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ANA MARGARITA, 33 AÑOS

ANA MARGARITA, 33 AÑOS “Nací en León, en diciembre del 77, pero mi familia decidió moverse de forma permanente a Managua cuando se dio el triunfo de la revolución, en el 79. Así que, prácticamente, mis recuerdos infantiles son de la Managua revolucionaria. Mis cuatro hermanos fueron a alfabetizar durante los 80s y mis padres y yo íbamos cada fin de semana a un lugar distinto a ver a mis hermanos. Tengo recuerdos de movilizaciones y de actos masivos en la cabeza. Tengo la sensación de ser parte de todo ese proceso y quizás esa es la parte bonita, pero para mí la revolución también significa mucha soledad, porque mi familia era una familia completamente comprometida con la revolución y eso implicaba un poco de abandono hacia los niños, es decir, al acompañamiento que se les hace a los niños en su proceso de desarrollo. Yo era demasiado chiquita y por eso no iba a los cortes de café ni a las movilizaciones populares; entonces me quedaba sola en la casa. Al ser parte de una familia completamente comprometida, yo estaba segura que en Nicaragua se estaba haciendo algo maravilloso, algo que era como un cuento de hadas para una niña como yo. Era como sentir que una vivía en un país especial donde se estaba haciendo algo especial y todo eso es lindo cuando uno es inocente. Pero, por el otro lado, también recuerdo la angustia de mi mamá cuando mis hermanos tuvieron que entrar al servicio militar y, aunque ella lo pudo canalizar con toda la fortaleza del mundo, la angustia se le sentía en los ojos. Mi hermano de en medio es lisiado de guerra y estaba en un BLI (Batallones de Lucha Irregular) porque fue atacado en una emboscada por “la contra”. Tuvo una lesión seria en la cabeza luego de una explosión que le llenó el cuerpo de char- 14

neles, le perforó la vejiga, los intestinos y le destrozó la mano derecha. Los cubanos hicieron una cirugía milagrosa tomando los nervios del pie para llevarlos a su mano, le pasaron un trozo de glúteo a la cabeza y al final lograron salvarlo. Mi papá y mi mamá estaban fuera del país cuando eso pasó y tengo el recuerdo intacto de mi hermano pesando 100 libras en una cama en cuidados intensivos mientras luchaba por su vida. Yo terminé bastante traumatizada porque mi hermano casi se muere. Cuando a mi siguiente hermano le tocó ir al servicio militar, yo me enfermé y lloré porque asumía que se iba a morir al día siguiente. Son recuerdos impresionantes que una niña no debería de tener, que ninguna niña debería de tener porque la infancia no es para recordar esas cosas. Sin embargo, y a pesar de todo, mis hermanos sobrevivieron en un país donde la mayor parte de las familias no pueden decir lo mismo. Mi mayor miedo era el miedo a la muerte. Amigos de mis hermanos murieron. Mi primo murió y recuerdo la tragedia de mi familia con la muerte de mi primo. Siempre había un muerto de por medio en las familias nicaragüenses. Esa es la parte oscura de la revolución. Me acuerdo del huracán Juana en el 88 y de haber ido a la Cruz Roja a separar ropa para los damnificados luego de pasar días enteros allí trabajando. Y luego sentir que había muchas personas trabajando unidos como hormiguitas donde los niños y las niñas y hasta las mujeres, podíamos hacer muchas cosas para que Nicaragua fuera un país mejor. Si pudiera definir en una palabra mi niñez, escogería Agridulce. Yo soy lo que soy por el ejemplo que tuve de la revolución y estoy muy agradecida por eso. Pero después de la revolución me sentí traicionada en muchas cosas que yo antes defendía de forma casi intolerante”. 15

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