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La red oscura - Eduardo Casas Herrer

¿Qué es la web profunda (deep web) o red oscura (dark net)? ¿Hay que tenerles miedo? ¿Es, acaso, como pasear por los bajos fondos de una ciudad? ¿Hemos de cuidar nuestra confianza en la red? No solemos pararnos a pensar cómo funciona un motor de búsqueda de Internet y, precisamente, en su manera de actuar se encuentra su punto débil: la araña. Por mucho que se esfuerce el robot, hay lugares a los que no es capaz de llegar porque no está diseñado para ello. Y de esa red oscura a la que no puede acceder solo es visible el uno por ciento, el resto está escondido, como si de un iceberg se tratara. Negocios ilegales, tráfico de armas y de productos, muertes retransmitidas, pornografía infantil… conforman el lado negativo de Internet; un pozo sin fondo que se abre desde nuestras pantallas. El autor de este libro, miembro del Cuerpo Nacional de Policía, que lleva desde 2004 trabajando en la Unidad de Investigación Tecnológica (UIT), nos explica con notable claridad cómo persiguen sin tregua y sacan a la luz los delitos de ese universo desconocido de la red.

19 de enero de 2015.

19 de enero de 2015. Estos tuvieron repercusión en España porque se vieron afectadas hasta cuarenta páginas de ayuntamientos de Navarra. No habían sido el objetivo, sino la empresa que les proporcionaba alojamiento web y que estaba situada en el país vecino. Uno de los ataques más serios ocurrió contra la televisión francesa TV5 Monde a principios de abril del mismo año. Fue de tal magnitud que perdieron la capacidad de emitir en directo, teniendo que limitarse a reposiciones. También tomaron control de la página web y de las cuentas de la cadena en Twitter y Facebook. Como es habitual, colgaron mensajes a favor del Estado Islámico… y eso fue todo. La investigación posterior demostró que los responsables de la cadena habían caído en uno de los trucos más viejos del oficio, el de la ingeniería social. Más fácil que conseguir el acceso a un sistema informático es que alguien de los que trabaja allí te dé la contraseña. Para ello enviaron correos electrónicos que simulaban pertenecer al servicio técnico. En ellos se simulaba que había habido una desconexión del sistema y que se debían introducir de nuevo las contraseñas. Uno de los empleados que lo recibió picó en el anzuelo. Desde ese momento, sin ninguna inversión de tiempo ni dinero, los atacantes pudieron hacerse con el control absoluto de los ordenadores y redes del canal. Algo similar realizan los delincuentes que intentan robar cuentas bancarias, como veremos en el capítulo seis, en la técnica denominada phishing. Desearían realizar otro tipo de acciones que encajaran más en la ciberguerra, algo que hasta ahora parece fuera de su alcance. Encuentran problemas similares al uso de armas biológicas, químicas o bombas sucias que vuelvan inhabitable un área determinada por contaminación radiológica. La logística y conocimientos necesarios no son sencillos en absoluto para grupúsculos pequeños, de formación escasa en tan peligrosas artes y siempre acosados por sus enemigos. La lucha contra el terrorismo también tiene un importante factor en la deep web, en el que los dobles agentes y la desinformación funcionan con libertad. La policía de los diferentes países cuya legislación lo permite intenta hacerse pasar por radicales para penetrar las redes —que ya sabemos que son compartimentadas al máximo por la propia naturaleza de las organizaciones—. Incluso se va más allá. Es habitual encontrar manuales de explosivos en las páginas yihadistas. Algunos de estos han sido preparados por los servicios de inteligencia de manera que, si alguien sigue sus instrucciones para preparar bombas, detonarán en el momento de hacer la mezcla de productos químicos. Es siempre muy arriesgado intentar acciones peligrosas sin tener la formación adecuada para hacerlo y un manual bajado de Internet no la sustituye. www.lectulandia.com - Página 68

C 4 LA MUERTE RETRANSMITIDA arme Ann Álvarez se aparta un mechón de la cara mientras habla con el director de la prisión de Cagayan de Oro en la que está internada, al norte de Mindanao, la más oriental de las islas Filipinas. Apenas tiene dieciocho años, los ojos grandes y oscuros, nariz chata y cejas rectas. Lleva unos muy discretos pendientes en las orejas, una concesión sobre su uniforme de presidiaria: una camiseta amarilla en que se puede leer su condición en grandes letras negras, y un pantalón oscuro. Poco después de esa entrevista recogería su media melena en trencitas, al estilo tropical. Entiende por qué está encerrada, pendiente de juicio, pero como no ha conocido otra vida, no ve motivos para callar como lo hacen otros miembros de la trama. No se le puede llamar afortunada. Prostituta desde antes de la adolescencia, una niña de la calle sin recursos ni sitio alguno al que acudir, había conocido lo peor de la sociedad antes de que la mayoría de las personas saliese de entre los algodones familiares. Tenía trece y muchas noches dormía a la intemperie cuando en 2011 El Americano se le acercó y le ofreció dinero y un techo, al menos temporal. Carme, que se hacía llamar Ángel, no se llamaba a engaño. Incluso las personas que parecían bondadosas solo buscaban su cuerpo. Este hombre, alto, muy delgado, que fumaba sin parar, tenía algo terrible en sus ojos. Y no era para menos. No se conformó con abusar de ella de todas las formas imaginables, muchas de las cuales incluían dolor, sino que además, lo grababa con diversas cámaras y lo retransmitía por Internet. Decía que cobraba por ello y, visto el tren de vida que tenía, la chiquilla lo creía. Siguió con él, no por amor, sino por los beneficios. Aunque a veces la llamase novia. También lo hacía con Lovely, otra mujer algo mayor que también compartía la casa en la que vivían. Y las niñas. Las niñas eran lo peor. Las mayores no pasaban de los trece años. No quiere recordar lo que llegó a pasar con algunas… Al cumplir los diecisiete, El Americano perdió interés en su cuerpo ya casi maduro. Por eso empezó a tener un trabajo diferente. Debía buscar por las calles niñas pequeñas que estuvieran solas y llevárselas a su novio. En las atestadas calles de la zona más pobre de Cagayán era fácil. A cambio de un bocadillo o algo que comer en algún puesto de la zona, las chiquillas la acompañaban con facilidad. Luego, en manos del forastero, eran sometidas a abominaciones sin nombre por encargo… hasta que en una de esas se les fue la mano. Las exigencias del «cliente» que miraba la webcam eran tan extremas que una niña murió. Y no pasó nada. Siguió sin pasar hasta que, en un descuido, dos pequeñas primas se escaparon. Cuando la policía llegó, fue en parte un alivio. Estar en la cárcel no es tan malo, después de todo. www.lectulandia.com - Página 69

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