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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—¿No es ésta una

—¿No es ésta una función realmente maravillosa? —gritó Mildred. —¡Maravillosa! En una pared una mujer sonreía y bebía simultáneamente un oscuro zumo de naranja. Cómo puede hacer las dos cosas al mismo tiempo, pensó Montag, insensatamente. En las otras paredes una radiografía de la misma mujer revelaba la palpitante tray ectoria del refresco hacia el deleitado estómago. De pronto, la sala se transformó en un cohete que se elevaba hacia las nubes, y se hundía luego en un mar de barro verde donde unos peces azules devoraban unos peces rojos y amarillos. Un minuto después, tres pay asos blancos se arrancaban unos a otros brazos y piernas acompañados por inmensas mareas de risa. Dos minutos más tarde, y la sala abandonaba la ciudad y reflejaba las enloquecidas carreras de unos automóviles movidos por turbinas. Los autos chocaban y retrocedían y volvían a chocar. Montag vio unos cuerpos que saltaban en el aire. —¡Mildred, has visto eso! —¡Lo vi, lo vi! Montag buscó en la pared de la sala y apretó el interruptor. Las imágenes se apagaron, como si les hubieran arrojado el agua de una gigantesca pecera de peces histéricos. Las tres mujeres se volvieron lentamente. Miraron a Montag con evidente irritación, y casi en seguida con desagrado. —¿Cuándo creen que estallará la guerra? —dijo Montag—. Veo que sus maridos no han venido esta noche. —Oh, vienen y van, vienen y van —dijo la señora Phelps—. El ejército llamó ay er a Pete. Volverá la semana que viene. Así dijo el ejército. Guerra rápida. Sólo cuarenta y ocho horas, dijeron, y todos de vuelta. Eso dijo el ejército. Guerra rápida. Ay er llamaron a Pete, y dijeron que la semana que viene estará de vuelta. Guerra… Las tres mujeres se movieron, inquietas, y miraron nerviosamente las paredes vacías de color de barro. —No estoy muy preocupada —dijo la señora Phelps—. Dejo las preocupaciones a Pete. —Soltó una breve risita—. Dejo que Pete se preocupe. Yo no. Yo no me preocupo. —Sí —dijo Millie—. Dejemos las preocupaciones al viejo Pete. —Dicen que es siempre el marido de otra el que muere. —Yo también lo he oído. Nunca conocí a ningún hombre que muriese en la guerra. Que se hubiera tirado desde el techo de algún edificio, sí, como el marido de Gloria la semana pasada. ¿Pero muerto en la guerra? Ninguno. —No, no en la guerra —dijo la señora Phelps—. De cualquier modo, Pete y y o siempre decimos: nada de lágrimas, nada de esas cosas. Es para los dos el tercer matrimonio, y somos independientes. Seamos independientes, siempre decimos. Si me matan, me dice Pete, sigue adelante y no llores. Cásate otra vez,

y no pienses en mí. —Eso me recuerda algo —dijo Mildred—. ¿Vieron la novela de cinco minutos con Clara Dove la otra noche? Bueno, era de una mujer que… Montag no decía nada. Miraba fijamente los rostros de las dos mujeres, así como había mirado en su infancia las caras de los santos en una iglesia. Las caras de aquellas criaturas esmaltadas nada habían significado para él, aunque les había hablado y se había quedado en la iglesia mucho tiempo, tratando de sentir aquella religión, tratando de averiguar qué religión era, tratando de meterse en los pulmones bastante incienso húmedo y aquel polvo especial del lugar, para incorporarlo así a su cuerpo, y sentirse tocado por aquellos hombres y mujeres de colores y ojos de porcelana y labios rojos como el rubí o la sangre. Pero no pasó nada, nada; fue como haber entrado en una tienda donde no admitían su extraño dinero, y aunque tocó la madera, y el y eso, y la arcilla, nada animó su pasión. Así era ahora, en su propia sala, con esas mujeres que se retorcían en sus asientos, bajo su mirada fija, encendiendo cigarrillos, echando humo, tocándose el pelo del color del sol, y examinándose las uñas brillantes, como si éstas estuviesen ardiendo a causa de la mirada de Montag. Los rostros de las mujeres parecían fascinados por el silencio. Al oír el ruido que hacía Montag al tragar el último trozo de comida, se inclinaron hacia adelante. Escucharon atentamente su respiración febril. Las tres paredes vacías eran ahora como los párpados pálidos de gigantes dormidos, sin sueños. Montag sintió que si tocaba aquellos párpados, un fino sudor salado le humedecería las puntas de los dedos. La transpiración aumentaba con el silencio y el inaudible temblor que crecía cerca y dentro de las tensas mujeres. En cualquier momento exhalarían un largo y chisporroteante siseo, estallando en pedazos. Montag abrió la boca. Las mujeres se sobresaltaron y se quedaron mirándolo, fijamente. —¿Cómo están sus chicos, señora Phelps? —preguntó Montag. —¡Sabe muy bien que no tengo ninguno! ¡Sólo a un loco se le podría ocurrir tener chicos! —dijo la señora Phelps sin saber muy bien por qué se sentía enojada con este hombre. —Yo no diría eso —dijo la señora Bowles—. Yo tuve dos hijos con operación cesárea. No vale la pena pasar por toda esa agonía. El mundo debe reproducirse, ya se sabe, debe seguir su curso. Además, los chicos son a veces iguales a uno, y eso es lindo. Dos cesáreas solucionaron el asunto, sí señor. Oh, dijo mi médico, las cesáreas no son indispensables; usted tiene una buena pelvis, todo es normal, pero y o insistí. —Cesáreas o no, los chicos son una ruina. Tienes poca cabeza —dijo la señora Phelps. —Nueve días de cada diez los chicos están en el colegio. Vienen a casa tres veces al mes; no está mal. Los metes en la sala y aprietas un botón. Es como

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