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el-baron-rampante

Desde

Desde el árbol, se quedaba quieto durante horas mirando sus trabajos y les hacía preguntas sobre los abonos y las sementeras, lo que cuando caminaba por la tierra nunca se le había ocurrido hacer, contenido por una vergüenza que le impedía dirigir la palabra a aldeanos y criados. A veces, indicaba si el surco que estaban cavando era derecho o torcido, o si en el campo del vecino ya estaban maduros los tomates; a veces se ofrecía para hacerles pequeños recados, como ir a decirle a la mujer de un segador que le diese una piedra de afilar, o avisar que desviaran el agua en un huerto. Y cuando tenía que ir con tales encargos de confianza para los campesinos, entonces, si en un campo de trigo veía posarse una bandada de gorriones, hacía ruido y agitaba el gorro para que escaparan. En sus andanzas solitarias por los bosques, los encuentros humanos eran, aunque no tan frecuentes, tales que quedaban impresos en el ánimo, encuentros con gente que entre nosotros no se ve. En aquellos tiempos toda una pobre gente vagabunda acampaba en los bosques: carboneros, caldereros, vidrieros, familias empujadas por el hambre lejos de sus campos, a buscarse el pan con inestables oficios. Instalaban sus talleres al aire libre y levantaban chocitas de ramas para dormir. Al principio, el jovencito recubierto de pieles que pasaba por los árboles les daba miedo, especialmente a las mujeres que lo tomaban por un duende; pero después entablaba amistad, se pasaba horas viéndolos trabajar, y por la noche, cuando se sentaban en torno al fuego, se ponía sobre una rama próxima, para oír las historias que contaban. Los carboneros, en la explanada de tierra cenicienta, eran los más numerosos. Gritaban «¡Hura! ¡Hota!», porque eran bergamascos y no se les entendía en su habla. Eran los más fuertes y cerrados y unidos entre sí: una corporación que se propaga por todos los bosques, con parentescos y relaciones y disputas. Cósimo, a veces, hacía de intermediario entre un grupo y otro, daba noticias, le encargaban recados. - Me han dicho los de abajo del Roble Rojo que os diga que Hanfa la Hapa Hota 'l Hoc. - Respóndeles que Hegn Hobet Hó de Hot. Él conservaba en la cabeza los misteriosos sonidos aspirados, y trataba de repetirlos, como trataba de repetir los trinos de los pájaros que lo despertaban por la mañana. Aunque ya se había difundido la noticia de que un hijo del barón de Rondó desde hacía meses no bajaba de los árboles, nuestro padre todavía trataba de mantener el secreto con la gente que venía de fuera. Vinieron a vernos los condes de Estomac, que se dirigían a Francia, donde tenían, en la bahía de Tolón, unas posesiones, y que durante el viaje quisieron detenerse entre nosotros. No sé qué intereses había por medio: para reivindicar ciertos bienes, o confirmar una curia a un hijo obispo, tenían necesidad del asentimiento del barón de Rondó; y nuestro padre, como os podéis figurar, sobre esa alianza construía un castillo de proyectos para sus pretensiones dinásticas sobre Ombrosa. Hubo una comida, como para morirse de fastidio con la cantidad de adulaciones que se hicieron, y los huéspedes traían consigo un hijo petimetre, un miserable empelucado. El barón presenta a sus hijos, o sea a mí, y luego: «Pobrecita - dice -, mi hija Battista vive tan retirada, y es tan piadosa, que no sé si la podréis ver.» Y he aquí que se presenta aquella idiota, con la toca de monja, pero toda adornada con cintas y galas, con polvos en la cara y mitones. Había que comprenderla, desde lo del marquesito De la Mela no había vuelto a ver a un joven, salvo a sirvientes o villanos. El condesito de Estomac, venga reverencias: ella, risitas histéricas. El barón, que con respecto a su hija ya había hecho cruz y raya, empezó a rumiar nuevos posibles proyectos. Pero el conde aparentaba indiferencia. Preguntó: - Pero ¿no teníais otro hijo, un varón, monsieur Arminio? - Sí, el mayor - dijo nuestro padre -, pero, casualmente, está de caza. No había mentido, porque por esa época Cósimo estaba siempre en el bosque con el fusil, acechando liebres y tordos. El fusil se lo había proporcionado yo, aquél, ligero, que

usaba Battista contra los ratones, y que hacía un tiempo que ella - descuidando sus cacerías - había abandonado colgado de un clavo. El conde preguntó por la caza de los alrededores. El barón respondía con generalidades, porque, privado como estaba de paciencia y de atención por el mundo circundante, no sabía cazar. Intervine yo, aunque tenía prohibido entrometerme en las conversaciones de los mayores. - ¿Y tú que sabes, tan pequeño? - terció el conde. - Voy a buscar los animales derribados por mi hermano, y se los llevo a los... - estaba diciendo, pero nuestro padre me interrumpió: - ¿Quién te ha invitado a conversar? ¡Vete a jugar! Estábamos en el jardín, era tarde y aún había claridad, siendo verano. Y de pronto por los plátanos y olmos, tranquilamente se acercaba Cósimo, con el gorro de piel de gato en la cabeza, el fusil en bandolera, un asador en bandolera por el otro lado, y las polainas enfundadas. - ¡Eh, eh! - dijo el conde levantándose y moviendo la cabeza para ver mejor, divertido -. ¿Quién hay allí? ¿Quién hay allí arriba, sobre los árboles? - ¿Qué pasa? No tengo ni idea... Le habrá parecido... - decía nuestro padre, y no miraba en la dirección indicada, sino a los ojos del conde, como para asegurarse de que veía bien. Cósimo mientras tanto había llegado justamente sobre sus cabezas, inmóvil, de pie sobre una horqueta. - Ah, es mi hijo, sí, Cósimo, son niños, para darnos una sorpresa, ve, ha trepado hasta allá arriba... - ¿Es el mayor? - Sí, sí, de los dos varones es el mayor, pero se llevan poco, sabe, son todavía dos niños, juegan... - Pues se le da bien el andar así por las ramas. ¡Y con ese arsenal encima...! - Eh, juegan... - y con un terrible esfuerzo de mala fe que lo hizo ponerse colorado -: ¿Qué haces ahí? ¿Eh? ¿Quieres bajar? ¡Ven a saludar al señor conde! Cósimo se quitó el gorro de piel de gato, hizo una reverencia. - Mis respetos, señor conde. - ¡Ja, ja, ja! - reía el conde -, ¡estupendo, estupendo! ¡Déjele quedarse arriba, déjele quedarse arriba, monsieur Arminio! ¡Muy bien el jovencito que va por los árboles! - Y se reía. Y aquel estúpido del condesito: - C'est original, ça. C'est tres original! - no sabía repetir más que eso. Cósimo se sentó allí en la horqueta. Nuestro padre cambió de tema, y hablaba y hablaba, tratando de distraer al conde. Pero el conde, de vez en cuando, alzaba los ojos y mi hermano estaba todavía allá arriba, sobre aquel árbol o sobre otro, limpiando el fusil, o untando con grasa las polainas, o poniéndose una pesada franela porque se acercaba la noche. - ¡Ah, pero mira! ¡Lo sabe hacer todo, allá arriba, el jovencito! ¡Ah, cómo me gusta! ¡Ah, lo contaré en la corte, en cuanto vaya! ¡Se lo contaré a mi hijo el obispo! ¡Se lo contaré a mi tía la princesa! Mi padre estallaba. Además, tenía otra preocupación: ya no veía a su hija, y había desaparecido también el condesito. Cósimo, que se había alejado en una de sus exploraciones, regresó jadeando. - ¡Le ha hecho entrar el hipo! ¡Le ha hecho entrar el hipo! El conde se inquietó. - Oh, qué desagradable. Mi hijo sufre mucho por el hipo. Ve, buen chico, ve a ver si se le pasa. Diles que vuelvan. Cósimo se alejó, y después volvió, jadeando más aun que antes:

Ficción
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publicación - Gobierno de Guanajuato