La ultima morada. Zona Prohibida.

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¡La búsqueda ha terminado! Un grupo de viajeros extraterrestres ha arribado a la Tierra con intenciones desconocidas. Maravillados por la hermosura del planeta deciden descender a investigar; mientras, en el bosque Amazónico, el comandante de operaciones John Waterstone lidera un proyecto secreto del gobierno de los Estados Unidos, pero todo sale mal para las dos partes involucradas... Por otra parte, Miguel ha confirmado el diagnostico de su enfermedad, sin saber que pronto cambiará todo en su vida. ¿Qué les depara el destino a estos seres? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Quienes son y de donde provienen? ¿Cómo y por qué cambiará la vida de Miguel?

- Una niña, no sé de donde salió, pero debe tener hambre. Sólo trae unas frutas secas

consigo y al parecer, nada de agua.

- No me vengas con cosas… ¿Me vas a decir que no la subiste al camión en mitad de la

carretera?

- ¡No, no! Te equivocas. Sólo me detuve a descansar dos noches, en unos moteles de mala

muerte, pero no subí a nadie al camión.

- Te creeré, te creeré – dijo, con tono pícaro, Alberto. Invitémosla a comer, pero después

debe irse, este es territorio privado y lo sabes.

- Sí, sí, lo sé. Démosle almuerzo y algo para que coma en el viaje – finalizó Roberto, que vio

de reojo como se acercaba sigilosamente la joven a la caseta.

Cuando la viajera se encontró en el portal de la habitación, fue recibida por el camionero con un

vaso con agua fresca, tomándolo con cierta desconfianza en un comienzo y, probando una de las

gotas en el exterior del recipiente, lo bebió hasta el fondo, devolviendo el vaso al hombre, con

expresión de querer beber más. El conductor le devolvió los frutos que le había quitado y se fue

hacia la cocina, seguido por la ella, abriendo la llave para llenar nuevamente el vaso hasta el tope;

mientras Alberto ordenaba la mesa para sentar a los comensales. Roberto no le pasó el vaso

directamente, llevándolo al comedor como un malabarista para no derramar el líquido, lo dejó al

lado de unos cubiertos colocados en el puesto frente a él, sentándose en una banca.

La chica se sentó frente a su interlocutor, que también tenía cubiertos en su lado de la mesa, y

bebió –con más calma– el vaso lleno de refrescante líquido. Roberto le hablaba a la muchacha,

preguntándole varias cosas, pero al ver que parecía no comprender lo que le decía, se quedó

callado. Llegó Alberto con un plato de comida caliente, dejándolo en frente de la niña, y se

devolvió a la cocina a buscar el plato de su compañero.

- ¡Oye, Alberto! Parece que la niña no es de por aquí… O quizás es media sorda o tímida. No

respondió a ninguna de las preguntas que le hice.

- ¿Y que querías, si hablas como bestia? ¡Háblale más lento! Además, con esa linda carita,

debe ser extranjera.

- Si, puede ser que esta vez tengas razón. ¡Esta vez! – respondió Roberto, burlándose.

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