Views
4 months ago

el-baron-rampante

forma de fez, como

forma de fez, como usaban entonces en sus gabinetes de estudio muchos nobles y burgueses; sólo que él en el estudio a decir verdad no estaba casi nunca, y se le empezó a ver vestido así también fuera, en el campo. Acabó por presentarse también a la mesa al modo turco, y lo más raro fue que nuestro padre, tan escrupuloso con las reglas, aparentó tolerárselo. A pesar de sus funciones de administrador, el caballero abogado casi que nunca conversaba con mayordomos o aparceros o arrendatarios, dada su naturaleza tímida y las dificultades con el habla; y todas las ocupaciones prácticas, el dar órdenes, el estar encima de la gente, recaían siempre en realidad sobre nuestro padre. Enea Silvio Carrega llevaba los libros de cuentas, y no sé si nuestros asuntos iban tan mal por la manera en que él llevaba las cuentas, o si sus cuentas salían tan mal por la manera en que iban nuestros asuntos. Y luego hacía cálculos y dibujos de instalaciones de irrigación, y llenaba de líneas y cifras una gran pizarra, con palabras en escritura turca. De vez en cuando nuestro padre se encerraba con él en el estudio durante horas (eran las más largas permanencias que el caballero abogado realizaba allí), y al poco rato desde la puerta cerrada llegaba la voz airada del barón, los acentos ondeantes de una disputa, pero la voz del caballero casi que no se hacía notar. Después se abría la puerta, el caballero abogado salía con sus pasitos rápidos entre las faldas de la cimarra; el fez tieso en la coronilla, tomaba por una puerta-ventana y se alejaba por el parque y la campiña. «¡Enea Silvio! ¡Enea Silvio!», gritaba nuestro padre corriéndole detrás, pero el hermanastro estaba ya entre las hileras de la viña, o en medio de los limoneros, y se veía sólo el fez rojo avanzar obstinado entre las hojas. Nuestro padre lo perseguía llamándolo; al cabo de poco los veíamos regresar, el barón siempre discutiendo, extendiendo los brazos, y el caballero pequeño cerca de él, encorvado, con los puños apretados en los bolsillos de la cimarra. VIII Por aquellos días, Cósimo desafiaba a menudo a la gente que estaba en tierra, desafíos de puntería, de destreza, quizá para probar sus posibilidades, todo lo que conseguía hacer allá arriba. Desafió a los granujas al tejo. Estaban en aquellos parajes cerca de Porta Cápperi, entre las barracas de los pobres y los vagabundos. Desde un acebo medio seco y desnudo, Cósimo estaba jugando al tejo, cuando vio acercarse un hombre a caballo, alto, un poco encorvado, envuelto en una capa negra. Reconoció a su padre. La granujería se dispersó; desde las entradas de las chozas las mujeres miraban. El barón Arminio cabalgó hasta debajo del árbol. Era un atardecer rojo. Cósimo estaba entre las ramas desnudas. Se miraron a la cara. Era la primera vez, desde la comida de los caracoles, que se encontraban así, cara a cara. Habían pasado muchos días, las cosas habían cambiado, uno y otro sabían que ya no se trataba de caracoles, ni de la obediencia de los hijos o la autoridad de los padres; que todas las cosas lógicas y sensatas que podían decirse estarían fuera de lugar; con todo algo tenían que decir. - ¡Dais un hermoso espectáculo, vos! - comenzó el padre, amargamente -. ¡Y muy digno de un gentilhombre! - (Lo había tratado de vos, como acostumbraba en las reprensiones más graves, pero ahora ese hábito tuvo un sentido de alejamiento, de despego.) - Un gentilhombre, señor padre, lo es tanto estando en el suelo como estando en las copas de los árboles - respondió Cósimo, y enseguida añadió -: Si se comporta rectamente. - Una buena sentencia - admitió gravemente el barón -, aunque, hace poco, estabais robando ciruelas a un arrendatario.

Era verdad. Le había pillado. ¿Qué debía responder? Sonrió, pero sin altanería ni cinismo: con una sonrisa de timidez, y enrojeció. También el padre sonrió, con una sonrisa triste, y quién sabe por qué también él enrojeció. - Ahora os juntáis con los peores bastardos y pordioseros - dijo luego. - No, señor padre, yo estoy por mi cuenta, y cada uno por la suya - dijo Cósimo, firme. - Os invito a bajar al suelo - dijo el barón, con voz calmosa, casi apagada - y a recobrar los deberes de vuestro estado. - No pienso obedeceros, señor padre - dijo Cósimo -, y me duele. Estaban incómodos los dos, hastiados. Cada uno sabía lo que el otro iba a decir. - Pero ¿y vuestros estudios? ¿Y vuestras devociones de cristiano? - dijo el padre -. ¿Pensáis crecer como un salvaje de las Américas? Cósimo calló. Eran pensamientos que todavía no se había planteado y no tenía ganas de plantearse. Luego dijo: - ¿Por estar unos metros más arriba creéis que no me llegarán buenas enseñanzas? También ésta era una respuesta hábil, pero era ya como una disminución del alcance de su gesto: signo de debilidad, pues. Lo advirtió el padre y se volvió más apremiante: - La rebelión no se mide por metros - dijo -.Incluso cuando parece de pocos palmos, un viaje puede quedar sin retorno. Ahora mi hermano habría podido dar otra respuesta noble, tal vez una máxima latina, que ahora no me viene ninguna a la cabeza, pero entonces sabíamos muchas de memoria. En cambio se había aburrido de estar allí con aquel aire solemne; sacó la lengua y gritó: - ¡Pero yo desde los árboles meo más lejos! - frase sin mucho sentido, pero que cortaba de golpe la discusión. Como si hubiesen oído aquella frase, se alzó un griterío de granujas en torno a Porta Cápperi. El caballo del barón de Rondó dio un salto, el barón apretó las riendas y se envolvió en la capa, como para irse. Pero se volvió, sacó un brazo de la capa y señalando al cielo que se había cargado rápidamente de nubes negras, exclamó: - ¡Cuidado, hijo, hay Quien puede mear sobre todos nosotros! - y se alejó. La lluvia, esperada desde hacía tiempo en el campo, empezó a caer con gruesas gotas. Entre las chozas se desparramó una estampida de granujas encapuchados con sacos, que cantaban: «Ciêuve! Ciêuve! L'aiga va pe êuve!» Cósimo desapareció agarrándose a las hojas ya chorreantes que al tocarlas le derramaban gotas de agua en la cabeza. En cuanto me di cuenta de que llovía sentí pena por él. Me lo imaginaba empapado, mientras se apretaba contra un tronco sin conseguir evitar el aguacero oblicuo. Y ya sabía que no bastaría un temporal para hacerlo regresar. Corrí hacia nuestra madre: - ¡Llueve! ¿Qué hará Cósimo, señora madre? La generala apartó el visillo y miró llover. Estaba tranquila. - El peor inconveniente de las lluvias es el terreno fangoso. Estando allá arriba permanece inmune a eso. - ¿Pero bastarán los árboles para guarecerlo? - Se retirará a sus acampamientos. - ¿A cuáles, señora madre? - Habrá pensado en prepararlos con tiempo. - ¿Y no creéis que haría bien en buscarlo para darle un paraguas? Como si la palabra «paraguas» de repente la hubiese arrancado de su puesto de observación de campo y devuelto a las plenas preocupaciones maternas, la generala empezó a decir:

Ficción
C A T A R R O D E P E C H O
Dragón 40 _2001-12_.pdf - Archivos Forteanos Latinoamericano.
Rosario viaja con perros - Ebel Barat
Eliot, T. S. (Fernando Vargas, traductor) - Poesia completa T. S. Eliot
813.54-S642d-Despertar_cronicas_vampiricas_I
El duende quiso madrugar. nº 5
el-cuaderno-dorado_dorislessing
El-cielo-es-azul-la-tierra-blanca-Hiromi-Kawakami-copia
cincuenta-sombras-liberadas-libro-3