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El Cantar de los Nibelungos

De los monumentos literarios que se perpetúan a través de los siglos brotan fuentes históricas de la may or importancia, allí resaltan las costumbres de la época en que aparecieron, nos dan a conocer las formas del lenguaje que entonces se empleaban y, como si tuvieran la limpidez del espejo, se reflejan en ellos los sentimientos que animaran a los héroes que en él se agitan, pues por embellecida que se encuentre la naturaleza por el arte, es siempre la naturaleza, y la vista deshaciendo el artificio ve sin él la ruda forma y el duro contorno. Esta sola consideración bastaría para que a pesar de la fatiga que produce, no se descansara en el estudio de los antiguos poemas y entre estos hay que conceder un señalado lugar al que abre el ciclo épico de la literatura germánica, más nombrada que conocida, más aplaudida que estudiada.

De los monumentos literarios que se perpetúan a través de
los siglos brotan fuentes históricas de la may or
importancia, allí resaltan las costumbres de la época en que
aparecieron, nos dan a conocer las formas del lenguaje que
entonces se empleaban y, como si tuvieran la limpidez del
espejo, se reflejan en ellos los sentimientos que animaran a
los héroes que en él se agitan, pues por embellecida que se
encuentre la naturaleza por el arte, es siempre la naturaleza, y
la vista deshaciendo el artificio ve sin él la ruda forma y el
duro contorno. Esta sola consideración bastaría para que a
pesar de la fatiga que produce, no se descansara en el estudio
de los antiguos poemas y entre estos hay que conceder un
señalado lugar al que abre el ciclo épico de la literatura
germánica, más nombrada que conocida, más aplaudida que
estudiada.

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—Señora, <strong>de</strong>teneos: aquí hay tendido un caballero muerto.<br />

—¡Oh! —exclamó Crimilda—, ¿qué noticia me anunciáis?<br />

Antes <strong>de</strong> pensar en que fuera su marido, se acordó <strong>de</strong> la pregunta <strong>de</strong> Hagen,<br />

<strong>de</strong> cómo podría preservarle la vida: en aquel momento sintió dolor. Con su<br />

muerte, la alegría se alejaba <strong>de</strong> ella para no volver.<br />

Se inclinó hacia el suelo sin pronunciar una palabra; allí se veía tendida a la<br />

bella infortunada. Los gemidos <strong>de</strong> Crimilda eran gran<strong>de</strong>s y prolongados. Cuando<br />

volvió en sí, hacía retemblar la cámara con sus gritos. Uno <strong>de</strong> su<br />

acompañamiento dijo:<br />

—¿Quién será ese extranjero?<br />

Tan gran<strong>de</strong> era la opresión <strong>de</strong> su corazón, que la sangre le salía por la boca.<br />

—No, ése es Sigfrido mi amado esposo. Brunequilda lo ha mandado y Hagen<br />

lo ha hecho.<br />

<strong>El</strong>la se hizo llevar a don<strong>de</strong> estaba el héroe: levantó su hermosa cabeza con sus<br />

blancas manos. Aunque enrojecida por la sangre, lo reconoció al momento: por<br />

<strong>de</strong>sgracia, aquél era el héroe <strong>de</strong>l país <strong>de</strong> <strong>los</strong> <strong>Nibelungos</strong>. Así exclamó la dulce<br />

reina <strong>de</strong>sesperadamente:<br />

—¡Oh!, ¡<strong>de</strong>sgracia para mí! ¡No, tu escudo no está agujereado por las<br />

espadas!, tú has sido asesinado. Si sé quién lo ha hecho, lo perseguiré hasta que<br />

muera.<br />

Todos <strong>los</strong> <strong>de</strong>l acompañamiento lloraban y gemían con su amada señora; el<br />

pesar <strong>de</strong> el<strong>los</strong> era gran<strong>de</strong> por haber perdido a su noble rey. Hagen había vengado<br />

cruelmente la ofensa <strong>de</strong> Brunequilda.<br />

—Que vaya corriendo uno —dijo la <strong>de</strong>sgraciada— a <strong>de</strong>spertar a toda la<br />

gente <strong>de</strong> Sigfrido, y haced saber a Sigemundo mi dolor, rogadle que venga a<br />

llorar conmigo, a llorar al valiente Sigfrido.

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