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Las acciones de las

Las acciones de las cuidadoras sirven de intermediarias entre los bebés y su entorno. psicólogos consideran el ritmo como una propiedad compleja, que ellos perciben antes que otras propiedades como forma, tamaño y color 11 . La vinculación del ritmo al mundo afectivo y de relaciones sociales del bebé explica y justifica que no sea posible hablar de lo afectivo y de lo cognitivo como si fueran aspectos separados, cuando por el contrario, se relacionan y funcionan de manera simultánea o conjunta. La alternancia de los turnos se aplica a los gorjeos o ‘agús’, a las miradas, al contacto de las manos; el juego de las manos que inicialmente es solitario, luego se extiende a las manos del cuidador y a sus expresiones de afecto. Se habla entonces de la “emoción compartida” y esta expresión explica que los bebés a edad muy temprana pueden ‘leer en los otros’ su disponibilidad para atenderlos, para interesarse por sus acciones y por el propósito de las mismas; de esta manera, los bebés inician modos variados de cooperación que, sustentan su inserción en la cultura. En la interacción surge la capacidad productiva de la comunicación… Tempranamente, los bebés muestran como parte de sus ‘haceres’ el fenómeno de la ‘emoción compartida’. Éste posibilita que la madre, el padre, los abuelos o cualquier cuidador interactúen con él o ella y que ellos jueguen un papel activo en la relación. Recordemos que hasta ese momento son observadores, pero con este cambio, empiezan a intercambiar e interpretar emociones en la relación con los otros. En otras palabras, los bebés no son pasivos y el único que ‘habla’ no es el adulto; por el contrario, el adulto espera que el bebé responda. 32

Descubriendo el desarrollo de los niños y las niñas en la primera infancia Diversos tipos de emociones compartidas están presentes en el sinnúmero de actividades que se tejen entre cuidador-bebé; por ejemplo, las emociones de tipo fisiológico: hambre, sed, sueño, cansancio, etc., de tipo sensorial: calor, frío o de tipo afectivo: lo que le gusta o disgusta. Entendiendo tal contexto, la experiencia del amamantamiento es una de las primeras relaciones madre-bebé de profundo significado afectivo. En estos intercambios emocionales también se observa el “apego” que manifiestan los bebés por sus cuidadores, en él que las risas, las caricias, los abrazos y otras formas de contactos corporales son utilizados como expresiones de la relación entre ellos. Esas interacciones crean un vínculo de naturaleza emocional que brinda a los bebés un ambiente de aprendizaje propicio para la exploración del mundo social y físico. Los padres o cuidadores pueden aprovechar esos espacios para introducirlos al mundo de las actividades y de los ‘haceres’ y ‘saberes’, reconociendo que tienen enormes capacidades para empezar a enfrentarse a las situaciones de la vida diaria. Posiblemente, como resultado de las relaciones afectivas, hacia los cuatro meses aparece la “visión conjunta”, cuando el cuidador y el bebé dirigen la mirada y su atención a un mismo objeto o acontecimiento. Al compartir la mirada con el adulto, comprende que ésta se dirige hacia una ubicación espacial específica y además, interpreta la intención del cuidador como un llamado de atención para que dirija la mirada hacia un aspecto específico del entorno. Es así, como en la interacción cuidador-bebé surge una capacidad productiva de comunicación. Poder “conversar” con los bebés, les da una posición particular: ser copartícipes en la comunicación. No obstante, la comunicación cara a cara, tan fascinante para los cuidadores, cede su lugar para dar cabida a los otros, a diferentes personas, a objetos y situaciones e introduce a los bebés en el mundo social y en la realidad en general. Aproximadamente, entre los seis y los ocho meses, se inicia la acción y la atención conjuntas entre el cuidador y el bebé. En ella, el adulto lo invita a dirigir su mirada hacia una situación, persona u objeto, para hacerlo partícipe de ese evento. Así, el cuidador establece una experiencia triangular en la que actúan tres entidades, el Yo (bebé), el Tú (cuidadora), y Él, que se refiere a otras personas, a objetos y a eventos o situaciones. En esta interacción triangular, el lenguaje tiene un papel fundamental porque el cuidador y el bebé hablan de algo o de alguien y de aquello que lo caracteriza. Esta relación Yo-Tú-Él inicialmente es propuesta por el adulto, quien le ’exige’ al bebé mirar y atender aquello que puede interesarle y quien debe mantener esta acción hasta el momento en que observa un cambio en su comportamiento. Igualmente, el bebé dirige su mirada y captura la atención del adulto sobre aquello que le interesa, generando en este último una interpretación sobre los deseos e intenciones que determinan su actuar: nombrar aquello que miran, hacerle preguntas, pasarle el objeto, comentarle sobre las características de lo observado son formas de comunicarle que se entiende lo que quiere ‘decir’. Este cambio de rol en la situación comunicativa nos muestra que los bebés han construido regularidades que orientan sus acciones y los efectos de las mismas: intervienen siguiendo los turnos, comparten la visión del mismo objeto y vuelven tema de conversación el objeto, evento o persona que comparten. Por ejemplo, la madre puede decir: “llegó papá”, “¿dónde está papá?”, señalando el maletín del papá. En el marco de esta relación triangular, el cuidador puede introducir al bebé en los relatos sobre situaciones de la cotidianidad, de las historias recreadas. En estos relatos el cuidador pone en relación los acontecimientos que ocurren en la situación y los dota de significado y de intenciones. Tomemos una situación como la despedida de cada mañana 33

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