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15-Ponsati-Murla-Oriol-San-Agustin

Creación sino la forma

Creación sino la forma (o la norma) de toda criatura. Si los hombres viesen en las ideas de Dios, no necesitarían la experiencia sensible para alcanzar algún tipo de conocimiento. Pero es obvio que el ser humano construye su conocimiento sobre el mundo a partir de la observación de este mundo, no «por ciencia infusa», en virtud de ninguna categoría ajena al mundo. O quizá son ciertas ambas cosas. La teoría agustiniana se sitúa a medio camino de la platónica y la aristotélica. No hay reminiscencia (recuerdo) alguna de ideas conocidas previamente, sino que el conocimiento empieza y acaba en este mundo. La sensación tampoco es, como en Aristóteles, una pasión que sufre el alma, sino una acción ejercida positivamente por el alma. Pero como la única función del alma que puede ser activa en relación a los sentidos es la razón inferior, Agustín concluye que la iluminación debe ser considerada privativamente un proceso de la función superior del alma. La razón inferior procesa la información que le proporcionan los sentidos, lo hace activamente, tan activamente que, a menudo, se equivoca (como se ha visto en el ejemplo del remo). Sin embargo, en la misma sede donde actúa esta razón inferior, y de forma simultánea, la razón superior es iluminada por Dios, que le permite acceder a verdades generales a las que el hombre no podría llegar en ningún caso por sí solo. Agustín está pensando en verdades que en la actualidad se llamarían «científicas», tales como que dos y dos suman cuatro, y también en otras que tienen un carácter menos científico pero a las que los humanos a menudo hemos dado un valor absoluto: la belleza, el bien moral, la justicia, etc. Todas estas categorías proceden de Dios y de él se reciben por iluminación. A la vez, están todas ellas presentes en la naturaleza, no le resultan ajenas, y esto explica que la captación espontánea, casi animal, que proporcionan los sentidos se convierta, dentro del alma hu- El c o n o c im ie n t o es ilu m in a c ió n 143

I EL FIN DE UNA VIDA Y DE UN IMPERIO Los últimos años de vida de san Agustín estuvieron marcados por la lucha contra las herejías arriana y pelagiana, y por la situación de colapso cada vez más evidente de un Imperio romano que se precipitaba hacia su fin llevado por fratricidas luchas internas y la presión de unos pueblos bárbaros que hacía tiempo habían traspasado sus fronteras. La misma diócesis agustiniana, Hipona, sufrió esa situación de inestabilidad. Sin fuerzas apenas ya, Agustín había transferido sus poderes como obispo al diácono Heraclio en el año 426 con la esperanza de poder dedicar lo que le restara de vida a la oración y la escritura. No tuvo ocasión: en el 428, un obispo arriano llegó con las tropas imperiales destinadas a reforzar las defensas de la ciudad y, dos años más tarde, los vándalos, ellos mismos arríanos, pusieron sitie a Hipona. Agustín murió el 28 de agosto del 430, momento que ilustra esta pintura atribuida al flamenco Jan van Scorel (1495-1562), en cuyo lado derecho se ven las hordas vándalas que acabarían tomando la urbe pocos meses después. 144 El conocimiento es iluminación 145

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