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el-baron-rampante

ellos.

ellos. Cósimo no lo lamentó: se había dado cuenta de que sólo se estaba convirtiendo en una enojosa complicación para su vida. Estaba claro que en el campo de la hidráulica nuestro tío natural habría podido hacer mucho más. La pasión la tenía, el particular ingenio necesario para esa clase de estudios no le faltaba; pero no sabía realizar: se perdía, se perdía, hasta que todo propósito terminaba en nada, como agua mal encauzada que después de haber avanzado un poco, fuese chupada por un terreno poroso. La razón quizá era ésta: que mientras que a la apicultura podía dedicarse por su cuenta, casi en secreto, sin tener que vérselas con nadie, descolgándose de vez en cuando con un regalo de miel y cera que nadie le había pedido, estas obras de canalización las debía hacer, en cambio, teniendo en cuenta intereses de éste y de aquél, soportando las opiniones y órdenes del barón o de cualquier otro que le encargase el trabajo. Tímido e irresoluto como era, no se oponía nunca a la voluntad ajena, pero pronto se desenamoraba del trabajo y lo abandonaba. Se le podía ver a todas horas, en medio de un campo, con hombres armados de palas y azadas, con un metro de caña y la hoja enrollada de un mapa, dando órdenes para excavar un canal y midiendo el terreno con sus pasos, que por ser cortísimos tenía que alargar de manera exagerada. Ordenaba empezar a cavar en un sitio, luego en otro, luego interrumpía, y volvía a tomar medidas. Llegaba la noche y por tanto se suspendía. Era difícil que a la mañana siguiente decidiese reanudar el trabajo en aquel lugar. No se dejaba ver durante una semana. De aspiraciones, impulsos, deseos era de lo que estaba formada su pasión por la hidráulica. Era un recuerdo que llevaba en el corazón, las bellísimas y bien regadas tierras del sultán, huertos y jardines en los que debía de haber sido feliz, la única época en verdad feliz de su vida; e iba continuamente comparando los campos de Ombrosa con aquellos jardines de Berbería o Turquía, y tendía a corregirlos, a tratar de identificarlos con su recuerdo, y al ser su arte la hidráulica, en él concentraba este deseo de cambio, y continuamente topaba con una realidad distinta, por lo que quedaba desilusionado. Practicaba también la radiestesia, a escondidas, porque aún estábamos en tiempos en que aquellas extrañas artes podían atraer la fama de brujería. Una vez Cósimo lo descubrió en un prado cuando hacía piruetas sosteniendo una vara bifurcada. Debía de ser también aquello un intento de repetir algo visto hacer a otros y de lo que él no tenía ninguna experiencia, porque nada salió. A Cósimo, el comprender el carácter de Enea Silvio Carrega le sirvió para esto: entendió muchas cosas sobre el estar solos que después en la vida le fueron útiles. Diría que llevó siempre consigo la imagen insólita del caballero abogado, como advertencia de aquello en que puede convertirse el hombre que separa su suerte de la de los demás, y consiguió no parecérsele nunca. XII A veces, por la noche, a Cósimo le despertaban gritos como: «¡Socorro! ¡Los bandidos! ¡Perseguidlos!» Por los árboles, se dirigía rápido al lugar de donde aquellos gritos procedían. Era quizá un caserío de pequeños propietarios, y una familia medio desnuda estaba allí fuera con las manos a la cabeza. - ¡Ay de nosotros! ¡Ay de nosotros! ¡Ha venido Gian dei Brughi y se nos ha llevado todo el producto de la cosecha! Se agolpaba la gente. - ¿Gian dei Brughi? ¿Era él? ¿Lo habéis visto? - ¡Era él! ¡Era él! Llevaba una máscara en la cara, una pistola así de larga, y le seguían otros dos enmascarados, y él los mandaba. ¡Era Gian dei Brughi!

- ¿Y dónde está? ¿Adónde ha ido? - Ah, sí, ¡a ver si lo agarras a Gian dei Brughi! ¡Quién sabe dónde está a estas horas! O bien quien gritaba era un viandante dejado en medio del camino, despojado de todo, caballo, bolsa, capa y equipaje. - ¡Socorro! ¡Al ladrón! ¡Gian dei Brughi! - ¿Cómo ha sido? ¡Decidnos! - Saltó desde allí, negro, barbudo, apuntando con el trabuco, ¡por poco me mata! - ¡Rápido! ¡Persigámosle! ¿Por dónde ha escapado? - ¡Por aquí! ¡No, quizá por allí! ¡Corría como el viento! A Cósimo se le había metido en la cabeza ver a Gian dei Brughi. Recorría el bosque a todo lo largo y lo ancho detrás de las liebres o los pájaros, azuzando al pachón: «¡Busca, busca, Optimo Máximo!» Pero lo que le habría gustado sacar de su cubil era al bandido en persona, y no para hacerle o decirle nada, sólo para ver cara a cara a una persona tan afamada. En cambio, nunca había conseguido hallarlo, ni siquiera dando vueltas toda una noche. «Será que esta noche no ha salido», se decía Cósimo; pero por la mañana, aquí o allá en el valle, había un corrillo de gente en el umbral de una casa o en un recodo del camino, comentando el nuevo robo. Cósimo acudía, y aguzando mucho los oídos escuchaba aquellas historias. - Pero tú que estás siempre sobre los árboles del bosque - le dijo una vez alguien -, ¿nunca lo has visto, a Gian dei Brughi? Cósimo se avergonzó mucho. - Pues... me parece que no... - ¿Y cómo quieres que lo haya visto - intervino otro -, Gian dei Brughi tiene escondites que nadie puede encontrar, y va por caminos que nadie conoce. - ¡Con la recompensa que ofrecen por su cabeza, quien lo atrape podrá vivir bien toda su vida! - ¡Ya! Pero los que saben dónde está, tienen cuentas pendientes con la justicia casi tanto como él, y si se deciden terminan en la horca también ellos. - ¡Gian dei Brughi! ¡Gian dei Brughi! Pero ¿será siempre él quien comete estos delitos? - Da igual, tiene tantas acusaciones que aunque consiguiera disculparse de diez robos, mientras tanto ya le habrían colgado por el undécimo. - ¡Ha sido bandido en todos los bosques de la costa! - ¡Mató incluso a un jefe de banda en su juventud! - ¡Ha hecho de bandido también entre los bandidos! - ¡Por eso ha venido a refugiarse a nuestras tierras! - ¡Es que somos demasiado buenos! Cósimo cada nueva noticia la iba a comentar con los caldereros. Entre la gente acampada en el bosque, había en aquellos tiempos toda una ralea de fulleros ambulantes: caldereros, silleros, traperos, gente que evita las casas, y que por la mañana estudia el hurto que hará por la noche. En el bosque, más que el taller tenían su refugio secreto, el escondrijo de lo que hurtaban. - ¿Sabéis? ¡Esta noche Gian dei Brughi ha asaltado una carroza! - ¿Ah sí? Puede ser... - ¡Ha conseguido detener los caballos al galope cogiéndolos por la brida! - Pues, o no era él o en lugar de caballos eran grillos... - ¿Qué decís? ¿No creéis que fuera Gian dei Brughi? - Sí, sí, ¿qué ideas le vas a meter en la cabeza a ése? ¡Claro que era Gian dei Brughi! - ¿Y de qué no es capaz Gian dei Brughi? - ¡Ja, ja, ja! Al oír hablar de Gian dei Brughi de este modo, Cósimo no salía de su asombro, se desplazaba por el bosque e iba a escuchar en otro campamento de vagabundos.

Ficción
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C A T A R R O D E P E C H O