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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

comenzaron a reírse de

comenzaron a reírse de los « tíos» de la sala. —Bien, examinemos ahora nuestras minorías. Cuanto más grande la población, más minorías. No tratemos de entender a los aficionados a los perros, los aficionados a los gatos, los doctores, abogados, comerciantes, jefes, mormones, baptistas, unitarios, descendientes de chinos, suecos, italianos, alemanes, tejanos, neoyorquinos, irlandeses, gente de Oregón o México. La gente de este libro, esta pieza teatral, esta novela de TV, no trata de representar a ningún pintor o cartógrafo o mecánico actual, ni de ninguna parte. ¡Cuanto más grande sea el mercado, Montag, menos discusiones! ¡No lo olvides! » Autores llenos de pensamientos malignos, ¡cerrad vuestras máquinas de escribir! Así lo hicieron. Las revistas se transformaron en una bonita mezcla de vainilla y tapioca. Los libros, así dijeron los críticos condenadamente snobs, eran agua chirle. Es natural que no se vendan libros, dijeron esos hombres. Pero el público sabía lo que quería, y girando alegre y velozmente hizo sobrevivir los libros de historietas. Y las revistas con mujeres tridimensionales, por supuesto. Y no es eso todo, Montag. No comenzó en el gobierno. No hubo órdenes, ni declaraciones, ni censura en un principio, ¡no! La tecnología, la explotación en masa, y la presión de las minorías provocó todo esto, por suerte. Hoy, gracias a ellos, uno puede ser continuamente feliz, se pueden leer historietas, las viejas y buenas confesiones, los periódicos comerciales. —Sí, pero ¿y los bomberos? —Ah. —Beatty se inclinó hacia adelante, envuelto en la débil niebla de su pipa—. ¿Qué más sencillo y natural? Con escuelas que lanzan al mundo más corredores, saltarines, voladores, nadadores en vez de caminadores, críticos, conocedores y creadores imaginativos, la palabra « intelectual» se convirtió en la interjección que merecía ser. Uno siempre teme las cosas insólitas. Recuerdas seguramente a un compañero de escuela excepcionalmente brillante, que recitaba las lecciones y respondía a las preguntas mientras los demás lo miraban con odio, inmóviles como estatuas de plomo. ¿Y no era a este mismo compañero brillante al que golpeaban y torturaban al salir de la escuela? Claro que sí. Todos debemos parecernos. No nacemos libres e iguales, como dice la Constitución, nos hacemos iguales. Todo hombre es la imagen de todos los demás, y todos somos así igualmente felices. No hay montañas sobrecogedoras que puedan empequeñecernos. La conclusión es muy sencilla. Un libro, en manos de un vecino, es un arma cargada. Quémalo. Saca la bala del arma. Abre la mente del hombre. ¿Se sabe acaso quién puede ser el blanco de un hombre leído? ¿Yo? No puedo aceptarlo. Y así, cuando las casas de todo el mundo fueron incombustibles (tu presunción de la otra noche era correcta) no se necesitaron bomberos para cumplir la antigua función. Se les dio otro trabajo, el de custodios de la paz de nuestras mentes, el centro de nuestro comprensible y recto temor a ser inferiores. El bombero se transformó en censor, juez y ejecutor oficial. Eso eres

tú, Montag, y eso soy y o. Mildred abrió la puerta de la sala y miró a los dos hombres, primero a Beatty y luego a Montag. Detrás de ella, unos fuegos de artificio verdes, amarillos y anaranjados llenaban las paredes siseando y estallando en una música de tambores, timbales y címbalos. La boca de Mildred se movía, como diciendo algo, pero el ruido tapaba las palabras. Beatty golpeó la pipa en la palma de su mano rosada y estudió las cenizas como si fuesen un símbolo que había que estudiar y descifrar. —Debes comprender que nuestra civilización, tan vasta, no permite minorías. Pregunta tú mismo. ¿Qué queremos en este país por encima de todo? Ser felices, ¿no es verdad? ¿No lo has oído centenares de veces? Quiero ser feliz, dicen todos. Bueno, ¿no lo son? ¿No los entretenemos, no les proporcionamos diversiones? Para eso vivimos, ¿no es así?, para el placer, para la excitación. Y debes admitir que nuestra cultura ofrece ambas cosas, y en abundancia. —Sí. Montag podía leer, en el movimiento de los labios, lo que decía Mildred desde el umbral. Pero no quería mirarle la boca, pues entonces Beatty volvería la cabeza y leería también aquellas palabras. —¿A la gente de color no le gusta El negrito Sambo? Quémalo. ¿Los blancos se sienten incómodos con La cabaña del tío Tom? Quémalo. ¿Alguien escribió una obra acerca del tabaco y el cáncer pulmonar? ¿Los fumadores están afligidos? Quema la obra. Serenidad, Montag. Paz, Montag. Afuera los conflictos. Mejor aún, al incinerador. ¿Los funerales son tristes y paganos? Elimina los funerales. A los cinco minutos de morir, el hombre ya está de camino a la Gran Caldera: incineradores abastecidos por helicópteros y distribuidos todo a lo largo del país. Diez minutos después de la muerte, el hombre es una motita de polvo oscuro. No aflijamos a los hombres con recuerdos. Que olviden. Quememos, quemémoslo todo. El fuego es brillante y limpio. Los fuegos de artificio murieron en la sala detrás de Mildred. Mildred dejó de hablar casi al mismo tiempo; una milagrosa coincidencia. Montag contuvo la respiración. —Había una muchacha en la casa de al lado —dijo, lentamente—. Se ha ido. Creo que ha muerto. Ni siquiera recuerdo su cara. Pero era diferente. ¿Cómo… cómo pudo ocurrir? Beatty sonrió. —Aquí o allá, ocurre a veces. ¿Clarisse McClellan? Tenemos registrada a la familia. Los hemos vigilado. La herencia y el ambiente son cosas raras. No es posible eliminar en poco tiempo todos los obstáculos. El ambiente hogareño puede destruir en gran parte la obra de la escuela. Por eso la edad de la admisión en el jardín de infantes ha ido disminuy endo año tras año y ahora sacamos a los niños casi de la cuna. Hubo varias falsas alarmas a propósito de los McClellan

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
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