Views
6 months ago

La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

de las más famosas

de las más famosas quizá sea la que documentó el historiador romano Salustio en su obra llamada, precisamente, La conspiración de Catilina (De Catilinae coniuratione), del siglo I a. C. Su protagonista, Lucio Sergio Catilina, del ala popular —defensora de los humildes, a la que también pertenecía Julio César—, había intentado repetidas veces ser elegido cónsul —máxima autoridad de la República, cuyo mandato duraba un año— y había fracasado. Cuando se quedó sin opciones, derivó hacia el populismo radical y buscó un medio de ser nombrado dictador. Para ello, a espaldas del Senado, consiguió el apoyo de un buen número de miembros de la baja nobleza y hasta comenzó a reclutar un ejército en secreto. Cicerón, el famoso orador, era el cónsul aquel año 63 a. C., y también era objetivo de los conspiradores. El 7 de noviembre mandaron asesinarlo. Por suerte para él, un senador se enteró de los planes y el político escapó antes de que los sicarios lo encontraran. Al día siguiente, en el Senado, pronunció una de sus más famosas frases, Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? («¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?»). El interpelado amenazó a todos los senadores con causar horribles desgracias y abandonó la ciudad, en teoría hacia un destierro voluntario, pero en realidad iba a reunirse con sus tropas. En Roma, Cicerón no podía actuar contra él porque carecía de pruebas y el huido tenía un fuerte apoyo popular y senatorial. No permitirían que se le castigara sin evidencias firmes. Así, la conspiración seguía creciendo. Una delegación de galos de la tribu de los alóbroges había acudido a pedir ayuda a la ciudad por los abusos del gobernador romano de su provincia. Eran conocidos por su potente caballería, así que los conspiradores intentaron atraerlos a su causa para que cruzaran los Alpes en el momento en que los legionarios de Catilina se pusieran en movimiento. Incluso fueron demasiado detallistas en sus explicaciones, de lo que tomaron ventaja los galos, que corrieron a contárselo a Cicerón. Consiguieron incluso que cinco senadores les pidieran ayuda por escrito. Con esas cartas, el cónsul pudo exponer por fin la conspiración y detener a aquellos cabecillas, que serían ejecutados sin juicio poco después, a pesar de un inspirado discurso del senador Julio César — simpatizante de Catilina, aunque no formó parte de la trama— en que solicitaba su perdón. El líder, descubierto, se lanzó en un movimiento desesperado con sus tropas hacia la huida a las Galias, pero fue interceptado. Cuando la batalla quedó decidida en su contra, antes que volver encadenado a Roma, prefirió lanzarse contra el grueso de los enemigos, y falleció con varias heridas frontales, como todos sus hombres. Podemos avanzar a lo largo de la historia y descubriremos muchas más conspiraciones, y todas tienen algo en común: han sido descubiertas. Una de las más recientes fue la que la administración Bush llevó a cabo para convencer al mundo de que en Iraq existían armas de destrucción masiva. Y es que, siguiendo la cita apócrifa de Abraham Lincoln, no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Damos un paso más cuando hablamos de conspiraciones inexistentes, a las que un www.lectulandia.com - Página 186

grupo o gobierno se empeñan en dar apariencia de real. Afirman que son terribles pero tan ocultas que no se pueden demostrar, salvo prestando atención a determinados detalles. Esta falsa conjura ha sido recurrente en el tiempo y la civilización occidental está plagada de ellas, porque permiten dar respuestas sencillas a problemas muy complejos. Siempre hay un malo claro e identificable —aunque permanezca oculto o no se conozca su nombre— al que achacar las culpas de todo lo que sucede. Una de las más conocidas en Europa, salvo en nuestro país, es la del dolchstoßlegende o mito de la puñalada por la espalda, en alemán. A partir de 1919, las élites derechistas germanas, incluyendo a muchos generales, creyeron que su derrota en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) no se debió a ningún fallo militar, sino a que la población civil apuñaló al ejército en su momento de más necesidad, no solo por no ser capaces de darles la respuesta industrial que necesitaban, sino al sabotear de forma coordinada todos los esfuerzos militares con el objeto de derrocar al káiser Guillermo e imponer una república burguesa y derrotada. Los nazis, que llegaron al poder en 1933, reforzaron la mentira y la integraron en su historia del siglo XX, relato que sustentaba su poder. Hitler había puesto nombre a esos traidores. Por supuesto, judíos e izquierdistas. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el dolchstoßlegende abarcó a cada uno de los que estuvieran en su contra. A efectos prácticos, todos los opositores formaban parte de una enorme conspiración contra Alemania y debían ser eliminados. Grupos tan opuestos como comunistas, pacifistas e intelectuales de diverso pelaje, muchos de ellos sin intereses políticos y a menudo simples individuos, no podían preparar ninguna trama, porque requeriría unas capacidades de comunicación y acción absurdas por su complejidad y alcance. Eso era lo de menos, por supuesto. Lo importante era poder eliminar a todo el que no comulgase con sus ideas. En España teníamos nuestra propia mentira, que llegaría hasta los años setenta en boca del dictador Francisco Franco, el contubernio judeo-masónico-comunistainternacional, a la que achacar todos los males que ocurrían. Sus protagonistas servían de enemigo exterior con el que mantener cohesionada la nación. No había lógica alguna para la asociación de tan diferentes grupos sociales y, para comprenderlo, hay que estudiar la idiosincrasia del país y de Franco. El profesor de la Universidad de Zaragoza José Antonio Ferrer Benimeli publicó en 1977 un artículo en la revista Historia 16 que afirmaba que este había intentado entrar dos veces en la masonería en los años veinte y treinta y fue rechazado. Dado el carácter secreto de las logias de entonces y su destrucción sistemática durante la dictadura, no hay pruebas fehacientes de ello y otras fuentes lo ponen en duda o lo niegan con rotundidad. De lo que no cabe duda es de que tanto su padre, Nicolás, como su hermano Ramón sí pertenecían a ella. Las relaciones con ambos —malas, en los dos casos— o la imitación de los otros fascistas de la época pudieron influir en ese odio. El comunismo internacional, los rojos, fue el enemigo secular, lo opuesto al www.lectulandia.com - Página 187

la red oscura