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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

servirán, pero sí

servirán, pero sí otras, y en número suficiente. Comenzaremos a marchar hoy mismo, y veremos el mundo, y cómo el mundo se pasea y habla, y cómo es realmente. Quiero verlo todo ahora. Y aunque nada de esto me pertenezca, mientras lo miro pasará el tiempo, y se irá depositando en mí, y al fin todo será y o mismo. Mira el mundo allí fuera, Dios mío, Dios mío, míralo allí fuera, fuera de mí, más allá de mi cara. Sólo hay un modo de tocarlo: hacerlo finalmente mío, metérmelo en la sangre, donde latirá diez veces, diez mil veces en un día. Lo tendré siempre conmigo para que nunca se me escape. Lo tendré conmigo algún día. Por ahora lo he rozado con la punta de los dedos. Es un comienzo. El viento murió. Los otros hombres yacían aún, en el borde gris del sueño, no preparados todavía para levantarse e iniciar las obligaciones cotidianas, los fuegos y las comidas, la interminable tarea de adelantar un pie y otro pie, una mano y otra mano. Los hombres yacían agitando las pestañas polvorientas. Uno podía oír cómo respiraban con rapidez, y luego más lentamente, más lentamente… Montag se sentó. No llegó a ponerse de pie sin embargo. Los otros hombres hicieron lo mismo. El sol rozaba el horizonte negro con un dedo levemente rojizo. El aire era frío, y olía a lluvia. En silencio, Granger se incorporó, extendió brazos y piernas, maldiciendo, maldiciendo una y otra vez en voz baja, el rostro bañado en lágrimas. Se arrastró hasta el río y miró aguas arriba. —Arrasada —dijo al fin—. La ciudad parece un poco de levadura. Ha bajado. —Y tiempo después preguntó—: ¿Cuántos sabían lo que iba a ocurrir? ¿Cuántos fueron los sorprendidos? Y en el resto del mundo, pensó Montag, ¿cuántas otras ciudades murieron? ¿Y cuántas aquí en nuestro país? ¿Cien, un millar? Alguien encendió un fósforo y lo acercó a un trozo de papel que sacó del bolsillo, y metió el papel bajo unas hierbas y hojas, y luego añadió unas ramitas que estaban húmedas y chisporroteaban, pero que al fin comenzaron a arder, y el fuego creció en la mañana temprana mientras el sol subía en el cielo, y los hombres, cabizbajos, se volvían lentamente y dejaban de mirar aguas arriba y se acercaban al fuego, sin saber qué decir, y el sol les coloreaba las nucas. Granger desplegó un papel encerado con un poco de tocino. —Comeremos un poco. Después iremos aguas arriba. Allá pueden necesitarnos. Alguien sacó una sartén pequeña y pusieron la sartén y el tocino al fuego. Luego de un rato el tocino comenzó a agitarse y bailar en la sartén, y el chisporroteo llenó con su aroma el aire de la mañana. Los hombres asistían silenciosos al ritual. Granger miró el fuego.

—Fénix. —¿Qué? —Había un tonto y condenado pájaro antes de Cristo llamado Fénix. Cada tantos centenares de años construía una pira y se arrojaba a las llamas. Debió de haber sido primo hermano del hombre. Pero cada vez que se quemaba a sí mismo, surgía intacto de las cenizas, volvía a nacer. Y parece ahora como si estuviésemos haciendo lo mismo, una y otra vez; pero sabemos algo que Fénix nunca supo. Sabemos qué tonterías hemos hecho. Conocemos todas las tonterías que hemos hecho en estos últimos mil años, y mientras no lo olvidemos, mientras lo tengamos ante nosotros, es posible que un día dejemos de preparar la pira funeraria y de saltar a ella. En cada generación seremos unos pocos más para recordar. Granger sacó la sartén del fuego y esperó a que el tocino se enfriara y luego todos comieron, lenta, pensativamente. —Bueno, vamos río arriba —dijo Granger—. Y no olviden esto. Ustedes no son importantes, no son nadie. Algún día nuestra carga puede ser una ayuda. Pero recuerden que cuando teníamos los libros a mano, hace mucho tiempo, no utilizábamos lo que ellos nos daban. Continuamos con nuestros insultos a los muertos. Continuamos escupiendo sobre las tumbas de todos los desgraciados que murieron antes que nosotros. Encontraremos a muchos solitarios la semana próxima, y el mes próximo, y el año próximo. Y cuando esa gente nos pregunte qué hacemos, podemos responder: recordamos. Así triunfaremos en última instancia. Y algún día recordaremos tanto que construiremos la más grande excavadora de la historia y cavaremos la tumba más grande de todos los tiempos y echaremos allí la guerra, y cubriremos la tumba. Vamos. Construiremos ante todo una fábrica de espejos, y durante un año no haremos más que espejos, y nos miraremos largamente. Los hombres terminaron de comer y apagaron el fuego. El día brillaba alrededor como si hubiesen alimentado una lámpara. Los pájaros que habían huido rápidamente volvían ahora a los árboles. Montag echó a caminar, y luego de un rato descubrió que los otros se habían retrasado. Se detuvo, sorprendido, y se apartó para dejar pasar a Granger, pero Granger lo miró y con un movimiento de cabeza le indicó que no se detuviera. Montag siguió adelante. Miró el río y el cielo y los rieles oxidados que retrocedían hacia las granjas, con sus graneros repletos, a donde había ido mucha gente, durante la noche, alejándose de la ciudad. Más tarde, dentro de un mes o seis meses, por lo menos antes de un año, volvería a caminar por aquí, solo, y seguiría caminando hasta unirse a ellos. Pero ahora había que caminar toda la mañana hasta el mediodía, y si los hombres guardaban silencio era porque había que pensar en todo, y muchas cosas que recordar. Quizá más tarde en la mañana, cuando el sol estuviese alto y

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