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y la revolución

y la revolución sandinista, me sentí privilegiada de integrarme a ese proyecto común. Estuve en Nicaragua en un momento de máxima euforia revolucionaria. Algo único. Fue hasta septiembre del 84 que decidí venir a vivir, aunque sólo planeaba quedarme dos años y luego ir a El Salvador. Me hablaron mucho de la Reforma Agraria y me di cuenta que durante la dictadura somocista casi no hubo oportunidad de estudiar porque sólo los hijos de los ricos y la clase media-alta, eran quienes podían ser profesionales. El pueblo de Nicaragua necesitaba nuevos profesionales, sobre todo para trabajar en el campo. Vine con un doble propósito: aportar como ingeniera agrónoma y ser testigo de lo que pasaba con mis impuestos y lo que hacía el gobierno en nuestro nombre. Nunca confié en la política exterior de los EEUU. Siempre me sentí muy acogida en Nicaragua. La gente era muy generosa, de un espíritu jovial y desprendido hacia el extranjero. Amables. Divertidos. La gente me agradecía mucho: “gracias por venir y no creer lo que dicen los periódicos norteamericanos sobre nuestra revolución”. También valoraban el hecho de que, nosotros, los internacionalistas, dejábamos una vida cómoda en el primer mundo donde pudimos haber ganado buena plata. Yo trabajé aquí 5 años sin salario y sentí que la gente se sentía agradecida y acompañada por eso. Viví en el campo con la gente más humilde, lavaba mi ropa en el río, comía lo que ellos comían y me gustaba lo que hacía. Me llenaba. Yo siempre sentí que, a pesar de que cada año las cosas se ponían más duras, había un gran espíritu de querer lograr objetivos y de crear una sociedad nueva para la mayoría empobrecida. Los y las nicas siempre han sido muy alegres, viven el momento y celebran las cosas pequeñas a pesar de las dificultades. Su manera de enfrentar la vida cotidiana es admirable. Yo estaba fuera del país el día de las elecciones de 1990. Salí en 110

septiembre del 89 para sacar mi maestría en EEUU y volví en el 91. Estaba en California cuando mi marido (que era nica) escuchó las noticias y me dijo: “ya no vas a querer volver a Nicaragua…perdimos las elecciones”. Pero yo decidí volver. El pueblo era el mismo pueblo, quizás había cambiado el gobierno, pero los problemas del pueblo eran los mismos o quizás peores. Yo siento que vine a Nicaragua por la revolución sandinista y me quedé por el pueblo nicaragüense. Siempre hago esa distinción. Me pesa mucho que, apenas pasó la derrota electoral del 90, un montón de gente se fue y no esperaron a ver qué iba a pasar con Nicaragua. La derrota nos agarró fuera de base y nadie se lo esperaba, pero siento que muchos internacionalistas no supieron profundizar su compromiso solidario ni ser consecuentes con sus ideas. Vieron la revolución como un fenómeno pasajero y se fueron después que el FSLN perdió en las urnas. No me pareció justo”. Warren Armstrong, 52 años: “Nací el 31 de diciembre del 58, en Filadelfia. Soy economista. Mi razón principal para venir a Nicaragua en los 80s, no era por la política del Gobierno FSLN, sino por mí fe. Dentro de la iglesia católica hay una rama que se llama Teología de la Liberación, donde uno toma una decisión consciente de trabajar y apoyar a los que más lo necesitan. Yo me involucré. Mis padres no apoyaban mi decisión de venir a Nicaragua hasta que fui secuestrado por la Contra en un viaje por el Río San Juan, en la frontera con Costa Rica, año 85. Después de aquel angustiante suceso del cual, por suerte, salí vivo; empecé a involucrarme más con la sociedad nicaragüense. La historia empezó un poco antes, mientras yo estaba viviendo en Costa Rica. Fui voluntario del “Cuerpo de Paz” por 3 años con una cooperativa de café y luego tenía planeado trabajar con un grupo de misioneros laicos donde también estaba metido el padre Miguel D’Escoto. 111

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