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La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

enfermedades

enfermedades intestinales. Investigadores de todo el mundo intentaron reproducir sus hallazgos sin conseguirlo en ningún caso. De hecho, encontraban justo lo opuesto, por lo que fue objeto de gran controversia —uno de los principios del método científico es que si se repiten los experimentos en las mismas condiciones, se hallarán los mismos resultados—. En 2004, un periodista de The Times, Brian Deer, reveló que Wakefield estaba desarrollando una vacuna alternativa y que, por tanto, tenía motivos para desprestigiar la vigente. La mayoría de los cofirmantes del estudio médico retiraron su firma y el Consejo General Médico del Reino Unido le abrió un expediente en el que le acusó de someter a los niños a técnicas invasivas no necesarias (como colonoscopias y punciones lumbares). El estudio, muy restringido por su naturaleza técnica, saltó a la fama cuando el actor Jim Carrey y la modelo Jenny McCarthy lo citaron en 2007 al afirmar que su hijo sufría autismo por culpa de la triple vírica, para concluir que, al año siguiente, el niño se había curado, algo imposible con los conocimientos actuales. La repercusión atrajo a muchos padres a posicionarse en contra de las vacunas, con dramáticas consecuencias. En 2010, un tribunal médico dio por probadas treinta y dos acusaciones contra Wakefield, cuatro de ellas por fraude, y le expulsó de la carrera, de forma que no puede ejercer. Lancet retiró el informe de sus fondos y dedicó un editorial a explicar sus razones. Pero el daño ya estaba hecho y Wakefield ha continuado con su labor de proselitismo, a pesar de que no hay ni una entidad con credibilidad en todo el mundo que apoye sus tesis. Rechazar las vacunas es un riesgo tan grave y tan peligroso para la población que la propia Organización Mundial de la Salud tiene una página destinada a desmentir los bulos y leyendas urbanas que esparcen desde las asociaciones, como hemos visto, sin ningún argumento sólido. A pesar de los contundentes y probados argumentos y la desautorización completa del estudio que relacionaba las vacunas con el autismo, los creyentes siguen refiriéndose al mismo como si tuviera algún valor. Sus argumentos, ante la falta de otros con más peso, acaban cayendo en el rango de los conspiranoicos que veremos más adelante. La presencia de los antivacunas en Internet no es muy patente para el público en general. Los seres humanos somos gregarios y tendemos a asociarnos con aquellos que tienen ideas similares a las nuestras. Basta pasearse por los foros y las páginas de sus asociaciones para encontrar un mundo alternativo en el que las tesis más peregrinas tienen cabida, siempre y cuando coincidan con su postura contraria a las vacunas. Como la ciencia tiene su camino inexorable, en ocasiones los estudios demuestran que algo no es tan efectivo como se pensaba o que debe ser retirado, como ocurrió en 2010 con las vacunas Rotateq y Rotarix, que fueron sacadas del mercado por una supuesta contaminación de virus porcino en ciertas muestras. Eso les da munición para la cruzada genérica. En su propio gueto virtual se retroalimentan y llegan a pensar que son una mayoría los que comparten su postura y los demás son, www.lectulandia.com - Página 180

tan solo, desinformados. De hecho, tras la muerte del niño de Olot se entablaron auténticas batallas dialécticas entre partidarios y detractores. En general, aquellos que se apartan de los estudios científicos se comportan de manera parecida a fanáticos religiosos, donde sus afirmaciones son sagradas y quien las pone en duda debe ser blanco de sus ataques. Las conversaciones en Internet carecen de dos elementos contemporizadores clave, el contacto personal y el lenguaje corporal, lo que conduce a que las discusiones escalen con rapidez a peleas e insultos y la búsqueda, en una cita libre de Miguel de Unamuno, de vencer más que convencer. Hay otras personas que se mueven en Internet de una manera mucho más oculta, mucho más sosegada, que no salen de sus guetos para imponer sus ideas, porque son conscientes de que van a ser repudiados, de que casi nadie les apoya. Son aquellos seducidos por los contenidos nocivos que, sin ser ilegales, amenazan la vida. El mundo de Ana y Mía es tan rico como aislado y aterrador y no existiría de no haber un medio de ponerse en contacto entre sí como es Internet. Bajo esos dos nombres no se esconde ninguna persona, sino que es parte de la jerga de los chicos con trastornos alimentarios. Ana es la anorexia y Mía, la bulimia. Ellos, entre sí, se definen como princesas y príncipes. De una manera muy simplificada, la primera consiste en no comer en absoluto al recibir una imagen distorsionada del propio cuerpo, que siempre ven obeso, aunque estén en los huesos. La segunda lleva al afectado a darse atracones en muy cortos periodos de tiempo, engullendo más de lo que su cuerpo puede admitir, para a continuación entrar en fase de arrepentimiento y vomitar todo o usar laxantes para expulsarlo pronto. Son enfermedades muy graves, que pueden llevar a la muerte y que son peores en un grupo en el que se apoyen mutuamente. Fuera de sus círculos se sienten repudiados y hasta perseguidos. Ni sus familiares ni sus amigos reales les comprenden porque les hacen ver que su aspecto no es sano. En sus sociedades virtuales se dan apoyo y comprensión. Hablan de su enfermedad como un estilo de vida, no como de algo que necesite atención médica. Quienes participan en ellos son a menudo adolescentes sin conocimientos cualificados de medicina y, además, proclives a creer lo que les interesa y despreciar lo que les contradice. Comparten algunas técnicas aceptadas como efectivas. Entre ellas, consumir tabaco o cocaína para controlar el apetito, no comer nada sólido después de las siete de la tarde o distraer el apetito limpiando sitios desagradables, como el inodoro, en especial si está muy sucio o recién utilizado. Ofrecen consejos para pasar desapercibidos a la hora de no ingerir casi nada en las comidas. Es muy popular esconder los alimentos en la servilleta para arrojarla luego a la basura con discreción y, por supuesto, que el perro se aproveche de los restos debajo de la mesa. Otras ideas más descabelladas no consiguen calar entre ellos, como la de beber un tapón de lavavajillas porque «disuelve la grasa». Aun así, siempre hay alguien que la lleva a cabo y acaba en el hospital o en el cementerio. Sirva como ejemplo, un día de dieta sacada del blog Una princesa suicida (las cursivas las ha marcado el autor de este libro): www.lectulandia.com - Página 181

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