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ién de la misma Iglesia

ién de la misma Iglesia Católica donde casi siempre los hombres de sotana son los que tienen la voz para opinar y pronunciarse públicamente. No así las mujeres. Sin su labor de hormiguitas incansables; sin su lucha apartada de la política, seguramente Nicaragua no sería la misma y estaría muy desamparada. Resta preguntarnos: ¿Por qué decidieron venir? ¿Qué las motivó a quedarse? ¿Cómo fueron recibidas? ¿Cuáles fueron sus principales logros, sus grandes satisfacciones y sus obstáculos en la lucha por una Nicaragua mejor? Y por último… ¿Cómo quieren ser recordadas? Las respuestas a estas preguntas yacen en las siguientes líneas, escritas bajo la luz de sus memorias. Pilar, 76 años: “Estudie pedagogía e la Universidad Rafael Landívar de Guatemala y pertenezco a la congregación religiosa de La Asunción. Soy española-nicaragüense nacida en Madrid y tengo más de 35 años de estar aquí, pero he estado entrando y saliendo del país. Estuve en El Salvador, Guatemala, México y Cuba… Mi primera vocación fue misionera y cuando era chavala leí una revista sobre la pobreza en África. Desde entonces, soñé con irme a trabajar con los pobres de ese castigado continente. Sin embargo, en el año 59, cuando triunfó la Revolución Cubana, yo estaba todavía en mi época de formación en España y la Superiora General pidió voluntarias para viajar hacia América Latina, donde seguiríamos con la tarea de evangelización. En ese entonces, el comunismo era visto como algo espantoso, pero quizás por eso mismo quise acercarme más al proceso revolucionario de América Latina. Tenía amigos misioneros en la región y eso me motivó aún más para emprender mi viaje y cruzar el océano. Aceptaron inmediatamente mi ofrecimien- 124

to y con 25 años tomé la decisión que cambió mi vida. Vine en el 61 a Nicaragua, en los tiempos de Somoza; teníamos un colegio grande cerca de la catedral y en aquel entonces no teníamos muchos contactos con la realidad más crítica del país. Sin embargo, presenciamos las primeras protestas contra la dictadura. Salí del país por unos años y al regresar, en el 77, el ambiente estaba caliente y las manifestaciones eran masivas y violentamente reprimidas. Entré al Barrio Oriental de Managua para trabajar con personas de escasos recursos y el ambiente había empeorado. Managua ardía y los vientos de la guerra azotaban las calles llenas de estudiantes. Desde la primera vez que pisé suelo nicaragüense, me sentí acogida. Los nicas me abrieron la puerta, el corazón y la amistad y me captaron desde el primer momento. Yo venía con un grupo de misioneros españoles y tenía la ilusión de quedarme en Guatemala por un tiempo para trabajar con los indígenas, pero al final me quedé en Nicaragua para trabajar en un colegio y rápidamente recibí el cariño de la gente más humilde. Nunca me he sentido extranjera ni me he considerado extranjera, a pesar del montón de años que llevo en este país. En el 80 me tocó vivir el proceso revolucionario y, viéndolo desde hoy, en retrospectiva, puedo decir que aquellos fueron los momentos más fecundos dentro de nuestra congregación. Nosotras estábamos con la revolución por su labor de cambio, el gesto de atender a los excluidos y el hecho de participar de lleno en la educación del pueblo. Fui directora del colegio La Asunción en León y ahora me doy cuenta del gran trabajo que hicimos en ese entonces. Conozco gente de 40 años que tiene una profesión, son solidarios y participan en la lucha diaria por ayudar a los desfavorecidos con responsabilidad y gran espíritu humanista. Sembrar la semilla del servicio en ellos ha sido mi mayor satisfacción. 125

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