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7 months ago

el_diario_de_ana_frank

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defectos, pero ciertamente exageran. ¡Si supieras, Kitty, cómo me hacen hervir la sangre esas injurias e insultos! Pero no será por mucho tiempo más. ¡Mi rabia no va a tardar en estallar! Basta ya. Te he fastidiado bastante con mis disputas. Sin embargo, hubo una conversación muy interesante en la mesa, y tengo ganas de contártela. Hablábamos de la modestia extrema de Pim (éste es el apodo de papá). Las personas menos perspicaces suelen advertir tal hecho. De pronto, la señora Van Daan exclama: — Yo también soy modesta, y mucho más que mi marido. ¡Qué descaro! ¡Sólo con decirlo demuestra su falta de modestia! El señor Van Daan, que juzgó necesario aclarar la referencia a su persona, contestó, muy tranquilo: — Yo no me empeño en ser modesto. Sé por experiencia que las personas modestas no van muy lejos en la vida. Y, volviéndose hacia mí: — Nunca seas modesta, Ana. ¡Así no llegarás lejos en la vida! Mamá aprobó este punto de vista. Pero la señora Van Daan tenía, naturalmente, que decir su palabra sobre un tema tan interesante como la educación. Esta vez, se dirigió, no directamente a mí, sino a mis padres: — Ustedes tienen un concepto singular de la vida, al decirle a Ana una cosa semejante. En mi juventud... Pero, ¡ah, qué diferencia! Y estoy segura de que, en nuestros días, esa diferencia existe todavía, salvo en las familias modernas como la de ustedes. Este fue un ataque abierto a la forma en que mamá cría a sus hijas. La señora Van Daan se había puesto roja de emoción; mamá, en cambio, permanecía impasible. La persona que enrojece es arrastrada progresivamente por sus emociones y corre el riesgo de perder más pronto la partida. Mamá, con las mejillas pálidas, quiso zanjar esta cuestión lo más rápidamente posible, y apenas si reflexionó antes de responder: — Señora Van Daan, yo opino, efectivamente, que es preferible ser un poco menos modesto en la vida. Mi marido, Margot y Peter, los tres son demasiado modestos. Su marido, Ana, usted y yo no somos lo que se puede decir modestos, pero no nos dejamos atropellar. Entonces exclamó la señora Van Daan: — Querida señora, no la comprendo. Yo soy verdaderamente la modestia personificada. ¿Qué es lo que hace a usted dudarlo? — Nada en especial — respondió mamá, ¡pero nadie diría que usted brilla

por su modestia! A lo que replicó la señora Van Daan: — ¡Me gustaría saber en qué carezco yo de modestia! Si no me ocupase de mi misma, nadie aquí lo haría, y se me dejaría morir de hambre. Esta absurda observación hizo reír a mamá, lo que irritó más aún a la señora Van Daan que continuó su perorata sazonada de palabras interminables, en un magnífico alemán— holandés y holandés— alemán, hasta que perdida en sus propias palabras, resolvió abandonar la habitación. Al levantarse, se volvió para dejar caer su mirada sobre mí. ¡Era como para verlo! En ese momento yo tuve la desgracia de menear la cabeza, casi inconscientemente, con una expresión de lástima mezclada sin duda de ironía, a tal punto me sentía fascinada por su oleada de palabras. La señora se crispó, se puso a lanzar injurias en alemán, sirviéndose de una jerga sumamente vulgar. ¡Era un lindo espectáculo! Si hubiera sabido dibujar, la habría pintado en esa actitud; a tal punto resultaba cómica, demasiado cómica, la pobre y estúpida mujer. Después de esta escena, de cualquier modo, estoy segura de una cosa: peleándose abiertamente una buena vez es como se aprende a conocerse a fondo. ¡Es entonces cuando en realidad puede juzgarse un carácter! Tuya, ANA Martes 29 de septiembre de 1942 Querida Kitty: ¡Las personas que viven escondidas pasan por experiencias curiosas! Figúrate que no tenemos bañera, y que nos lavamos en una artesa. Y como hay agua caliente en la oficina (quiero decir en todo el piso inferior), los siete aprovechamos esta ventaja por turno. Pero como somos muy diferentes unos de otros — algunos se han mostrado más pudorosos—, cada miembro de la familia se reserva su rincón personal a guisa de cuarto de baño. Peter se da el suyo en la cocina, a pesar de la puerta vidriera. Cuando piensa bañarse anuncia durante media hora que no habrá que pasar por delante de la cocina. Esta medida le parece suficiente. El señor Van Daan se toma el suyo en la alcoba; la seguridad de lavarse en su cuarto le compensa el fastidio de subir el agua al tercer piso. La señora Van Daan simplemente no se baña por el momento, está esperando hallar el lugar más adecuado. Papá ha elegido la oficina privada como cuarto de baño, y mamá la cocina, detrás de la pantalla de la estufa; Margot y yo nos hemos reservado la oficina de delante. Se bajan las cortinas todos los sábados por la tarde; la que aguarda su turno espía, por una estrecha rendija, a la extraña