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El Cantar de los Nibelungos

De los monumentos literarios que se perpetúan a través de los siglos brotan fuentes históricas de la may or importancia, allí resaltan las costumbres de la época en que aparecieron, nos dan a conocer las formas del lenguaje que entonces se empleaban y, como si tuvieran la limpidez del espejo, se reflejan en ellos los sentimientos que animaran a los héroes que en él se agitan, pues por embellecida que se encuentre la naturaleza por el arte, es siempre la naturaleza, y la vista deshaciendo el artificio ve sin él la ruda forma y el duro contorno. Esta sola consideración bastaría para que a pesar de la fatiga que produce, no se descansara en el estudio de los antiguos poemas y entre estos hay que conceder un señalado lugar al que abre el ciclo épico de la literatura germánica, más nombrada que conocida, más aplaudida que estudiada.

De los monumentos literarios que se perpetúan a través de
los siglos brotan fuentes históricas de la may or
importancia, allí resaltan las costumbres de la época en que
aparecieron, nos dan a conocer las formas del lenguaje que
entonces se empleaban y, como si tuvieran la limpidez del
espejo, se reflejan en ellos los sentimientos que animaran a
los héroes que en él se agitan, pues por embellecida que se
encuentre la naturaleza por el arte, es siempre la naturaleza, y
la vista deshaciendo el artificio ve sin él la ruda forma y el
duro contorno. Esta sola consideración bastaría para que a
pesar de la fatiga que produce, no se descansara en el estudio
de los antiguos poemas y entre estos hay que conceder un
señalado lugar al que abre el ciclo épico de la literatura
germánica, más nombrada que conocida, más aplaudida que
estudiada.

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muchas mujeres lloraban también.<br />

—Vosotras, fieles a mi esposo Sigfrido —dijo la reina—, hacedme un favor,<br />

en gracia a vuestro afecto.<br />

» Dejadme que experimente una satisfacción en medio <strong>de</strong> mi dolor. Haced<br />

que y o pueda contemplar una vez más su bello rostro.<br />

Por tanto tiempo lo pidió llorando, que fue menester abrir <strong>de</strong> nuevo el<br />

magnífico ataúd.<br />

Llevaron a la reina junto a la fosa. Con sus blancas manos levantó la hermosa<br />

cabeza y lo besó muerto, al noble y buen caballero: el dolor hizo que sus<br />

brillantes ojos lloraran sangre.<br />

Fue aquélla una dolorosísima separación. Quitáronla <strong>de</strong> allí y ella casi no<br />

podía andar. Viose caer a la noble dama perdidos <strong>los</strong> sentidos. Su hermoso cuerpo<br />

parecía que iba a sucumbir a la <strong>de</strong>sesperación.<br />

Cuando enterraron al noble señor, fue una pena inmensa para todos <strong>los</strong><br />

guerreros que habían venido con él <strong>de</strong>l país <strong>de</strong> <strong>los</strong> <strong>Nibelungos</strong>. Nunca más se vio<br />

contento a Sigemundo.<br />

Muchos hombres hubo que, por la fuerza <strong>de</strong>l dolor, no comieron ni bebieron<br />

en aquel<strong>los</strong> tres días: sin embargo por tanto tiempo no podían tener olvidadas las<br />

necesida<strong>de</strong>s <strong>de</strong>l cuerpo y más tar<strong>de</strong> se repusieron, como suce<strong>de</strong> muchas veces.<br />

Crimilda permaneció <strong>de</strong>smayada y sin sentido el día, la noche y hasta la<br />

mañana siguiente. Nada <strong>de</strong> lo que <strong>de</strong>cían podía compren<strong>de</strong>rlo. Poseído <strong>de</strong> la<br />

misma pena, y acía el rey Sigemundo.<br />

Con gran trabajo le hicieron recobrar sus fuerzas agotadas por la gran<strong>de</strong><br />

aflicción, <strong>de</strong> lo que él no se extrañaba. Sus guerreros le dijeron:<br />

—Marchemos a nuestro país: no <strong>de</strong>bemos permanecer aquí más tiempo.

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