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comunidades indígenas enteras hacia Honduras, exactamente a “Tasva Pri” que quiere decir “Tierra Libre” en miskito. Durante la guerra quemaron casas y exterminaron parte de la cultura costeña de Nicaragua, eso fue en diciembre y hubo mucha sangre derramada. En ese contexto bélico, nuestra tarea como mujeres multiétnicas constituidas, era trabajar por el retorno de esas comunidades que se habían ido a Honduras luego de que los hogares quedaran desmembrados y desarticulados. Entonces en el camino también nos hicimos feministas y revolucionarias. En los 80 en el Caribe no se hablaba mucho de feminismo. Íbamos acercándonos, eso sí, a lo que pasaba a nivel nacional y sobretodo en el pacífico, donde se concentraba la mayor fuerza intelectual de este movimiento. Y en esa época las feministas del Caribe trabajamos en AMLAE junto con los curas capuchinos, las divinas pastoras (monjas que estaban en las minas) y luchamos contra la violencia en el campo y contra la desaparición masiva de tanta población rural. Trabajamos de cerca también con los delegados de la palabra y los líderes religiosos ya que recordemos que en el campo hay una fuerte religiosidad. Veníamos impulsando la teoría de la liberación y en ese contexto trabajamos por la vinculación de las mujeres del atlántico con las del pacifico para alcanzar una visión más global e integral del país. Era una lucha por sentirnos identificadas, respetar nuestras diferencias y construir una identidad nacional. Luchamos también para garantizar salud para la mujer, alfabetizarla, llevarle trabajo y acceso al crédito. No solo se trataba de ayudar a la mujer en la defensa de la revolución. Había más. Fui personalmente tomando conciencia que había derechos propios de la mujer y que teníamos que tomar acciones al respecto. Surgieron entonces capacitaciones de feministas y tuve el privilegio de ser invitada a Tasco, México, en el II Encuen- 98

tro Feminista de Latinoamérica y el Caribe (1987). Luego de esa experiencia, vine con muchos documentos, libros y conocimiento para compartir con las compañeras que se iniciaban en la corriente que vinculaba el marxismo con el feminismo. Las mujeres costeñas empezamos a participar en ciclos de formación feminista que se llevaban a cabo en Managua. Veníamos cada mes a pasar dos tres días y participar en cursos con mujeres como Matilde Lindo, Elida Centeno, Alejandra Centeno, entre otras compañeras. Logramos una gran cohesión y las articulaciones se fueron fortificando; la unión fue nuestro principal logro ya que también la coyuntura política nos obligaba a estar unidas. El gran obstáculo fue la presencia de la guerra, la inestabilidad económica, los recursos que se dedicaban más a la defensa de la revolución que a la educación de la sociedad. La comunicación era muy escasa y en la costa no teníamos ni siquiera teléfono. Entonces esos fueron algunos de los obstáculos más importantes que encontramos en el camino. Otro gran obstáculo fue la discriminación a la sociedad gay de Nicaragua. En los 80, por ejemplo, teníamos el código que validaba el aborto terapéutico para las mujeres. También había clínicas alternativas y el mismo Ministerio de Salud (MINSA) apoyaba a las mujeres que tomaban la decisión de abortar. Sin embargo, había mucha reserva y mucho miedo respecto al tema de la diversidad sexual. En la costa, incluso, se daban casos de violencia donde jovencitos y jovencitas gays eran degollados en la playa de Puerto Cabezas por el simple hecho de tener una opción sexual diferente. Fue muy triste y tuvimos que luchar contra eso también. Pienso que no se puede ser feminista sin ser de izquierda. Y aunque muchas de nuestras compañeras no tienen una definición precisa de lo que hoy en día significa ser de izquierda, 99

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