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6 months ago

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Cuando nos relacionamos

Cuando nos relacionamos más a fondo con los campesinos ucranianos, entendieron que éramos prácticamente los mismos. Queríamos trabajar, salir adelante, aprender, teníamos sentimientos y esperanzas. Igual que ellos. Nos casábamos y teníamos hijos, igual que ellos. Mi hijo mayor nació allá y me case con un nicaragüense. También allá. Cuando el ucraniano abría las puertas, lo hacía de corazón. El 98% de la experiencia que tuve allá fue positiva, a pesar de la crisis. Durante los 6 años que estuve, aprendí mucho y encontré gente muy buena, ángeles por todos lados que te tendían la mano, profesores que se preocupaban por uno y te querían, fue muy bonito. Regresar a Nicaragua fue un golpe duro en todos los sentidos. Primero fue adaptarnos a la cultura soviética y luego fue readaptarnos a la cultura nicaragüense. El clima era otro rollo. Los inviernos ucranianos eran de 45 grados bajo cero y luego tuvimos que venir a 36 grados de temperatura en Nicaragua. Un calor arrecho. Pero lo más duro fue la parte política y social. Cuando nos fuimos había una revolución y cuando regresamos ya no estaba esa revolución. Hubo un cambio drástico. Yo venía con un título igual que mis compañeros egresados con maestrías e incluso doctorados, con licenciaturas o ingeniarías. Buscábamos un trabajo y nos preguntaban dónde nos egresamos. ¿En la URSS? No, usted es comunista. Nos cerraban todas las puertas y nosotros no teníamos acceso al trabajo. Era muy complejo. No obstante, para mí fue lindo saber que ya no había guerra en Nicaragua. Eso era lo más importante. Sea lo que sea, en mi país ya no había guerra y ya no había jóvenes muriendo por una causa perdida. Eso me empujó a salir adelante”. Cipriano, 47 años: “Soy leonés, también de Mina de Limón. En 1984, el Centro Nacional de Educación Superior (CENES) ofer- 60

tó varias becas para la URSS. Ellos seleccionaban y ubicaban a sus candidatos por medio de la juventud sandinista, la cual avalaba tu salida ya que lo hicimos en un período de guerra. La salida no era fácil. En ese tiempo se estaba dando la movilización al servicio militar patriótico y yo necesitaba un aval político. Tenía 19 años y tuve suerte de no ser enviado a la guerra. Fueron difíciles los primeros días en Rusia por el tipo de alimentación y la dificultad del idioma. La gente trataba de entendernos en una lucha entre el vendedor y nosotros, los compradores, para obtener el producto que necesitaban: más comunismo. Ir allá era como seguir un negocio político donde nosotros teníamos que saber vender nuestra propia revolución. Para algunos fue más duro que para otros. Conocí estudiantes que dejaron su primer hijo en Nicaragua y se regresaban llorando porque extrañaban a sus criaturas. Pero no los regresaban al instante. El proceso era tardado y debían esperar por lo menos un año para volver a la patria. Era un castigo ya que les habían dicho que tenían que responder a una beca de grandes exigencias donde se invertía mucho dinero. Otros añoraban a sus esposas y por último colgaban los guantes y se venían. No coronaron sus carreras. Tuve la oportunidad de estudiar Química en la Universidad de Kishinev, Moldavia. Nosotros sentimos el desmoronamiento de la URSS hasta el último año de la carrera, en el 90. Gracias a Dios yo agarré la cola de la crisis y la viví de refilón. Sin embargo, otros compañeros tuvieron otra suerte y perdieron hasta el estipendio que los mantenía estudiando. Tuvieron que regresarse antes. Nos daban 90 rublos para sobrevivir al mes. El rubro tenía mayor valor que el dólar. Según ellos, 90 rublos eran como 110 dólares. Era poco, supuestamente lo necesario. Con un rubro o un rubro y medio, vos 61

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