Lavinia, no tiene esperanza." Dijo que, tanto con Sara como con él, evitaba conversar sobre temas que los introdujeran en el campo de la política. Después de todo, ellos eran su vínculo con el mundo social. Habría sido difícil guardar la congruencia entre la personalidad de socialité y la manifestación de su nueva conciencia que afloraría sin duda en el apasionamiento de las discusiones. Adrián se preocupaba por lo que consideraba su "inestabilidad". Su preocupación era comprensible, aceptó Lavinia. La había visto pasar de una aparente rebelión, cuando abandonó la casa paterna, los clubes y demás, al retorno al círculo social de fiestas y compromisos, donde acudían, por lo general, juntos. El cambio no dejaba de intrigarle. No lo convencía. Para su sorpresa, Sebastián le indicó que debía plantearle a Adrián la posibilidad de colaborar con el Movimiento, "sin muchos rodeos". "El sabe de lo que se trata", le dijo, mientras le refería lo de la universidad. No tenía claro qué significaba decírselo "sin muchos rodeos", pensó Lavinia, mientras ordenaba papeles sobre el escritorio. Imaginaba el asombro de Adrián cuando lo abordara ella, la "inestable", y esto le producía un íntimo sentimiento de satisfacción. Sin embargo, le preocupaba la forma en que podría reaccionar. Adrián tenía el extraño poder de hacerla sentir insegura, mal consigo misma. Nunca había podido enfrentar airosa su ironía y cinismo. Temía oírlo burlarse de que el Movimiento reclutara gente como ella; o comentarios sarcásticos en esa línea, tocándole sus inseguridades, la delicada línea quebradiza de esa identidad naciendo en ella, que aún reconocía difusa. A pesar de la aceptación que el Movimiento le brindaba, no dejaba de sentir su clase como un fardo pesado del que hubiera querido liberarse de una vez por todas. Le parecía una culpa sin perdón; una frontera que quizás sólo la muerte heroica podría desvanecer totalmente. En las fiestas y reuniones sociales a las que había asistido, obedientemente, en los últimos meses, encontró más que justificadas razones para la existencia de esa frontera. Era detestable, le encolerizaba, el comportamiento prepotente y paternalista de la sociedad de los adinerados y poderosos, indiferentes a la diaria injusticia que los rodeaba, mientras vivían despreocupadamente sus privilegios. Con frecuencia, ella sentía odiarlos quizás hasta más que sus propios compañeros, precisamente por conocerlos tan íntimamente, por adivinar sus motivaciones cual si estuvieran deletreadas claramente. No se le escapaba nada, y aun en los que pretendían honestidad y preocupación por las circunstancias que los rodeaban, podía leer el dejo de lástima y desprecio por los que no pertenecían a esos círculos del esplendor. Lo terrible era no poder separarse totalmente de eso, de los años en que para ella, las cosas también fueron "naturalmente" así; tener que aceptar la carga de una identidad contaminada. Temía ver emerger, para su espanto, el legado de sus antepasados "ilustres" y encontrarse con actitudes detestables dentro de sí. Envuelta en estos pensamientos que inevitablemente la deprimían, se ocupó todo el día en los oficios de su trabajo y, por la tarde, se encaminó a casa de Adrián y Sara. Atravesó las calles tratando de levantar su ánimo decaído. Recordó para consolarse, la historia de hombres y mujeres salidos también de medios de privilegio, que habían logrado dar exitosamente el salto sin red hacia la dimensión del futuro. Quizás su angustia alrededor de la aceptación se remontaba a su infancia, pensó; no tenía ninguna relación con el Movimiento. Quizás el Movimiento representaba ahora la madre y el padre cuyo amor siempre trató de ganar, cuya aceptación le había sido tan esencial tal vez por estar tan dolorosamente ausente. Sin la tía Inés, toda aceptación le hubiera estado negada, o paradójicamente, quizás el deseo de la tía Inés de asumirla como hija, había fabricado la distancia y el callado resentimiento de sus padres... ¿Quién podría averiguarlo? ¡No había nada que hacer más 138

La Mujer Habitada Gioconda Belli que luchar contra esos fantasmas pasados e inconscientes! Su vida estaba ahora en sus manos. De nada servía encontrar culpables en el pálido tribunal de la tarde disolviéndose en sombras. Las luces del alumbrado público empezaban a encenderse en la calle de Adrián y Sara, animadas por el reloj automático que las prendía en la oscuridad, diríase mágicamente. Aparcó el automóvil en la rampa del garaje, detrás del coche de Adrián y caminó despacio hacia la puerta, insegura aún sobre el enfoque con que debía abordar el tema. Sólo mientras el timbre sonaba hueco en el interior de la casa, se sobresaltó por no haber tomado en cuenta la presencia de Sara. Los encontró cenando. Desde su embarazo, Sara lucía una expresión beatífica, cual si hubiese encontrado en el embrión creciendo en su interior, una milagrosa fuente de paz y sosiego. Su cuerpo adquiría volumen expandiéndose en líneas curvas y suaves. Lavinia no podía evitar, cada vez que la veía, sentir un profundo calor en su vientre, un deseo casi animal de preñez y una ola de ternura. —¿Cómo va esa barriga? —dijo mientras le daba palmaditas en la panza y un beso en la mejilla. —Creciendo... ya ves —dijo Sara, mostrándola con orgullo, tensándose el vestido sobre el abultamiento. En efecto, había crecido notablemente. Eran evidentes ya sus cinco meses de embarazo. Lavinia saludó a Adrián y se sentó a la mesa. Comieron los tres entre espacios de silencio interrumpidos por comentarios sobre la cercanía de diciembre, las navidades, el estado de Sara. Plática trivial entre amigos. A Lavinia le costaba concentrarse, preocupada por encontrar la manera de quedarse sola con Adrián. —Adrián —dijo con súbita inspiración—, necesito, después de cenar, hacerte algunas consultas sobre el proyecto en el que estoy trabajando. —¿La casa del general? —dijo Adrián, con una sonrisa irónica. —La misma. —Con mucho gusto. —¿Tenés pliegos de diseño aquí? —Si lograba llevar a Adrián al estudio, habría resuelto el problema. —Sí, claro. En el estudio. —¿No te molesta, Sara, si trabajamos en el estudio un rato? —No, no se preocupen. Si no les importa, yo me voy acostar. Tengo mucho sueño. Con esta barriga, siempre estoy con sueño —dijo, conteniendo un bostezo. —Se ha vuelto una marmota —dijo Adrián, cariñosamente —lo que debería hacer es buscarse una cueva para invernar como un oso hasta que nazca el niño. Rieron todos jovialmente. Lavinia aliviada por haber encontrado tan fácilmente una solución al "dónde", retornó a su preocupación sobre el "cómo". Momentos después terminaron la cena. Sara indicó a la doméstica que les sirviera el café a Lavinia y Adrián en el estudio y se despidió de ambos con un beso. "Sin rodeos" había dicho Sebastián. La expresión se repetía una y otra vez en su mente. Entraron al estudio. Era una habitación pequeña y acogedora, arreglada con amor por Sara, lógicamente. Los diplomas y títulos de ingeniería de Adrián ocupaban una de las paredes. En la otra había ilustraciones enmarcadas de planos antiguos, utilizados por los españoles durante la colonia para la construcción de sus ciudades. Detrás de la mesa de dibujo de Adrián, un estante con libros y fotografías de la boda. En el centro de la habitación, dos cómodos sofás y una mesita donde la doméstica colocó la bandeja con el café, saliendo después por la puerta. Adrián encendió el aire acondicionado, mientras Lavinia servía modosamente el café en las tacitas de porcelana. —Tenés un buen arreglo con este matrimonio... —dijo Lavinia, en un tono de broma. —Sí, ¿verdad? —dijo Adrián—. No hay nada mejor que ser señor de su casa y tener una buena mujer... —Ya empezás con tus cosas... —Bueno, ya sabes que entre nosotros dos es como una conversación obligada. Como de todas formas, siempre tocamos el tema, nada malo tiene abordarlo de entrada... —sonrió Adrián. —Creo que esta vez no vamos a hablar de eso —dijo Lavinia. —Sí, ya sé. Vamos a hablar de la casa del general Vela... Te prometo no ser sarcástico, aunque 139

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