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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

horas con esos libros, y

horas con esos libros, y quizá… Sonó el teléfono. Mildred tomó rápidamente el auricular. —¡Ann! —exclamó riendo—. ¡Sí! ¡Esta noche los Payasos Blancos! Montag fue a la cocina y dejó caer la mano con el libro. —Montag —dijo—, eres realmente estúpido. ¿Adónde puede llevarnos todo esto? Hemos cerrado los libros, ¿te has olvidado? Abrió el libro y comenzó a leer en voz alta, por sobre la risa de Mildred. Pobre Millie, pensó. Pobre Montag, esos libros son barro para ti también. ¿Pero dónde conseguirás ay uda, dónde encontrarás un maestro a esta altura de las cosas? Espera. Cerró los ojos. Sí, por supuesto. Se encontró pensando otra vez en el parque verde de hacía un año. Lo había recordado a menudo recientemente, pero ahora veía con toda claridad aquel día en el parque y el viejo que escondía algo, rápidamente, en su chaqueta negra. El viejo dio un salto como si fuese a correr y Montag le gritó: —¡Espere! —¡No he hecho nada! —dijo el viejo, temblando. —Nadie dice que hay a hecho algo. Se habían mirado un momento bajo la luz verde y suave, y luego Montag habló del tiempo, y el viejo respondió con una voz pálida. Formaban una pareja rara y tranquila. El viejo confesó que era un profesor de literatura, a quien habían echado a la calle hacía cuarenta años, cuando los últimos centros de humanidades tuvieron que cerrar a causa de los pocos alumnos y la falta de apoy o económico. Se llamaba Faber, y cuando se le pasó el miedo habló con una voz cadenciosa, mirando al cielo y los árboles y el parque verde, y cuando pasó una hora le dijo algo a Montag, y Montag sintió que era un poema sin rimas. Y luego el viejo se animó todavía más, y dijo alguna otra cosa, y eso era un poema también. Faber apoy aba la mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y recitaba en voz baja, y Montag supo que si estiraba la mano, le sacaría un libro de poemas de ese bolsillo. Pero no extendió la mano. Las manos le descansaban en las rodillas, entumecidas e inútiles. —No hablo de cosas, señor —dijo Faber—. Hablo del significado de las cosas. Estoy aquí, y sé que estoy vivo. Y eso había sido todo, realmente. Una hora de monólogo, un poema, un comentario, y luego, como ignorando el hecho de que Montag era un bombero, Faber, con mano temblorosa, escribió una dirección en un trozo de papel. —Para sus archivos, señor —dijo—. Por si usted decide enojarse conmigo. —No estoy enojado —dijo sorprendido Montag. * * *

Mildred chillaba de risa en la sala. Montag fue a su armario en el dormitorio, y miró las fichas de la maletaarchivo hasta que encontró una encabezada: investigaciones futuras. Allí estaba el nombre de Faber. No lo había olvidado, y no lo había borrado. Llamó por un teléfono auxiliar. El teléfono del otro extremo de la línea gritó el nombre de Faber una docena de veces antes de que el profesor contestase con una voz débil. Montag se presentó y hubo un largo silencio. —¿Sí, señor Montag? —Profesor Faber, quiero hacerle una pregunta bastante rara. ¿Cuántos ejemplares de la Biblia quedan en este país? —No sé a qué se refiere. —Quiero saber si hay algún ejemplar. —¡Esto es una trampa! ¡No puedo hablar con cualquiera por teléfono! —¿Cuántos ejemplares de Shakespeare y Platón? —¡Ninguno! Lo sabe tan bien como yo. ¡Ninguno! Faber cortó la comunicación. Montag dejó caer el auricular. Ninguno. Los índices del cuartel de bomberos ya lo decían, por supuesto. Pero por alguna razón había querido oírselo decir a Faber. En la sala de recibo el rostro de Mildred estaba rojo de excitación. —¡Bueno! ¡Vienen las señoras! Montag le mostró un libro. —Éste es el Antiguo y Nuevo Testamento, y… —¡No empieces otra vez! —Quizá sea el último ejemplar en esta parte del mundo. —Tienes que devolverlo esta noche, ¿no es cierto? El capitán Beatty sabe que tienes ese libro, ¿no es cierto? —No creo que sepa qué libro he robado. ¿Pero cómo podré elegir un sustituto? ¿Devolveré al señor Jefferson? ¿O al señor Thoreau? ¿Cuál vale menos? Si elijo un sustituto y Beatty sabe qué libro he robado, ¡pensará que tenemos aquí toda una biblioteca! Mildred torció la boca. —¿Ves lo que estás haciendo? ¡Vas a arruinarnos! ¿Quién es más importante, yo o la Biblia? Mildred chillaba ahora, sentada allí como una muñeca de cera que se derrite con su propio calor. Montag podía oír la voz de Beatty. —Siéntate, Montag. Observa. Delicadamente, como los pétalos de una flor. Quemamos la primera página, luego la segunda, y se transforman en mariposas negras. Hermoso, ¿eh? Quemamos la página tercera con la segunda, y así una tras otra, en una cadena de humo, capítulo por capítulo, todas las tonterías

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