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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

pudo decir si el impulso

pudo decir si el impulso final que lo llevó al crimen había venido de las manos o de la reacción de Beatty. El último trueno del derrumbe pasó con un ruido de piedras junto a sus oídos, sin alcanzarlo. Beatty sonrió mostrando los dientes con la más encantadora de sus sonrisas. —Bueno, un modo de tener un auditorio. Apuntas a un hombre con un arma y lo obligas a escuchar tu discurso. Habla. ¿Qué será esta vez? ¿Por qué no me vomitas un poco de Shakespeare, snob chapucero? « No temo, Cassio, tus amenazas. Me protege de tal modo la honestidad que tus palabras me acarician como un viento ocioso, al que no presto atención» . ¿Qué te parece? Adelante, literato de segunda mano, aprieta el gatillo. Beatty dio un paso adelante. Montag sólo dijo: —Nunca quemamos con razón… —Dame eso, Guy —le dijo Beatty con una sonrisa de hielo. Y, de pronto, Beatty fue un resplandor que chillaba, un maniquí saltarín que caía con los brazos y piernas abiertos, una llama retorcida en el césped mientras Montag le lanzaba continuamente un chorro de fuego líquido. Se sintió un siseo, como el de un salivazo en una estufa al rojo, un burbujeo espumante, como si hubiesen arrojado sal sobre un monstruoso caracol negro, provocando una terrible licuefacción y un hervor de espumas amarillas. Montag cerró los ojos, gritó, gritó, y se llevó las manos a los oídos para no oír. Beatty se sacudió una y otra vez, y al fin se retorció sobre sí mismo, como una calcinada muñeca de cera, y quedó tendido en silencio. Los otros dos bomberos no se habían movido. Montag se sintió enfermo, pero se dominó y apuntó con el lanzallamas. —¡Vuélvanse! Los bomberos se dieron vuelta, con rostros como carne escaldada, sudando a chorros. Montag les golpeó las cabezas y los cascos rodaron por el suelo. Los hombres cayeron y allí se quedaron, inmóviles. El susurro de una única hoja en el otoño. Montag se volvió. El Sabueso Mecánico estaba en mitad del jardín, saliendo de las sombras, moviéndose o deslizándose con tal facilidad que parecía una nube sólida de humo negro y grisáceo que venía hacia él empujada por un viento silencioso. Al fin el Sabueso dio un salto en el aire, hasta un metro por encima de la cabeza de Montag, y cayó sobre él abriendo sus patas de araña y mostrando el fiero y único diente de la aguja de procaína. Montag lo recibió con una flor de fuego, un único y asombroso capullo que se abrió en pétalos amarillos, azules y anaranjados y envolvió al perro metálico en un caparazón nuevo. El Sabueso golpeó a Montag y lo arrojó con su lanzallamas contra el tronco de un árbol. Montag sintió que el animal le buscaba y aferraba la pierna y le clavaba la aguja un momento antes de que el fuego lo hiciese saltar en el aire, quemándole los

huesos metálicos y destrozándole las entrañas en una corola de fuego rojo, como un cohete del espacio que no pudiese dejar la calle. Montag, tendido en el césped, esperó a que aquella cosa viva y muerta jugara en el aire y muriese. Aún ahora parecía querer volverse hacia él y terminar de darle la iny ección que estaba invadiéndole la pierna. Sintió todo el alivio y horror de haber retrocedido justo a tiempo, de modo que el guardabarros del coche —que había pasado a ciento cincuenta kilómetros por hora— sólo le había tocado la rodilla. Tenía miedo de levantarse, miedo de no poder tenerse en pie con una pierna anestesiada. Un entumecimiento dentro de un entumecimiento que se ahondaba en un entumecimiento… ¿Y ahora…? La calle desierta, la casa quemada como una vieja escenografía, las otras casas en la sombra, el Sabueso aquí, Beatty aquí, los tres bomberos en otro lugar, y la Salamandra… Miró la máquina enorme. Eso tenía que desaparecer también. Bueno, pensó, veamos cómo estoy. De pie. Despacio, despacio… así. Estaba de pie sobre una sola pierna. La otra era un quemado madero de pino que arrastraba como una penitencia por algún oscuro pecado. Se apoy ó sobre el madero y una corriente de agujas de plata le subió por la pierna y se le clavó en la rodilla. Montag sollozó. ¡Vamos! ¡Vamos, no puedes quedarte aquí! Unas pocas luces se encendían ahora en las casas de la calle, y a fuese por los incidentes que acababan de ocurrir, o por el silencio anormal que había sucedido a la lucha. Montag lo ignoraba. Caminó tambaleándose entre las ruinas, y tomándose la pierna dolorida cuando ésta se le quedaba atrás, hablando y quejándose y rogándole que trabajara para él. Oy ó a una gente que lloraba y gritaba en la oscuridad. Llegó al patio detrás de la casa y salió al callejón. Beatty, pensó, y a no eres un problema. Tú mismo lo decías, no enfrentes los problemas, quémalos. Bueno, hice las dos cosas. Adiós, capitán. Y se perdió trastabillando en el callejón oscuro. Cada vez que apoy aba la pierna, una carga de pólvora le estallaba dentro, y pensaba: eres un tonto, un condenado tonto, un terrible tonto, un idiota, un terrible idiota, un condenado idiota, y un tonto, un condenado tonto. Mira lo que has hecho, y no sabes dónde está el estropajo. Mira lo que has hecho. Orgullo, maldita sea, y mal humor, y lo ensuciaste todo. Desde un principio vomitaste sobre los demás y sobre ti mismo. Y todo de una vez, una cosa sobre otra. Beatty, las mujeres, Mildred, Clarisse, todo. No hay excusas, no hay excusas. Un tonto, un condenado tonto. Puedes darte por vencido. No, salvaremos lo que se pueda, haremos lo que quede por hacer. Si tenemos que quemar, arrastremos a unos pocos más con nosotros. ¡Ah! Recordó los libros y regresó. Por si acaso.

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